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Aspirinas infantiles

La primera vez que mis padres me dejaron sola al cuidado de mi hermano Jaime, él tenía ocho años y yo nueve. Ellos habían salido a cenar. Jaime veía la tele tranquilamente, cuando empezaron las noticias: los marqueses de Urquijo habían sido asesinados. Dieron todo tipo de detalles y aquello parecía una película de terror. Jaime me miró asustado. La siguiente noticia era sobre dos bebés siameses a punto de perder la vida. Nunca había oído hablar de siameses y cuando vi las imágenes en la pantalla me parecieron una aberración. Reconocí todos mis monstruos. Jaime se asustó. Yo me asusté con él, y se levantó una tormenta de viento. Se movían las puertas, crujían las paredes y aparecían sombras amenazantes por todas partes. Nos pusimos tan histéricos que empezamos a pegarnos, sin razón aparente, por pánico, por defendernos de algo. Y cada vez nos dábamos más fuerte. No era el uno contra el otro, sino los dos contra el miedo. Nos pegábamos pero no sentíamos aversión, sino terror, y pegarnos era una liberación. Cuando volvieron mis padres, al vernos, se quedaron horrorizados. Y sin siquiera mirarnos, inventamos una historia porque en seguida entendimos que era imposible explicar lo que nos había pasado. Porque nos daba vergüenza aceptar que nos habíamos hecho daño solo por habernos asustado. Y cada minuto se fue haciendo más complicado. Nos sentimos fatal, pero ya era imposible dar marcha atrás y contar la verdad. Y cuando por fin nos acostamos, lo que ellos pensaban que nos había ocurrido era tan grave, que al día siguiente decidimos comernos cada uno una caja de aspirinas infantiles. Para que fuera peor. Para que tuvieran que llevarnos a urgencias a hacernos un lavado de estómago y se preocuparan tanto que olvidaran lo que el día anterior nos había pasado. 

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