La guardia civil (liberal) y el pueblo insurrecto (carlo-republicano)

Víctor Moreno, miembro del Ateneo Basilio Lacort, ha vuelto a pronunciarse nuevamente sobre el carlismo, una temática que en su caso es cuando menos obsesiva. Cada cual es libre de tener las obsesiones personales que considere oportunas, pero lo mínimo exigible es la honestidad intelectual, en la cual ha demostrado ser algo deficitario.

21/02/2017

En la apertura de su último artículo afirma que los posicionamientos de su Ateneo con el Monumento a los Caídos y con el Museo del Carlismo han motivado el enfado de los carlistas (se olvida en lo referente al Museo de otras gentes que no son carlistas, pero que si valoran la verdad histórica…). En el segundo caso lo que indica es una realidad evidente, pero en el primero… ¿Alguien conoce algún pronunciamiento público del Partido Carlista, o de sus militantes, en relación al Monumento? Pues resulta que no lo hay. Víctor Moreno al colocar, demagógicamente, ambos asuntos en un mismo saco, cuando no tienen nada que ver, demuestra que su finalidad no es la claridad ni la verdad, sino la confusión con el afán de arrastrar al público hacia el particular molino de sus obsesiones personales.

Desconozco también cual es la particular definición ideológica de cada uno de los miembros de su Ateneo a nivel individual. Pero de algo estoy seguro, ningún marxista consecuente firmaría según que escritos, pues para el materialismo histórico «la lucha de clases es el motor de la Historia», (y no la lucha de unas ideas platónicas). Las «fatuas» de su Ateneo suelen priorizar otro tipo de cleavages, lo que explica, entre otras cosas, desde su visión simplificadora del carlismo hasta su enorme identificación con una figura perteneciente a un instrumento de «la violencia organizada de una clase para la opresión de otra», como era y es la Guardia Civil.

La evolución histórica de «las Españas» durante el siglo XIX puede ser tratada desde muy diferentes enfoques. Hay autores que lo que priorizan es el cleavage reacción-progreso entre las diferentes familias del «bloque oligárquico español», entre conservadores y progresistas, monárquicos y republicanos, confesionales y laicos, pero todos ellos igualmente liberales y unitarios. Su apasionante narrativa nos conduce por una amplia serie de disputas palaciegas, pronunciamientos militares y debates parlamentarios, como si fuese la autopista de la «Historia Universal». En esta trama sin embargo las clases populares solamente aparecen, como visitantes no deseados, cuando deciden amotinarse o echarse al monte, generando un «problema de orden público», para el cual rápidamente se recurre a la Guardia Civil. Y es que en una «Historia» construida desde arriba, desde Madrid y desde las instituciones, está muy claro quienes van a ser los actores protagonistas. Por lo tanto a los voluntarios de Don Carlos como a los partidarios de la República Federal solamente les está reservado un simple papel como comparsas, como «extrema derecha» católico-monárquica y «extrema izquierda» republicana-laica del arco político. Pero este guión no aclara nada sobre las múltiples relaciones que existieron entre legitimistas y piimargallianos, que no dudaron en cooperar y combatir juntos a la hora de enfrentarse a la Guardia Civil.

Los cleavage de clase y nacional, tan ignorados por los liberales de ayer y hoy, no solamente nos pueden dar muchas pistas sobre lo que Unamuno llamaba «el carlismo popular, con su fondo socialista y federal, y hasta anárquico», sino también sobre las divergencias entre la izquierda federal de Pi i Margall, de tendencia insurreccional, y los sectores republicanos/laicos «de orden», entrañablemente militaristas y golpistas pues siempre desconfiaron del «pueblo armado». Por eso en los pronunciamientos de la Asociación Republicana Militar (ARM) de Ruiz-Zorrilla, como el de Badajoz en 1883, en el cual participó Basilio Lacort, no se contaba con la movilización plebeya. Como muy bien señaló Miguel Artola (Partidos y programas políticos 1808-1936, Aguilar, Madrid, 1977, p. 372):

«Existían diferencias insalvables, en cuanto al procedimiento, entre los federales, partidarios de una acción revolucionaria popular, y los antiguos radicales, que siguen pensando en un pronunciamiento. Por debajo de la cuestión táctica –levantamiento popular o militar– se plantea el conflicto entre dos modelos de república: la federal, que surgiría del pluralismo de juntas revolucionarias; y la unitaria, que sería la consecuencia de un movimiento que tuviese un único centro de decisión».

A modo de anécdota se podría señalar que el término «glorioso movimiento nacional» no fue inventado por los generales de 1936, sino que ya venía utilizándose desde bastante antes. Guste o no el militarismo fascista del siglo XX tiene su origen directo en el militarismo liberal del siglo anterior, no en las rebeliones populares contra los consumos o las quintas. Por eso igual, mucho antes del 23F de 1981, ya encontramos a un Milans del Bosch que, en época de Fernando VII, en 1817, se subleva reivindicando la Constitución de 1812. Seguir la saga familiar de los Milans del Bosch a lo largo de dos siglos, resulta profundamente clarificador en relación a la endogámica casta del generalato español, verdadero nervio central de nuestro liberalismo privatizador y uniformizador.

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