2017/03/19

DAVID BROOKS
Increíble
Cuando el peor expresidente de los tiempos modernos empieza a criticar a Trump, las cosas están muy mal. Tan mal que solo los cómicos pueden atinar al descifrar este momento, donde todo y nada es, literalmente, increíble.

George W. Bush ha roto su silencio –interrumpiendo su nueva carrera de pintor de retratos de «héroes» estadounidenses– para criticar el ataque del presidente Donald Trump contra los medios de comunicación, advirtiéndole de que la prensa libre es vital para una democracia. Peter Wehner, principal estratega político de la Casa Blanca con George W. Bush, ha declarado también a “Washington Post” que «tenemos como presidente a un hombre errático, vengativo, volátil, obsesivo, un mentiroso crónico y dispuesto a creer en teorías de conspiración. Y uno puede esperar que habrá más por venir, ya que cuando personas como Trump tienen poder se vuelven menos, no más, prudentes».

Es decir, que veteranos de uno de los gobiernos más tramposos de EEUU, el mismo que detonó una de las guerras más largas de la historia del país basándose en la fabricación de pruebas y engaños, que torturó e hizo desaparecer a personas, que intimidó a los medios y permitió el fraude financiero más grande de la historia moderna, el que llevó al país al borde de otra gran depresión, de repente expresa su alarma, crítica y hasta defensa de «la democracia» ante Trump. Y eso preocupa aún más. Ex jefes de inteligencia, ex generales y almirantes, ex altos funcionarios del Gobierno de Bush y de otros ejecutivos republicanos han expresado su creciente alarma ante la utilización del puesto más poderoso del mundo por parte de Trump. A la vez, están filtrando tantos documentos y borradores confidenciales que se confirma la existencia de una amplia rebelión dentro del Gobierno permanente contra el nuevo jefe.

Pero no pocos observadores se preocupan a su vez de que la forma de gobernar de Trump alimente cada vez más la ya alta desconfianza existente en las llamadas «instituciones democráticas», incluidas las cúpulas políticas, el Congreso y los mass media. De hecho, algunos sospechan que esto forma parte de la estrategia de Trump y su gente, como lo fue en su campaña electoral: lograr que todo resulte increíble. Ante ello, se puede impulsar un desmantelamiento de casi todo y establecer una nueva dinámica de poder. El ejemplo más reciente: Trump acaba de acusar a su antecesor, Barack Obama, de impulsar una conspiración para hacer «descarrilar» a su Gobierno, lo que incluye haber ordenado en octubre la intervención de sus comunicaciones en su oficinas en la Trump Tower. No solo es un ataque posiblemente sin precedentes de un presidente a un ex presidente, sino que una acusación tan seria se ha hecho sin ninguna evidencia. Al parecer es tan extrema que el propio jefe de la FBI ha solicitado que el Departamento de Justicia declare públicamente que Trump está mintiendo.

Pero lo peor es que Trump podría tener razón, aunque no exactamente como él dice. Los portavoces y aliados de Obama –incluido su ex jefe de Inteligencia Nacional, James Clapper–, al rechazar la acusación, afirmaron que el presidente no tenía autoridad para ordenar tal investigación, que este tipo de indagaciones se llevan a cabo por medio del Departamento de Justicia o las agencias de inteligencia mediante orden judicial. Por lo tanto, afirmó uno de sus portavoces, «ni el presidente ni ningún funcionario de la Casa Blanca ordenaron nunca la vigilancia de ningún ciudadano estadounidense».

Pero las revelaciones de Edward Snowden sí confirmaron que el Gobierno espió las comunicaciones telefónicas y electrónicas de millones de ciudadanos estadounidenses durante el Gobierno de Obama. Más aún, quien mintió sobre eso fue nada menos que Clapper, quien en 2013 negó ante el Senado que la Agencia de Seguridad Nacional recaudaba datos sobre millones de personas, solo para que semanas después se difundiera el archivo masivo de Snowden que demostraba lo opuesto. Justificó esta mentira poco después afirmando que estaba en una situación en la que tenía que ofrecer una respuesta de «la manera menos no verídica» para evitar revelar datos de inteligencia, según él.

Pero todo es pura especulación, porque en todo esto no hay prueba alguna... al igual que como en tantas veces anteriores con Trump, en las que este ha acusado, exagerado o manipulado información, sea sobre la amenaza de los inmigrantes, el fraude electoral, la fabricación de «noticias falsas» por los medios, el número total de su voto electoral, la cantidad de gente que participó en la celebración de su toma de posesión, el cambio climático y muchos ejemplos más. Y cada vez que se presentan los hechos o se ofrecen las pruebas que demuestran sus invenciones, estas son ignoradas o descartadas.

Y más allá de estas cosas tan triviales, y en medio de una acusación en toda regla de un posible golpe contra su Gobierno, el «comandante en jefe» ha tenido para atacar, otra vez, al actor Arnold Schwarzenegger. Todo es increíble.