2017/05/14

MADELEINE PEYROUX
 
«La música me ha salvado la vida en más de una ocasión»
IÑAKI ZARATIEGI
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La intimista Madeleine Peyroux, nacida en Athens (Georgia) y crecida entre el sur de California, Brooklyn y París, tuvo un rutilante debut en el mundo de las cantantes de jazz y fue exageradamente comparada con Billie Holiday. Ha actuado ya exitosamente entre nosotros y regresa el miércoles 17 al Victoria Eugenia donostiarra con su octavo disco, “Secular Hymns”. Lo grabó en dos únicas fechas en una pequeña iglesia normanda del siglo XII, en el condado británico de Oxfordshire, dentro del exquisito espacio ajardinado Le Manoir, que regenta el renombrado chef francés Raymond Blanc.

Son de nuevo versiones de grandes autores: Willie Dixon, Lil Green, Sister Rosetta Tharpe, Allen Toussaint, Tom Waits, Townes Van Zandt, Linton Kwesi Johnson, el compositor del siglo XIX Stephen Foster… Le acompañaron Jon Herrington a la guitarra y Barak Moric al contrabajo, que también la arropan en directo. Veinte años largos después de “Dreamland”, la cantante norteamericana profundiza en su amable mezcla de funk, blues y jazz para canciones de diálogo y conciencia interiores e intención espiritual laica. Maddie confiesa a 7K su dura infancia con un padre alcohólico, reconoce el papel salvavidas de su madre y de la música, recuerda sus duros tiempos de cantante callejera con The Lost Wandering Blues & Jazz Band y subraya que uno de sus grandes motivos creativos es superar los límites de la ideología de género.

¿Qué le atrajo de la música para dedicarse a ella?

De niña a mí me hacía feliz porque vivía con un padre alcohólico y una madre que nos mantenía trabajando en un banco, le gustara o no. No podía soñar con grandes esperanzas y la música aliviaba la bestia salvaje, me quitaba de encima el increíble peso de este mundo. No pensé que podría dedicarme a ella, pero cuando pude juntarme con otros colegas y empezar a cantar en la calle me tiré de cabeza. Y cuando pude grabar un disco no lo pensé dos veces. Ahora cada concierto es un regalo. No sé si lo que hago (las canciones, los recitales…) es lo correcto, pero la música es algo tan bueno que es imposible desligarse de ella.

¿Fue su madre la que le introdujo en el oficio cantando juntas en casa?

Sí, nos cantaba desde la mañana, para levantarnos. Tocaba el ukelele y me compró mi primera guitarra. Su calidez y creatividad se expresaban cuando cantábamos juntas. Mi madre y yo teníamos las canciones. La música me ha salvado la vida en más de una ocasión. Los libros que había por casa me ayudaron de forma autodidacta, incluidos los musicales que me descubrieron los locos sonidos del jazz o los Beatles. Me dieron la oportunidad de intentar entender armonías más complejas que las de la música folk. Aunque después he comprobado que la mejor manera de aprender es viendo y oyendo a otros y practicando tú misma.

¿Aprendió mucho cantando en la calle?

Siempre hay buenos músicos callejeros que hacen un trabajo maravilloso y que te pueden atrapar, aunque en la mayoría de las ocasiones no sea así. Es muy difícil hacer música entre el sonido del tráfico o con un tren traqueteando detrás. Me solía deprimir bastante.

Más que instrumentista ha sido sobre todo cantante.

Lo primero que he sido desde siempre es cantante y tengo que reconocer que las letras son muy importantes cuando me meto en una canción. Mis «héroes compositores» han sido grandes letristas: Woody Guthrie, Leonard Cohen, Bob Dylan, Joni Mitchell, Carole King, Paul Simon, Peter Gabriel… Y cuando vi cantando a Tracy Chapman pensé que yo también podría hacerlo. Me promocionan como cantante de jazz, pero me siento más de blues, aunque nada hay ya puro, todo está mezclado.

Y ha escrito siempre poesía.

Me siento muy inspirada por la poesía, leyendo poemas de otras personas para que afloren canciones o escribiendo la mía propia. Escribo siempre, aunque muchos de esos poemas no vean la luz. Son una especie de diarios. Tengo reputación de melancólica, pero intento asegurarme de que haya algo de divertido en lo que hago. El poder de una canción es que la recordamos como una unidad entre texto y música. Si eres una cantante, al componer intentas sentir el texto, la idea, el estado de ánimo y las vibraciones de la melodía en todo tu cuerpo.

¿Qué canción ajena le hubiera gustado componer?

“Bird on The Wire”, de Leonard Cohen. Pero sé que nada existe sobre un vacío y que no estaríamos aquí sin Duke Ellington, Cole Porter, Fats Waller, Marvin Gaye, Stevie Wonder, Thelonious Monk o las tres B (Berlioz, Bach, Beethoven).

Tuvo una seria crisis tras el triunfo del primer disco. Se quedó sin voz.

Era demasiado pronto para aquello y me asusté. Apenas era una jovencita a la que le gustaba cantar y a la que le dieron la gran oportunidad de grabar algunas canciones. Nada te prepara para lo que pueda pasar después de eso. Piensas que sabes lo que podría suceder y crees que sabes que serás la misma persona, cueste lo que cueste. Pero de repente hay mucha presión sobre ti.

¿Cómo lleva la fama?

Es un estorbo necesario. No significa nada, vivimos en un mundo sensacionalista donde todas las personas se conocen por un millón de razones diferentes. Espero ser más «infame» que «famosa».

Pero parece disfrutar mucho en el escenario.

Es muy divertido y a la vez muy grande poder comunicarse con otros miembros de la banda y enviar un mensaje a la audiencia. Para eso estamos: para comunicar con el lenguaje de las canciones. En escena es donde estoy más cómoda, donde siento la magia, como si la música tuviera tres dimensiones y se pudiera sentir y oler. Ser capaz de hacer eso cada día es maravilloso. Entiendo el hecho de cantar como si fuera otro idioma. Cuando adquieres fluidez en un idioma y puedes ya pensar con él, puedes tomarte ciertas libertades porque puedes construir ideas, crear cosas en ese idioma y superar problemas. Cantar me libera de problemas.

En su primer disco abundaban las mujeres (Patsy Cline, Edith Piaf, Bessie Smith, Billie Holiday) y el segundo, por contra, fue más masculino: Dylan, Cohen, Hank Williams, Elliott Smith…

Qué interesante que diga eso, supongo que tiene razón. Me interesa mucho la identidad de género. Una de las canciones de las que más orgullosa me siento de haber escrito es “Our Lady of Pigalle”, sobre las vivencias de una mujer mayor. Y también canto una canción desde el punto de vista de una mujer a los treinta y tantos: “I’m Allright”, cuya letra fue casi enteramente escrita por dos hombres de 50 años, Larry Klein y Waler Becker. Cuando veo a grandes artistas que han hecho canciones como las de mi disco “Careless Love” creo que escriben desde un punto de vista más allá de la identidad de género. Es una de las cosas que me intrigan como vocalista. Me atrae el arte que transciende el género porque fomenta una visión del mundo más humanística. Pero me voy haciendo mayor y he comprendido que la trascendencia de una persona es otra forma de negación. Cuanto más difícil es algo más le tenemos que poner rostro y hablar de ello. Siempre creí que entendía esa lógica, pero ahora veo que es algo más profundo.

¿Es la cuestión de identidad de género algo muy complicado?

Sí, muy complicado. Por eso es más fácil intentar trascenderla para encontrar lo que es verdaderamente humano. Quizás si “Dreamland” fue un disco femenino y “Careless Love” masculino, “Secular Hymns” trata de no ser ninguno de los dos, o ambos. Está inspirado en el anonimato del sentimiento, el sonido de las voces que salen de la oscuridad hacia ti, como canciones de cuna o coros que suenan juntos incomprensiblemente, como el monólogo interno que todos hemos enterrado en nuestra mente.

¿Buscaba esas sensaciones cuando grabó este último disco en una iglesia?

Me sentí muy agradecida de descubrir esa iglesia. Incluimos una actuación gratuita para los vecinos y nos dijeron que habíamos llenado la sala de humanismo espiritual. Era un lugar oscuro lleno de sonido; yo imagino que cada gran sonido tiene su propia habitación. ¿Tenía aquello identidad de género? No lo sé. Lo siento si he hecho la inspiración para el sonido del disco más grandiosa de lo que es realmente. Solo quiero expresar las ideas que me encantan e inspiran. Y trascendiendo el género o abrazándolo completamente, siendo la misma cosa, me inspiran totalmente. Soy consciente de que no tengo forma de poder superar realmente mi propio género y de cómo afecta a mi pensamiento, a mi interpretación de la vida, así que no me es posible elegir género o decir que es de una u otra forma sino descubrir las identidades que hablan a través de cada canción. ¿Quién está hablando cuando en la canción de Leonard Cohen canto «Báilame hasta el final del amor», una mujer o un hombre? Como la canto yo, es más natural decirlo de la forma en que creo que una mujer lo diría. Pero cuando canto escucho la voz de Leonard, como lo hace el público, porque algunos conocen la original y la recuerdan simultáneamente. Su presencia está en esa letra para mí y para otros, y a ratos soy capaz de sentir que ambos cantamos juntos. A veces la audiencia tararea y hay varias personas cantando juntas. ¿Quién está hablando entonces? ¿Es un alma universal, el amante dentro de nosotros? Y la letra habla en primera persona, en voz imperativa; «báilame» es un imperativo. ¿Pero es una demanda, un mandato, una petición, una oración, una exclamación, un deseo no expresado? ¿Cómo lo puedes saber? Quizás lo sabrás si decides quién está realmente hablando.

¿En eso residiría la belleza de esa letra?

Sí. No te va a decir quién está hablando. Eso nos da una oportunidad para explorar nuestra identidad a lo largo de la canción. ¿Somos este, o aquel, o ninguno de los dos, o ambos? Por eso me encanta hacer lo que hago. Aprendo cada vez que canto esa canción y lo he hecho durante los últimos doce años en cada show.

¿A qué se refiere con el título de “Himnos profanos”? ¿Una espiritualidad no obligadamente religiosa?

La música ha sido nuestra vida espiritual. Así que creo que esas canciones son como himnos, himnos seculares, canciones que son muy individuales, personales, introvertidas. Cada canción es parte de mi viaje espiritual y siempre he sentido que las canciones de blues y folk que canto tienen un lado espiritual. Tuve que buscar la canción que conservo más profundamente en mi memoria, con la que he vivido cada día y creo que tendría que ser la vieja tonada tradicional de gospel “Trampin”.

Dice que ha sacrificado tener plantas, animales domésticos o niños por su arte.

El sacrificio implica algún tipo de pérdida y no sé si realmente he perdido esas cosas. Tuve perros y gatos y quizás incluso plantas antes de mi vida en la carretera. También he sido bendecida por tener maravillosos sobrinos y sobrinas con los que paso todo el tiempo que puedo. No me puedo quejar. Y no me refiero a quejarme cuando enumero las tres P en inglés de mis carencias («plants, pets, progeny»). Quizás pudiera crear una vida en el bus de las giras con un terrier Jack Russell, un par de gatos callejeros, algunas hiedras colgantes y un precioso niño al que criar. Es probablemente algo que se ha hecho muchas veces antes. Tal vez iniciar una vivencia en una furgoneta Wolksvagen en medio de un bosque. Pero tengo algunos compromisos previos que cumplir antes de poder hacer eso. La suerte me sigue acompañando. Porque si me invitan a ir a lugares, no importa lo lejos, extraños, maravillosos y difíciles que sean, para participar en la humanidad de la música, no parece adecuado negarme. Mientras me inviten voy a seguir adelante.

«Me interesa mucho la identidad de género. Me atrae el arte que la trasciende porque fomenta una visión del mundo más humanística»