2017/03/19

El concurso del «Chicago Tribune»
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBENIZ
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L a Bienal de Arquitectura de Chicago abrirá su segunda edición en setiembre de este año, tras un estreno en 2015 con más de 50.000 visitantes. Las Bienales –que se han convertido en una suerte de mezcla entre evento urbano, momento de reflexión colectiva y día del orgullo– han ido proliferando, teniendo a la de Venecia como su cita más prestigiosa.

La mirada de hoy, no obstante, va dirigida a la ciudad estadounidense y a la relación que ésta ha tenido con la arquitectura, pero desde un prisma un tanto distinto. Hace 95 años Robert McCormick y Joseph Patterson, editores del “Chicago Tribune”, anunciaron la convocatoria de un concurso de ideas para el proyecto de construcción de la torre del diario. Así daba comienzo la historia de la competición de arquitectura más famosa de la historia, con permiso de la Ópera de Sydney, claro.

La vieja sede del “Tribune” fue destruida en 1871, apenas tres años después de su construcción. El gran incendio de Chicago arrasó 9 kilómetros cuadrados, dejando apenas media docena de edificios en pie en la zona central del desastre. La reconstrucción posterior, sin embargo, propició el inicio de un momento clave en la arquitectura estadounidense, tal y como sucedió tras el incendio de Londres en 1666; las viejas estructuras de madera, consideradas responsables del terrible incendio, fueron sustituidas por esqueletos de acero y piedra. En 1885 se construyó el primer rascacielos del mundo como símbolo de la reconstrucción de la ciudad.

Bien entrado el siglo XX, el texto que anunciaba el concurso afirmaba que el periódico buscaba crear «el edificio de oficinas más bello del mundo». Según algunas voces, los 100.000 dólares de la época que se destinaron a los premios fueron la campaña de publicidad mejor invertida de la historia, a deducir por la cantidad y calidad de las propuestas recibidas: las 263 propuestas de 23 países colocaron al “Chicago Tribune” a la cabeza de la intelectualidad mundial.

Tal vez si los editores del “Tribune” hubieran sabido del éxito que iban a alcanzar, no habrían sido tan cautos de elegir diez estudios de primer orden y encargarles un diseño, bajo el pago de 2.000 dolares a cada uno, para así asegurarse un nivel mínimo en la participación. Más tarde se comprobaría que esta cautela no habría sido necesaria; se recibieron propuestas de grandes arquitectos de la época, tanto de los Estados Unidos, como de discípulos del incipiente Movimiento Moderno Europeo.

Mucha variedad en el diseño. En esta liza entre el Viejo y el Nuevo Continente se encuentra, precisamente, el motivo por el cual este concurso ha trascendido en los libros de historia de la arquitectura. Y es que la propuesta ganadora, obra de los arquitectos neoyorquinos John Mead Howells y Raymond Hood, desbancó del primer puesto a la propuesta del finlandés Eliel Saarinen. Aunque la de Saarinen era dada por ganadora por los grandes críticos y arquitectos locales, como el mítico Louis Sullivan, quien declaró a Saarinen como su «heredero estilístico», a última hora el diseño de los americanos fue elegido como vencedor.

El trabajo ganador dibujaba un mundo viejo que moría, representado por el estilo neo-gótico de Head y Hood, y un nuevo mundo que nacía, encarnado por el nuevo lenguaje de Saarinen. Curiosamente, de los europeos que se presentaron Saarinen fue quien más acercó su diseño a un lenguaje más clásico, pero hubo planteamientos para todos los gustos: el mítico Adolf Loos presentó nada más y nada menos que un edificio con forma de columna dórica gigante; Walter Gropius, junto con Adolf Meyer, apostó por un ejercicio de estilo Bauhaus canónico, Heinrich Moosdorf, Hans Hahn y Bruno Busch diseñaron un ejercicio propio de los posmodernistas del siglo XX en un edificio con un busto gigante de un indio en alto…

El concurso llegó en un momento perfecto, con la técnica del acero y del ascensor suficientemente desarrolladas para conseguir una construcción de más de 100 metros de altura; con las vanguardias artísticas europeas deseosas de soltar amarras tras los cuatro años de Guerra Mundial, y con una generación de arquitectos americanos educados bajo las enseñanzas Beaux-Arts de Paris con ganas de conseguir un idioma arquitectónico netamente americano. Esta liza trazó parte de la historia de la arquitectura gracias a su amplitud de miras y la transparencia con la que se ejecutó.