0 iruzkin

Delante no hay nadie

 

AFP Photo / Delil SOULEIMAN

Dicen que en los campamentos de refugiados de guerra no se escuchan llantos. No lloran los niños, ni siquiera los bebés. Lo sé por boca de un médico acostumbrado a trabajar en esos lugares donde el dolor se asimila al silencio: el sufrimiento constante enseña al cerebro que el llanto no sirve para nada.   

Este niño también lo sabe. Se aprende a ser desgraciado igual que se aprende que al final del sollozo no hay nada. Delante suyo tampoco hay nada pero, sobre todo, no hay nadie. No hay personas ni gobiernos, ni países ni continentes. Quizá por ello su mirada parece perforar el objetivo y buscar más allá de la cámara.

Probablemente no tiene los seis años que dura la guerra de Siria ni llega a los cinco, cifra que en millones han alcanzado ya los refugiados que han salido de su país. A él, un desplazado en el interior, ni siquiera lo habrán contado. Ahora vive en el norte, en el campamento temporal de Ain Issa, a donde llegó tras huir de otro anterior, al que también llegó huyendo.
Lo normal en unas partes del mundo carece de sentido en otras. Por eso no sabemos su nombre ni qué quiere ser de mayor. Anormalidades normalizadas hasta el punto de que casi nos han convencido de que no hay alternativa posible, lo que viene a ser el pórtico a la sumisión a un mundo cada vez más injusto.

Por eso, más nos vale que su mirada azul nos resulte aún turbadora. Y que no caigamos en el error de pensar que ha perdido la ingenuidad, como se dice candorosamente ante imágenes similares. La ingenuidad, eso que adquirimos a medida que crecemos, no es cosa de la infancia. Entre otras razones, porque pertenecemos al grupo más cruel de la naturaleza. Madurar consiste en hacer como que comprendes el mundo que te rodea y así, ingenuamente maduros, es como conseguimos llegar a este preciso momento en que nos resulta posible vivir en dos mundos diferentes. Y cambiamos de uno a otro siempre que lo deseamos.


/