Antonio Alvarez-Solís
Periodista

La amenaza

El pasado jueves el titular de Hacienda se dirigió al Parlamento, o más bien esa inválida Cámara de Diputados –piense en eso, Errejón– con uno de los discursos más nítidamente fascista que podía escuchar España a estas alturas. Fue un discurso de duro apercibimiento a un hibernado Parlamento que controlan férreamente dos mujeres: la Sra. Pastor por el Partido Popular y la Sra. Sánchez o la lozana andaluza, por el Partido Socialista.

Para adelantar trabajo y no perdernos en prematuras divagaciones elijamos el párrafo inauditamente coactivo que suscita este comentario: para acometer esta reforma (se refería el ministro al conjunto de medidas que pretende legalizar su gobierno, entre ellas muchas dramáticas y «o nos ponemos de acuerdo o no tenemos sistema de financiación, porque no hay mayoría. O lo votamos la gran mayoría conjuntamente o no tendremos nada». El ministro de Hacienda estaba alto de testosterona y enderezaba sus orejas para el ataque, sabiendo que la Corona autorizará con su firma todos los viciosos decretos-leyes que le pongan los reaccionarios sobre la mesa. El rey ha tomado partido y cogobierna.

Nadie contestó al ministro de modo concluyente; por ejemplo: «Si impedimos sus reformas, señor ministro, no sólo “no tendremos nada” de esas repugnantes propuestas sino que lograremos al fin otro gobierno, ya que un gobierno con su legislación rechazada debe irse». Al fondo, el Sr. Rajoy aguardaba inmóvil como la araña que espera al borde de su tela a que caiga otra mosca. Es curiosa la influencia que puede ejercer un ser ya inmóvil sobre su entorno, lo que pongo en parangón con las momias egipcias, que tantas cosas movilizan desde su mortal pasividad. Resultado: la jactancia del ministro quedó sin la debida respuesta y los «populares» aplaudieron apollinados bajo las alas de la presidenta de la Cámara, que sólo habla para impedir que «los otros» hablen.

El ministro sonreía como el aldeano que domina el mercado merced a su discurso engañoso y soberbio. Hubo un párrafo en que se atrevió a comparar la España que encontró Rajoy y que supervivía dando coletazos, con la España que, cinco años después, contaba con una economía «encauzada sobre los raíles de la recuperación», eso sí, gracias –dijo– a la política monetaria del Banco Central Europeo y los bajos precios del petróleo. A la mendacidad unía ahora el ministro, en un momento desvergonzado de sus bravatas y comprobando una vez más que el PSOE estaba en su bolsillo, el anuncio de que aplazaba la rebaja fiscal hasta el año que viene por las «presiones» de Bruselas, aunque hubiera prometido otra cosa en las elecciones ¿Y qué valen unas elecciones? Tras este vuelo en parapente, con sus vueltas y revueltas, al parecer todo irá sobre ruedas cuando hayamos pagado la cuenta de este banquete en que uno acaba con tres postres (Bruselas) y el otro espera en la cocina para arrebañar los platos (Madrid). Una cuenta que, sin embargo, el ministro trató de resguardar dialécticamente, con el alibí de sus altísimas cifras de endeudamiento externo e interno, que al parecer estaban ahí sin intervención del gobierno. Recordé el planto del preso. «Hay Carmina de mi vida/ ahora sí que estamos bien. /Tú preñada y yo en la cárcel./ Tú no tienes quien te meta;/ yo no tengo quien me saque».

Pero el ministro de Hacienda ya no temía a nada. Afirmaba una vez y negaba en la siguiente. Hablaba con petulancia y con esa sonrisa PP que ha puesto de moda el Sr. Hernando, perdulario de desplantes, muro consolador de lamentaciones, profeta de futuros galácticos y repartidor de vales en la cola inmóvil. Ora sentaba el ministro: las sociedades pagarán más impuestos; ora respondía el eco, pero esa tributación alcanzará simplemente a la mitad de lo que tributaban antes de la crisis. Insistía el incombustible ministro en el magnífico futuro  que tenemos ya a la vista con la reducción del paro y el déficit público, pero manipulaba puniblemente la carta delatora, el as de bastos, de que el paro y el déficit siguen en niveles inusualmente altos y la deuda pública está en máximos históricos. Otra vez el protagonista de la crisis no era la Moncloa. El gobierno, venía a decir el ministro, batallaba incansablemente por nuestro progreso, pero está rodeado de fantasmas empeñados en su fracaso.

Fue un discurso glorioso. Recordé a Lorca: «Tardará en nacer, si es que nace/español tan claro de aventura». El Sr. Montoro subrayó en este discurso inolvidable el incremento del gasto social por su gobierno. Yo hice cuentas de la reducción del gasto sanitario, del recorte en la investigación, del casi inexistente cuidado que se dedica a los impedidos, del encarecimiento de la matrícula universitaria, del incumplimiento con los refugiados… E iba sumando pérdidas cuando me asabenté de que el gobierno consideraba como gasto social las pensiones y su «mejora» a fin de ganar la baza del progreso. Y cómo hablar de las pensiones como gasto social cuando no lo son, por no corresponder esas cantidades a un impulso humanitario sino que constituyen una devolución a largo plazo de una deducción fiscal que se hizo en su día para más tarde abonar el salario a un trabajador que ya no puede trabajar por razones de edad o invalidez  ¿Son las pensiones, señor ministro, un gasto social o de contribución humanitaria? Un jubilado es un accionista del país que ha contribuido sustancialmente, con su trabajo muy mal pagado además, al funcionamiento de su país y, lo que es más doloroso, al enriquecimiento de quienes le explotan miserablemente ¿O es que considera usted, Sr. Montoro, que constituyen una ayuda social, y por tanto graciable, los dividendos que se reparten los inversores ancianos de un fondo financiero o de un banco? ¿Por qué el dinero deja señal permanente de mérito y recompensa respecto a esos inversores y en cambio no han de dejar esa señal la pala y el pico de que quienes sudaron largamente la construcción nacional? A mí este año me han aumentado la pensión un 0,26%, sin que el Sr. Maroto haya advertido que la inflación ha llegado al 2%, con lo que tenido que suspender la leche del café de la mañana y el lujoso huevo de las semanas impares ¿Es justo?

Mire usted, señor ministro, ustedes me han hecho lector asiduo de conciudadanos como el Sr. Iglesias cuando dice: «Si nos subordinamos a la lógica institucional nos disolveremos» e insiste una vez y otra que los diputados de su familia han de ser ante todo «activistas sociales». Vuelve a ser la hora de la sociedad. Sí, se debe estar en las instituciones, Sr. Errejón, pero la calle es la institución más importante y más antigua. Una calle que se preocupe de su propia formación y sepa funcionar colectivamente. Durante muchos años trabajé en esa empresa política y compruebo que los emigrantes de las instituciones establecidas a cuyo lado siempre estuve para velar las libertades han dejado una semilla que vuelve a brotar. Hay que cuidar esa planta, dura como la yedra en muro viejo. Mientras un ser humano no sea libre, la libertad será simplemente un sueño; mientras un pueblo no pueda encontrarse consigo mismo, la sociedad será un montón informe. Mientras no estemos de acuerdo en que nosotros somos nuestra propia soberanía, la soberanía será una herramienta en manos explotadoras. Yo creo firmemente en esos principios. Es decir, tengo fe, como la siguen teniendo tantos hombres y mujeres, ahora presos en cien Guantánamos. Y la fe es la única realidad que no pueden destruir los gobernantes que, como las arañas, esperan al borde de la tela a que caiga en ella la mosca idiota. Sr. Maroto, hable de todos estos entusiasmos ochentones a su vendado faraón. Y ahora me voy a cenar con lo que me ha dejado la Bruselas del Sr. Maroto.

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