2017/11/12

La isla de la tierra roja
IBAI GANDIAGA PÉREZ DE ALBENIZ
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Puede la arquitectura traer de vuelta una época de bonanza a una ciudad con un pasado próspero pero con un presente pobre? ¿Puede la arquitectura salvarnos de un conflicto? Lógicamente, la respuesta es no, pese a los grandes titulares propagandísticos de promotores, políticos y arquitectos. Los edificios son consecuencias, no causas. Pero, precisamente por el hecho de ser causas, es por lo cual su estudio es necesario. Estudiar un edificio nos explica qué está pasando, o qué pasó. Viajemos, pues, hasta el punto donde confluyen el Golfo Pérsico y el de Omán para sumergirnos en la historia de la isla de Ormuz, en Irán.

El primer edificio es, en realidad, un grupo de dos, que se colocan uno junto al otro. Al echar la mirada sobre ellos, con un mar turquesa de fondo, podremos ver que el más cercano a nosotros se reduce a un amasijo de sillares de piedra roja colocados uno encima de otro, tomando la forma de lo que otrora sería un fuerte del imperio portugués, establecido en el periodo de exploración lusa durante las primeras décadas del siglo XVI.

Detrás del antiguo fuerte, aparecen unas vigas inclinadas, de un oxidado acero rojo que parecen fundirse con la piedra roja de los muros, y que sujetan la cubierta de una pequeña nave industrial. En esa nave se apila uno de los pocos recursos naturales disponibles en la isla: la tierra roja de Ormuz, llena de óxidos, tierra volcánica y roca sedimentaria.

Ese tono rojo es el que, por motivos lógicos, eligieron los arquitectos iraníes de ZAV Architects para cubrir el edificio que diseñaron para la isla de Ormuz. Su silueta aparece ante nosotros como dos esferas unidas por un graderío intermedio.

El graderío aparece tan estirado, sus líneas son tan delicadas, que parece como si las esferas hubieran sido en principio una sola y que una mano gigantesca la hubiera separado en dos como si de un chicle se tratara.

Los arquitectos lo llamaron “Rong”, vocablo que se relaciona con el espacio de encuentro, y no como casualidad; el edificio está pensado para dar servicio a los turistas que llegan a la isla, y se ubica frente a la dársena del puerto de Ormuz. La isla se ha convertido en un lugar obligado para campistas e iraníes de nuevos gustos, que acuden a contemplar las maravillas geológicas de la isla roja y sus playas desiertas. El edificio quiso realizarse con medios y personal local. La isla de Ormuz es precaria en lo más básico, e incluso el suministro de agua potable depende del continente. Se pensó, por tanto, en utilizar el sistema de sacos de arena. El sistema era tremendamente sencillo: rellenaban sacos de lona con tierra local e iban colocándolos en círculos concéntricos, a la manera de los iglúes. Para cerrar el techo de las dos cúpulas, utilizaron pequeñas vigas de metal, que recubrieron con cemento. Entre esas dos cúpulas crearon un lugar para resguardarse del tremendo calor del verano persa y unas gradas para poder ver el anochecer sobre el mar.

El edificio cuenta con un bar, una zona de atención turística y alquiler de bicicletas, y poco más. Sin embargo, para su consecución los arquitectos realizaron varias sesiones participativas con los habitantes de la isla, conociendo sus necesidades y adaptando el diseño al máximo.

El motivo de esa preocupación para hacer partícipes a los habitantes de Ozmuz se explica en el tercer edificio. Este aparece como un amasijo de hierros retorcidos sobre un montón de cenizas. El antiguo bar, propiedad del marchante de arte, filántropo y productor cinematográfico Ehsan Rasoulof, fue quemado, presuntamente, por los propios habitantes de Ormuz en 2015. Aunque las razones de tal incendio no han trascendido, ese mismo año Rasoulof produjo y estrenó “The colour of soil”, un documental en torno a un proyecto artístico sobre un grupo de artistas que crean una gran alfombra de tierra en la isla de Ormuz, haciendo frente a las críticas de los lugareños por el uso que se le daba a la tierra roja en el proyecto.

Consciente del error de no haber hecho partícipes a los habitantes en su intervención en la isla, Rasoulof contrató a ZAV Architects y les emplazó a que realizasen un edificio que respondiera a las necesidades de los lugareños y a que utilizasen medios y personal locales. De ese modo, se cierra el círculo entre los tres edificios: el pasado (el fuerte portugués), el presente (el amasijo de hierros calcinados) y el futuro (el edificio Rong). En la mente de todos, la recuperación a través del turismo de la cual el edificio es consecuencia.