Patxi Zabaleta
Abogado

Arturo Campión, un honor de Navarra

Arturo Campión, igual que Martín de Azpilicueta, Axular, Huarte de San Juan, o Xabier Zubiri, Pablo Antoñana, etc constituyen, cada uno de ellos, un honor para Navarra. Aunque cada uno de ellos tenga sus pecados e imperfecciones y haya cometido sus errores, ostentan un balance, digno de considerarse como un honor.

Hacer la semblanza de un personaje tan complejo, tan diverso, tan prolífico y lleno de matices, correcciones y hasta contradicciones como Arturo Campión y Jaime Bon, corre siempre el riesgo de la simplificación y subsiguiente parcialidad. El último y profundo gran estudio sobre este personaje es "La idea de la historia en Arturo Campión" de Emilio Majuelo (Txalaparta 2015). Una cualificada contribución a su conocimiento la constituye la pulicación de sus "Obras Completas" por Editorial Mintzoa.

Arturo Campión fue ante todo y sobre todo un intelectual. Fue especialista en historia de Navarra y Euskal Herria. Tal como dice Majuelo, forma parte de la saga de los historiadores navarros y es un titán de la cultura vasca. Fue un profundo conocedor de la lengua vasca, de la cultura vasca y escribió la innovadora "Gramática de los Cuatro Dialectos del euskara", que, si bien ahora podría considerarse superada en algunos aspectos, supuso hace ciento veinte años un paso decisivo en el entendimiento científico del vascuence. Fue además un incansable investigador de la lingüística vasca. Como intelectual, su inquietud, su constancia y su rigor lo elevaron a la talla de los grandes pensadores europeos de su tiempo, con muchos de los cuales mantuvo una fluida relación.

De los numerosos estudios, ensayos, conferencias y tratados, que escribió, merece ser destacado, en relación con uno de los dichosos temas aireados estos días, el denominado "Los orígenes del pueblo euskaldun". En este tratado y a lo largo y ancho de muchos otros ensayos, dejó sentados con rigor y sutileza los principios y la teoría de que las reivindicaciones nacionales y los sentimientos de identidad colectiva no se pueden sustentar en base a la raza, sino en base a la lengua, cultura, historia y derecho propios; y sobre todo, en referencia a la voluntad social. Campión, que sabía muy bien que sus propios apellidos atestiguaban una ascendencia lejana a la vasca, no solo no se aferró a las modas racistas de su época, sino que las rechazó. Él consideraba a Navarra como su patria; era «navarrista» por los cuatro costados; navarrista por antonomasia; navarrista y vasquista, como lo eran todos los navarristas entonces. Pero no solo no apoyaba tal actitud en ninguna referencia a la raza, sino que sutilmente ridiculizaba tales referencias. Igual que, por ejemplo, también lo hacía su amigo y compañero Resurrección Mª Azkue. Compartió con Azkue la fundación y pertenencia a la Academía Vasca y las propuestas lingüísticas frente a los algunso aranistas.

No cabe olvidar que el racismo ha constituido una referencia multisecular en España, el reino históricamente más racista del mundo y que tiene en su haber no solo la expulsión de los judíos y de los moriscos –precedente de todos los genocidios habidos y por haber–, sino también la degradación de los indígenas americanos y ia contribución a la exclavitud de los deportados africanos. Acciones vergonzosas y criminales, en las que, por cierto, algunos de nuestros antepasados vascos y navarros fueron activos protagonistas. España es el pais del mundo, en el que durante más tiempo se ha mentenido vigente un procedimiento judicial-inquisitorial para enjuiciar la pureza de sangre. Todo ello además de las fiestas y días de la raza, como equivalentes al día de la patria, que son celebraciones, que han llegado hasta nuestros días. La misería humana hizo que personajes como Luis y Sabino Arana Goiri, y otros de su tiempo, quisieran emular y copiasen el racismo español. Igual, que quisieron equiparar el catolicismo oficial español con el «euskaldun fededun» o «vasco = creyente». ¡Cuanta autocrítica tendríamos que hacernos antes de tirar tantas piedras!

Es obvio que Arturo Campión no fue solamente un intelectual, sino que también fue un personaje social y políticamente muy activo. Tuvo gran protagonismo en la vida política y cultural de Navarra de Navarra durante los últimos veinte o treinta años del siglo XIX y los otros veinte o treinta primeros años del siglo XX. Publicó él mismo bastantes de sus libros en ediciones muchas veces por «entregas», como era la costumbre del tiempo; así, por ejemplo, fueron apareciendo sus "Euskarianas", que están a medio camino entre la investigación social, cultural e hitórica propiamente dicha, y la divulgación y propaganda. Campión intervino y tomó parte en la fundación y mantenimiento de diversos medios de comunicación y en muchas otras iniciativas sociales y económicas, en las que sufrió también serios quebrantos como en la promoción del Hotel de la Agrícola de la actual Plaza de San Francisco.

No es serio, ni riguroso deducir, describir y definir toda la ideología y personalidad de un personaje complejo, como Campión, que escribió tantísimo y con un control tan personal, de una frase suelta, presunta y discutiblemente atribuida al mismo en una revista marginal y hasta posiblemente falseada. Tampoco se puede hacer su semblanza por lo que decían de él sus adversarios políticos o algún siniestro y criminal personaje de su tiempo, como fue García-Garcilaso. A Campión hay que juzgarlo por el conjunto de lo que hizo y por el conjunto de lo que escribió con amplitud, sosiego y matización en sus tratados, escritos, conferencias, etc. Da la impresión de que en las ocultas recocinas de la maquinación cavernícola de Navarra, se han puesto a funcionar a todo trapo las máquinas de expandir mierda para que alcance a Campión. Algunas y algunos ingénuos han caído una vez más –por nerviosismo o por ignorancia– en esa trampa. ¿Es que se puede desautorizar al geógrafo Altadill, porque anteriormente hubiese sido militar? ¿Es que se puede desacreditar al navarrista Hermilio de Olóriz por algunas de sus actitudes personales?

Como activista político, Arturo Campión nunca perteneció a ningún partido político; se alió y desalió con varios y muy diversos partidos a lo largo de su vida política; por tanto, no fue propiamente un tránsfuga. Pero tampoco fue capaz de promover un movimiento perdurable. No era monárquico, pero su republicanismo fue tenue, porque se adscribió a posturas conservadoras y cristianas. Su característica política más permanente y firme fue de formar parte de la amplia saga de los defensores de la identidad navarra, del vasquismo y del foralismo. Es decir, se adscribió al navarrismo original y no falseado.

Arturo Campión fue el lider indiscutible de la Gamazada; es el único personaje conocido de aquella emblemática confrontación con el centralismo. El foralismo, como amplio sentimiento político popular, ha perdurado gracias a la memoria de la Gamazada. Basta recordar, a este respecto, los esporádicos amagos de algunos dirigentes navarristas de que, en caso de riesgo del fuero, habría que repetir la Gamazada. Es decir, que los verdaderos foralistas debieran ir besando el suelo que piso Campión. Y sin embargo, ¿por qué lo persiguen, falsifican y proscriben su memoria? ¿Por qué llegan sus esbirros historicistas a inducir a otros ingénuos a míseras tergiversaciones con base en frases entresacadas de alguna revista sin garantías y con base en alusiones de sus antagonistas, cuando es así que tiene miles y miles de páginas escritas por él mismo y con toda garantía?

En el ámbito social e ideológico Arturo Campión y la Asociación Euskara de Navarra, que él promovió junto con otros colegas, constituyen la representación del verdadero navarrismo; el navarrismo vasquista y anticentralista esculpido para siempre en las coplas de Monteagudo. El enemigo de las libertades navarras y de las de Vasconia (que son las mismas) siempre ha sido, es y será el centralismo de Madrid. Es el centralismo, el que le ha quitado y le está quitando a Navarra, una tras otra, sus competencias y capacidades políticas; jamás le ha quitado a Navarra ninguna competencia ningún otro territorio vasco. ¿Cómo es posible entonces, que la parte más visible del navarrismo se haya degradado hasta convertirse en franquicia al servicio del centralismo? Aunque es cierto que algunas expresiones del nacionalismo vasco –como el bizkaitarrismo– tienen su parte de culpa, pero lo cierto es que la adulteración ideológica y social del navarrismo ha sido fundamentalmente una astuta obra de los servicios de inteligencia de Madrid. Igual que al final del siglo XX la CNI o lo que fuera comisionó al gallego Mosquera a levantar el alavesismo, a finales del siglo XIX, el Somatén o el servicio secreto que fuera comisionó a García-Garcilaso para adulterar el navarrismo.  

Obviamente hay muchas actitudes, pensamientos y actuaciones de Arturo Campión, que son criticables, revisables y hasta rechazables. Si se defiende como imprescindible la autocrítica, ¿cómo no se va a poder criticar lo dicho, escrito y realizado por un personaje tan prolífico, tan activo y tan complejo como Campión, que vivió a lomos de los siglos XIX y XX? Pero lo que no se puede poner en duda es su relevancia social, política y sobre todo cultural y sus aportaciones en todos estos ámbitos. Yo mismo, por ejemplo, no estoy de acuerdo con la forma actual del escudo de Navarra; no debiera tener en su parte superior la corona, la cual es un postizo, que no aparece ni en el sello de Sancho el Sabio, ni en las imágenes esculpidas más antiguas. Pero unas falsificaciones tan antiguas y repetidas deben ser objeto de análisis histórico; no de debate político, ni social. Probablemente el escudo de Navarra en su imagen originaria no representaba cadenas, ni hubo diamante verde, ni el símbolo proviene de la batalla de las Navas de Tolosa.

Pero a pesar de todos los pesares, es evidente que Arturo Campión, igual que Martín de Azpilicueta, Axular, Huarte de San Juan, o Xabier Zubiri, Pablo Antoñana, etc constituyen, cada uno de ellos, un honor para Navarra. Aunque cada uno de ellos tenga sus pecados e imperfecciones y haya cometido sus errores, ostentan un balance, digno de considerarse como un honor. Por cierto, no fue la cuestión del escudo la única vez, en la que la Diputación Foral de Navarra pidió dictamen a Arturo Campión, ya que ahí está también el histórico e importantísimo informe sobre la subsistencia del derecho foral civil de Navarra, por cierto de próxima actualidad. Es decir, que de merecer alguien una medalla de oro de Navarra ese es Campión; la merece hasta con diamantes (simbólicos como el del escudo) y nos sería muy doloroso a infinidad de navarros que a un personaje, que para nosotros es tan entrañable, se le hiciese el oprobio de revocarle una medalla ya concedida.

Sin embargo voy a mencionar también una pequeña cuestión, a modo de «queja» histórica con respecto a Campion. En sus ingentes obras sobre el euskara y sobre la cultura vasca y entre sus valiosas intervenciones y trabajos, entre los que está su contribución a la creación de la Real Academia de la lengua vasca (nombre oficial) y la ya aludida gramática, nos encontramos con que escribió en su juventud un trabajo poético sobre la batalla de Roncesvalles-Orreaga en euskara. Sin embargo, luego ya no realizó más trabajos literarios conocidos en euskara, sino en castellano. ¿Por qué? Nunca lo sabremos. Mientras tanto, muchos seguimos y seguiremos leyendo sus novelas, sus leyendas y sus relatos, no solo por gusto literario, sino también por curiosidad y porque siempre son fuente de reflexión y aprendizaje.

Como última reflexión, quiero aludir a la imputación de que Arturo Campion se adhiriese a la rebelión (violenta por supuesto) de Mola y Franco. Campión en 1936 estaba ciego y apartado de toda actividad pública. En aquella sublevación genocida se asesinó, se torturó y se hizo huir o desaparecer a muchas personas y se obligó a otros a marchar a la guerra o a firmar adhesiones y hasta a hacer cesiones de bienes, si querían salvar su vida. Así fue, por ejemplo, el caso de un amigo de Campion, José Mª Lizarraga e Leitza, a quién le obligaron a firma la cesión de los periódicos nacionalistas, si quería conservar la vida. A Unamuno, a Campión y a otros les coaccionaron para que firmasen adhesiones. De hecho la rebelión franquista supuso la relegación de la obra, la ideología o sentimientos de Campión. Reprobarlo ahora constituye una nueva opresión injusta.

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