No apoyar al PP no solo es una cuestión de conciencia
12/11/2017

En general, pocas veces un representante electo rompe la disciplina de voto por razones de conciencia. Muy pocas, en todos lo partidos. La discrepancia es algo que se solventa internamente y, aun cuando puede trascender en debates y posicionamientos más o menos públicos, rara vez alcanza al voto. La disciplina es un valor central en los partidos y movimientos políticos, y así debe ser, siempre y cuando existan canales para gestionar democráticamente esas discrepancias.

Si el voto discrepante es inusual, aun lo es más en el caso del PNV, un partido de lealtades religiosas y capaz de cohabitar con contradicciones que partirían en mil pedazos a otros. Por eso es tan relevante la abstención del parlamentario Iñaki Agirre cuando su partido votó junto al PP contra la ley para anular las condenas del franquismo. Por eso mismo, lo más probable es que este hecho insólito no tenga mayores repercusiones. Pero no por ello deja de ser reseñable, más aún en el contexto abierto por Catalunya.

Antifranquismo, franquismo e impertinencia
Nadie puede dudar de la conciencia antifranquista del PNV, que como toda la resistencia al golpe de estado y a la dictadura fue víctima de su totalitarismo. Sufrió represión, cárcel, exilio y expolio, lo que marcó su cultura política profundamente. Miles de gudaris son ejemplo de esa realidad. Otra cuestión es cómo ha gestionado después el relato sobre esa resistencia, la fraternidad con quienes luchan por su país y la legitimidad de la violencia política bajo determinadas condiciones. Pero eso es… eso, interesante pero otra cuestión.

Lo que en cualquier caso está fuera de debate es la nula cultura democrática del Partido Popular. Y si alguien aún tiene dudas, ellos se las aclaran. Sin entrar a lo crucial en este momento –la cruzada autoritaria y ejemplarizante contra Catalunya y la democracia–, en tan solo dos días el PP vasco-navarro ha votado contra la anulación de las condenas del franquismo en Gasteiz, ha defendido la crueldad con los presos enfermos en Iruñea y se ha negado a reconocer a víctimas que no sean las suyas en el Día de la Memoria, hasta el punto de justificar su ausencia en Bilbo por la presencia de la familia de Iñigo Cabacas. Alcanzan así un grado de impertinencia moral imposible de defender sin caer en el cinismo o el totalitarismo.  

¿Por qué, entonces, el PNV cometió la torpeza de unir sus votos al PP en contra de algo tan lógico, tan simbólico si se quiere, como la anulación de las condenas del franquismo? Ni siquiera el PSE se atrevió a secundarles, absteniéndose junto a Agirre a pesar de romper así uno de los puntos centrales de su acuerdo de gobierno.

Ayer uno de los parlamentarios jeltzales que sí siguió la consigna de voto, Joseba Egibar, hacía autocrítica y reconocía que, al menos por «estética», debían haber apoyado esa iniciativa antifranquista. Como autocrítica, después de haber agotado la excusa competencial, es algo pobre recurrir a la estética teniendo tan a mano la ética. Pero al menos parecen haberse dado cuenta de su error, que no es poco. Eso, o simplemente el péndulo sigue ejerciendo su hipnótica función electoral, aunque estas semanas refleje turbulencias como ese digno voto.

No solo es conciencia, es supervivencia
Con todo, lo más chocante del debate sobre esa ley es que, al escuchar que la misma norma había sido aprobada en Catalunya y ni siquiera había sido recurrida al Tribunal Constitucional, los jeltzales encontrasen en eso un argumento más para oponerse. La Vía Vasca, de la mano de Iñigo Urkullu, apenas es nada más que lo opuesto a lo que hagan los catalanes, sea lo que sea. Lo mismo da una ley antifranquista que la política de alianzas. Es una visión reaccionaria y cortoplacista.

El discurso de la estabilidad y la «normalidad democrática» con el 155 en marcha, los consellers en prisión y el president en el exilio es insostenible. Existen razones más que suficientes para actuar en conciencia con lo que está pasando en Catalunya, pero no es solo una cuestión de ética o solidaridad. Para las instituciones vascas es también una cuestión de supervivencia. Con posturas como la del otro día en el Parlamento, el PNV pretende obviar que gobierna con la minoría unionista que ha aplicado el 155, que existen alternativas y que son viables. Sus alianzas actuales son cómodas pero débiles, porque esos acuerdos no tienen más vigencia que la que el Estado les dé en base a sus necesidades.

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