Eternas promesas
Alberto Pecharroman Ferrer | Dibujante
13/10/2017

Con origen en un cerebro onírico y autoconsciente, y como fuga de los esfuerzos que el mantenimiento de la vida digna exige, la evolución reforzó la dimensión mágica de la mente humana. Ésta impulsó diversas construcciones filosóficas y religiosas que han marcado el devenir de la historia humana con una eterna promesa de existencia mejorada que a veces ha sido utopía y otras, las más, conquista descarnada de privilegios en forma de guerras.

En un plano espiritual, las religiones del libro prometen, con éxito mayoritario aún, evitar el infierno con un paraíso eterno que exigiría defender hasta la muerte los dogmas de fe. Mientras, en el plano material, el sistema capitalista alimenta la promesa de una vida excelsa promocionada por la industria del lujo y el star system al que cualquiera podría acceder con competición constante, suerte o sacrificando su dignidad o la de subordinados. Éstos crean y consumen la riqueza que acaba concentrándose en pocas manos gracias a la especulación bursátil-financiera creando una elite plutócrata, lo cual confirmaría paradójicamente el sueño capitalista. La industria y la política del entretenimiento alimentan y ocupan ruidosamente este imaginario, necesitan ilusión y confianza de creyentes endeudados y enganchados al relato de la eterna expansión. La promesa, pues, necesita constante renovación gracias a la ciencia y la tecnología. La última se basa en la ciencia ficción del transhumanismo: 200 años de vida joven con telequinesis, invisibilidad y otras quimeras que superarían los límites de las miserias humanas cotidianas. Otra religión. Campo libre para comerciar con nuevos productos, nuevos paraísos a los que solo accederían los más ricos.

¿Pero qué ocurre cuando el agotamiento de los recursos del planeta, el auge del empleo precario y los desastres naturales asociados al cambio climático rompen esa confianza en la eterna zanahoria delante del burro? La frustración de ingentes masas de población que ven alejarse la buena vida disfrutada esporádicamente, abriría la puerta al ascenso de lideres promisorios, autoritarios y belicistas como Trump que prometen la recuperación de los privilegios a sus nacionales, perdidos en lucha global con un capitalismo autoritario de estado como el chino. Esta recuperación de EEUU se basaría en su potentísima industria armamentística que se lucra de los conflictos que provocan el cambio climático (de ahí su interés en negarlo) y la propia lucha por los recursos. Todo esto garantizaría los flujos de capital a la elite que exprime las haciendas y las vidas de los consumidores en todo el mundo.

Con este panorama en los telediarios, subrepticia e implacablemente, se va abriendo camino en la mente de los privilegiados una idea superfascista consistente en que si el planeta ha llegado al límite de sus recursos por los que 7.500 millones de humanos luchan, en consecuencia, sería necesario diezmar esa superpoblación que amenaza sus paraíso-fortaleza con desesperados inmigrantes, con religiones y culturas diferentes, en busca de la promesa de una vida mejor. En esta lógica inhumana, clasista y perversa, las guerras y los desastres ajenos serían bienvenidos. El terrorismo yihadista, basado en otra promesa eterna, agravaría esta tendencia apocalíptica y el final para toda la especie humana sería previsible.

Seamos realistas, la vida sería insostenible en la Tierra si la mayoría de sus habitantes consigue la promesa capitalista. Pero si adoptamos una vida frugal, lejos del desperdicio; unas energías renovables, lejos de la fósil manchada de sangre; una conciencia común, lejos de la competencia sectaria; un progreso social lejos del exclusivamente material; y una economía solidaria que haga cuenta de los límites, se podría prometer una vida digna para una población mundial mucho mayor que la actual. En fin, otra promesa, aunque más ajustada a la realidad, sostenible y pacífica.

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