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La evolución de la especie

Hay expresiones acuñadas que traspasan siglos. Como la del «pobre pero honrado», de la que sólo podría concluirse una presunción de no honradez para los pobres, remachada por una literatura universal repleta de raterillos, hurtos famélicos y miserias varias… Claro que todo esto era hace un rato largo, antes de que una adquiriera conciencia de que siglos de tradición determinan que si un pobre es honrado es porque a) o no sabe –tómese en cuenta que es un ser intelectualmente inferior, o b) no puede –tómese en cuenta otra vez que es un ser intelectualmente inferior–.

Lo malo del «pobre pero honrado» es que ha operado –todavía lo hace– como esquema mental, como la idea de que siempre hubo ricos y pobres y que siempre los habrá. De forma inconsciente, por cierto, que es la peor de las formas. La Iglesia se encargó de sublimar el concepto de pobres de solemnidad elevándolo al rango de pobres de espíritu: aquellos bienaventurados –los de la buena ventura, tiene tela– a quienes pertenecerá el reino de los cielos. De ahí el razonamiento comprensible de que si hay una casta de listos a la que no corresponde la buenaventura del reino de los cielos, ellos, creyentes en su mayoría, aspiren al menos a conseguirla en la tierra.

Y ahí están. Enquistados. Como esas amebas que se multiplican silenciosamente en el organismo humano, sin hacer ruido y sin que se note demasiado… hasta que llega un análisis de laboratorio y resulta que el fiscal-jefe Anticorrupción, entre cuyas responsabilidades está la de perseguir a quien tenga una empresa off-shore en Panamá, tiene una empresa off-shore en Panamá.

En alguna medida, también tiene que ver con la evolución de la especie. Los expertos saben que algunas categorías de primates –sobre todo, el chimpancé común– apuntan a comportamientos claros tendentes al engaño, al robo y al chantaje. Todo para conseguir el mejor bocado, igual que ocurre en las junglas de los homo sapiens con cerebro más grande y complejo. O sea que, de seguir este hilo –totalmente acientífico, aviso–, todos los seres humanos podríamos caer en la corrupción aunque, al igual que sucede entre los simios –esto sí es ciencia–, hay grupos que desarrollan más que otros esta capacidad.

Así que cómo no vamos a entender la indignación y el lamento de una parlamentaria del PP tras el último episodio de corrupción española. «A dónde vamos a llegar…. A ver si ahora a un político hay que exigirle que sea pobre de solemnidad». La evolución natural es esto para algunos: La honradez ya no es cosa solo de pobres, hay que serlo pero, además, de solemnidad. Difícil rebasar esta alta cima de la miseria. Algunos ya han llegado. Y, aunque parezcan indignados, lo cierto es que se regodean como solo saben hacerlo los chimpancés. O las amebas, vaya usted a saber. Darwin diría que hemos evolucionado una barbaridad.

Photo AFP/Nelson Almeida. (Exposición Museo de Arte de Sao Paulo. Máscaras de denuncia de la corrupción política)

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