2017/12/03

Utopía plástica
IñIGO GARCIA ODIAGA
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En 1969, Hans Hollein diseñó y construyó la “Mobiles Büro”, una oficina portátil, un espacio productivo extremo e individualizado para el trabajador del futuro. El proyecto era engañosamente sencillo: una burbuja plástica inflada que protegía al usuario de los elementos. La estructura era transparente y gracias a su espacio limitado permitía, una vez desinflada, ser transportada allí donde fuera necesario. Hollein mostró su oficina en la pista de un pequeño aeródromo, mientras él continuaba trabajando desde el interior de su mundo reducido a una burbuja. Pero al mismo tiempo, él podía establecer contacto con el exterior, visualmente gracias a la transparencia total de la oficina, y verbalmente, incluso a gran distancia, gracias al teléfono y a la línea de fax. Un hábitat individual mantenido con unos pocos recursos tecnológicos, un ventilador que insuflaba aire filtrado de forma constante y una línea telefónica. Una estructura lastrada y estable gracias al peso propio de su ocupante, que la mantenía pegada al suelo impidiendo además la salida del aire. La arquitectura masiva de las plantas industriales se convertía en irrelevante frente al poder argumental del manifiesto de Hollein, que construyó un artefacto etéreo a escala humana.

El proyecto ofrecía un espacio de trabajo a las personas que no quisieran o necesitasen estar constreñidas al espacio oscuro y alienante de un despacho. Su oficina móvil exploraba los modelos de vida, que son una cuestión central para repensar desde una óptica compleja la reorganización del trabajo. El plástico se había convertido así en un material redentor, capaz de ofrecer al hombre un mundo nuevo.

Tres años más tarde el colectivo Haus Rucker construyó, en la misma línea argumental, la pieza “Oasis Nº7”, una instalación en el contexto de la Documenta 5 de Kassel (Alemania). Una esfera transparente de 8 metros de diámetro volaba desde uno de los ventanales del palacio Friedericianum, reconvertido en museo. Una pasarela de ligeros tubos de acero estándar permitía acceder a la esfera, abandonando el oscuro palacio, a través de la ventana. Se fijó un anillo de acero tubular a esa pasarela, a una pequeña distancia de la fachada, para dar soporte externo a la lámina de PVC que formaba la burbuja exterior. Dos pequeñas palmeras flotantes sobre la calle construían un espacio surrealista, una utopía, en ese balcón que abría la arquitectura en canal para disfrutar del sol y del exterior, y llevar al frío invierno alemán un pequeño espacio caribeño.

Estos planteamientos representan los “movimientos contraculturales”, término acuñado por Theodore Roszak, surgidos para intentar explicar las ansias de cambio de una parte de la sociedad que buscaba repensar los valores, tendencias y formas sociales establecidas, como el movimiento hippie o el punk.

En un homenaje a aquella intervención, el “Oasis Nº 8” de Markus Jeschaunig ha recuperado esos ideales y esa postura de crítica social, centrándola ahora en el que parece sin duda el gran problema actual, el cambio climático. Estadísticamente, el plátano es la fruta más popular en varios países europeos y está disponible en los supermercados durante todo el año. Para disfrutar de los plátanos y otras frutas tropicales, en Europa se requiere un alto nivel de energía y logística mundial. Cosechadas mientras todavía está verde, las frutas se envían desde países exportadores con climas subtropicales a Europa. Esta es una buena muestra de nuestra forma irracional de consumo y de nuestra huella ecológica actual, que requiere 1,5 Tierras para satisfacer las demandas de nuestra sociedad.

La instalación, construida en el año 2015, está situada en un espacio baldío en la ciudad de Graz, sobre la cubierta de un pequeño inmueble que ocupa una planta baja entre dos medianeras de desigual altura. Como una arquitectura parasitaria, una burbuja de EFTE crece sobre esa cubierta, protegida por los dos edificios laterales. Gracias al efecto invernadero que genera y a un sistema de calor recuperado, en el interior la temperatura nunca desciende de los 12 grados durante el invierno, umbral mínimo requerido por las plantas tropicales. La temperatura se mantiene gracias a un sistema alimentado por el calor residual de las unidades de refrigeración de una pizzería y una panadería. Esto crea un microclima tropical para cultivar plantas de plátano, piña y papaya. Los voluntarios de “Bananahood” se preocupan por las plantas y controlan el sistema técnico a través de un teléfono inteligente. A fines del verano de 2016 se cosecharon y degustaron las primeras frutas de papaya y plátano. Una acción exitosa, colaborativa, multidisciplinar e híbrida. Lo más curioso de la propuesta es que, en lugar de confiar en la energía de alta calidad suministrada por las grandes compañías, “Oasis Nº8”, cosecha la suya propia, transformando la energía residual de los locales comerciales contiguos. Más allá de su carácter de manifiesto utópico, la realidad es que el proyecto forma parte de una investigación dentro de la beca Margarethe Schütte-Lihotzky del Ministerio de Cultura de Austria, lo que convierte la intervención en un prototipo.

Aquella acción contracultural y transgresora que veía en la membrana plástica la capacidad utópica de transformar el mundo, se convierte ahora en algo tangible, en un elemento para el uso de las fuentes de energía locales residuales y la producción de alimentos en asentamientos urbanos.