Joseba Garmendia
Profesor de la UPV/EHU

Realidades ocultas

Fue ayer o antes de ayer. En un bar unos delegados sindicales tomando café comentaban los efectos de las olas de calor en su empresa. Lo insufrible y dañina que se convertía la jornada laboral en esas condiciones.

Comentaban que si bien existía regulación en cuanto a bajas temperaturas, no en lo referente al calor extremo. Señalaron que en los últimos años cada vez eran más los días de calor insoportable, y que había que hacer algo porque la dirección de la empresa no lo afrontaba. Es un buen ejemplo de realidades que raramente trascienden en las agendas y los discursos que atraviesan la opinión pública.

La crisis económica que vivimos desde hace ya nueve años ha empeorado y generado realidades que apenas se revelan en lo público, que se mantienen en el ámbito privado familiar o en el entorno social más próximo. Y sin embargo, son realidades que afectan a grupos extensos de personas. Si hablamos de consecuencias de la crisis las categorías de naturaleza social más utilizadas son desempleo, pobreza y desigualdad. Estos tres vectores ocupan el mayor espacio de los discursos sobre la realidad social actual. Es verdad que el deterioro es palpable en estos aspectos: el desempleo afecta al 12 % de la población activa, unos 170.000 en toda Euskal Herria; la pobreza severa en la Comunidad Autónoma ha aumentado un 57 % desde 2008 y ya son 104.177 personas que perciben una renta por debajo del 40 % de la renta mediana (es decir, 572 € al mes en el caso de un hogar con una persona o 1.029 € en el caso de un hogar con tres personas); y en la Comunidad Foral 62.000 personas tienen ingresos por debajo del 30 % de la mediana. En la CAV 66.546 personas pasan problemas muy graves de alimentación y 36.680 han sentido hambre; 42.291 han tenido que hacer frente a cortes de suministro de agua, luz o teléfono y 189.805 han tenido problemas para mantener una temperatura adecuada en invierno. Son datos de la Encuesta de Pobreza y Desigualdad Social 2016 del Gobierno autonómico.

Cuando se discute sobre estos datos la reacción de las opiniones críticas insolidarias suele ser de dos tipos: cuestionar la fiabilidad de la encuesta y credibilidad de los resultados, y minimizar el alcance de estos dramas arguyendo que son realidades marginales que afectan a un sector minoritario de la sociedad. En este último aspecto, cuantitativamente tienen razón, ya que la gran mayoría de la sociedad no vive estos dramas en persona y muchas veces se ocultan en la marginalidad y otras muchas en la privacidad familiar o incluso individual (estoy pensando en el caso de muchas viudas cuyo único ingreso es una menguada pensión). No obstante, deben matizarse que estas situaciones duelen más allá de los directamente afectados, ya que inciden sobre la familia principalmente y en menor medida a través del círculo social. Por tanto, su grado de incidencia es más amplio y por eso constituyen problemáticas sociales prioritarias. Además, y en contra de lo recién apuntado por Confebask que califica estos fenómenos como realidades marginales y no centrales, las realidades parciales y a veces minoritarias inciden de manera importante sobre la totalidad. Usando su lenguaje y en respuesta se podrían utilizar analogías como la gangrena o las infecciones virales: directamente afectan a una parte o minoría, pero potencialmente su incidencia puede ser global.

Abundando en este aspecto, recuerdo a la entrañable antropóloga feminista Dolores Juliano, quien puso su atención investigadora sobre las prostitutas y las monjas, como sectores minoritarios que se situaban en los límites de lo corriente o mayoritario. Su justificación para la elección de estos dos grupos no se limitaba al estudio intrínseco de estas realidades, sino que iba más allá. Decía Juliano que el estudio de los límites o de las marginalidades servía para conocer lo central, lo corriente, lo «normal». El tratamiento que la comunidad otorga a lo que está en el límite o a lo liminar configura la naturaleza de la propia comunidad. Un ejemplo evidente es el avance en los derechos de gays y lesbianas: afecta radicalmente a la vida de una minoría importante, pero también ha permitido que una gran mayoría cambie su manera de ver el mundo, aceptar la diversidad e incluso reconfigurar el peso de los elementos que constituyen significativos para la construcción de identidades. Del mismo modo, el tratamiento social que se dé a la problemáticas del desempleo, desempleo crónico, pobreza, marginalidad, exclusión… reconfigura los principios y valores que guían la acción social, institucional e incluso económica. Abordar estas situaciones desde un plano de solidaridad, empatía y justicia, además de mejorar la experiencia vital de muchas personas, incide sobre las capacidades de una comunidad para ser más inclusiva y cohesionada y alcanza incluso a esferas como las relaciones humanas, laborales, la competitividad de las empresas o las políticas industriales.

Avanzando en este hilo argumental, los efectos de la crisis económica resultan notables sobre el núcleo de nuestra sociedad. Me refiero a las relaciones laborales. En este ámbito también se mantienen ocultas muchas realidades, ya que las simplificaciones o generalizaciones tienden a hablar solo de salarios, negociación colectiva, eventualidad y precariedad de manera abstracta.

El año pasado se publicaron los resultados de la III Encuesta Navarra de Salud y Condiciones de Trabajo referido al año 2014. Por otra parte, con una periodicidad cuatrienal en la Comunidad Autónoma se publica la Encuesta de Condiciones de Trabajo desde el año 1996 hasta 2013. En estos estudios se analizan las condiciones de trabajo vinculados a la satisfacción con el trabajo, la seguridad y salud, y la organización del trabajo en la empresa. Un apunte sintomático: el lugar de las entrevistas pasa a ser el domicilio del empleado, en lugar del centro de trabajo.

Apuntamos algunos elementos destacables ocurridos durante la crisis (datos de la CAV por permitir ver la evolución): caída del salario por hora en un 10,7 %; el número de trabajadores a jornada parcial se triplica hasta alcanzar a 125.461 trabajadores en 2013 y la mitad trabaja menos de 20 horas semanales, mayoritariamente de forma involuntaria; el trabajo en sábado o domingo aumenta de forma sustancial, afectando al 43,4 % de la población asalariada, y un 26,2 % trabaja en domingo, incrementos que principalmente se producen en puestos de dirección y de producción industrial; el número de empleados que no disfrutan de al menos dos días seguidos de descanso afecta al 20 %, es decir, 156.855 trabajadores; el trabajo prolongado de más de 10 horas seguidas aumenta en 6,4 puntos, afectando al 19 % de los trabajadores asalariados; 135.276 personas trabajan de noche, principalmente en el ámbito de la producción industrial donde afecta al 32,1 % de los trabajadores; 179.153 trabajadores trabajan a turnos, un 22,8 % del total (en Navarra el 13,8 % trabaja a tres turnos, mañana-tarde-noche); un 19,3 % no disfruta de vacaciones completas, mayoritariamente de forma involuntaria; aumenta la incidencia de situaciones conflictivas en la empresa y la percepción de realidades de intimidación, desprecio grave personal, o violencia física; un 28,1 % señala una situación de deterioro en las condiciones de trabajo, de los cuales un 70 % lo considera grave o muy grave; Y aumento significativo de la insatisfacción por la promoción interna, la remuneración, el stress psicológico, el ritmo de trabajo y la relación con los jefes.

Todas estas realidades apenas se reflejan en los discursos institucionales y políticos, y raramente trascienden el ámbito de lo sindical o de los círculos sociales estrechos. Y sin embargo, afectan a proporciones considerables de los trabajadores, de la gran mayoría social. Al igual que con el concepto de pobreza energética, que no existía hace pocos años, estas realidades deberían visibilizarse, cuando menos en discurso y agenda. Gráficamente, ahora que se habla de la politización de lo sindical, resultaría enriquecedor sindicalizar lo político.

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