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Como la vida misma

Sonreí cuando esta imagen en la que unas monjas se hacen un selfie ante el David de Miguel Ángel llegó a mi móvil. Un momento realmente gozoso, pensé y, además, mira tú, frente a una de las obras de arte más luminosas de la historia. Una imagen simpática. Divertida. Supuse, porque en esto todo es un suponer, que las hermanas pertenecían a una congregación católica. El caso es que allí estaban ellas, disfrutando como colegialas con su selfie y mostrando toda una colección de amables expresiones ante el desnudo masculino más perfecto que se haya creado nunca: Desde la risa satisfecha a la sonrisa más pícara, desde la carcajada al rictus nerviosillo. Por percibir, hasta se advierte un cierto sonrojo azorado en los rostros ocultos en retaguardia.

Como me hizo gracia, pensé en traerla a este blog. Quizá porque me daba opción a reconciliarme con un agrio recuerdo que guardo de las monjas –así, en general– y a poder decirme a mí misma que parece que las cosas cambian también en esos conventos de dios.

En esas estaba cuando me puse a buscar al autor de la foto, para añadir su firma, como es de ley. No me hizo falta mucha investigación para saber que la imagen, aunque ingeniosa, era trucada. Un buen montaje de photoshop, que gana en intensidad pero pierde en realidad. Un fake, que se dice ahora. Falsa, vamos. Abajo va la original, obra de Carlos Aldama, en la que se ha basado el montaje. Como se ve, el regocijo de las monjas es el mismo, pero está claro que la escena modifica hasta los pensamientos, sean estos puros o impuros.

Una pena, pero así es internet; como la vida misma, llena de historias rigurosamente falsas.

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