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Mercadillos

Me gustan los mercados callejeros, el urbanismo efímero de sus tenderetes, sus reliquias de saldo, sus berridos megafónicos y su olor a sudor y fritanga. Me gusta deslizarme en los corrillos de los charlatanes de feria y escuchar los prodigios de algún artefacto insólito, a veces una yogurtera o un molde de bizcochos y otras veces un cepo para ratones o un rascador de espaldas o un juego de cuchillos jamoneros. Los mercados ambulantes son dos jubilados disputándose una ganga, el reguetón atronador de los puestos de música pirata, las marcas falsificadas, las tres bragas a dos euros, María. Allí se aprende y se ejercita el arte ancestral del regateo, y no existe satisfacción comparable al triunfo de haber acordado una baratija inútil a un precio irrisorio. Los mercadillos ofrecen montañas de zapatillas deportivas, surtidos de aceitunas, infusiones que prometen ahuyentar la alopecia y faltas de ortografía que provocarían un paro cardíaco a cualquier profesor de lengua. Pero sobre todo, los mercadillos laten con una vitalidad que no es posible encontrar en los grandes almacenes ni en los centros comerciales, asépticos como hospitales y mecánicos como cadenas de montaje.

Algunos mercadillos, mis preferidos, son una mezcla de anticuario pobre y desván de los abuelos. En ellos se amontonan cachivaches de otros tiempos y lugares, utensilios que disfrutaron de una vida anterior y que parecen recién sacados de las cajas de cartón de una mudanza. Inspeccionar la mercancía es más bien tarea de un forense o un arqueólogo. Descubro una vieja Olivetti desdentada y me parece increíble que hace tan solo unos años pulsáramos las teclas con tanto escándalo. Veo una chaqueta de colores estridentes y hombreras como alerones y me espanta imaginar que algún día pueda regresar la moda de los ochenta. Hay una cómoda señorial con acabado en caoba que alguien reemplazó por el aglomerado de Ikea. Hay monedas que nadie usa de países que ya no existen. Hay cromos de la última liga que ganó el Athletic. Hay un casete de Platero que alguna vez rebobiné con un bolígrafo. Los objetos de segunda mano nos interpelan y nos recuerdan quiénes fuimos. Por mucho que nos esforcemos en olvidar de dónde venimos, siempre sobrevivirán nuestros trastos para delatarnos.

Pero los mercados de viejo no solamente dan testimonio del pasado de un país o una cultura, sino que además y por encima de todo, cuentan la historia de otras vidas. Por eso, cada vez que consigo un artículo usado, me gusta imaginar las andanzas de la persona que fue su propietaria. En la letra R de un diccionario de latín encontré la foto de carné de un bachiller cántabro junto a una hoja de afeitar: comprendí que el pobre estudiante había desesperado con las declinaciones pero estoy seguro de que nunca alcanzó a abrirse las venas. En un baratillo de Budapest pagué unos pocos florines por la cartilla de racionamiento de un tal Ferenc Dobai y casi puedo verlo atusándose el bigote mientras espera a orillas del Danubio a una antigua novia que se llamaría Vilma o Katalin o Ilona. Detrás de cada objeto de segunda mano se esconde un relato desconocido, la historia de una vida demasiado parecida a la nuestra.

Ni el comercio digital ni las grandes superficies pueden suplantar la experiencia del mercadeo ambulante, ni el olor a fritanga, ni el jaleo suburbial. Me gustan los mercados callejeros porque explican lo que somos, porque resumen un lugar.

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