Paco Letamendia
Profesor de la UPV
GAURKOA

Partidos, listas comunes...

Valía la pena firmar la petición de una lista común de izquierda vasca emancipadora para las elecciones generales de diciembre, pese a tener la casi total seguridad de que de no sería viable: porque los partidos de Estado operantes en Euskal Heria recelarían de la izquierda abertzale, el partido más fuerte y aquél que habría atraído sobre ellos la indecente acusación de medios y partidos del sistema de haberse aliado con los «terroristas».

Y valía la pena firmarla, no sólo por los impecables tres puntos del programa, –fin de la involución social, CAV y Nafarroa como sujetos de decisión, consolidación de la paz–, sino porque la configuración y la filosofía subyacente al proyecto, que hacen de la cuestión electoral algo secundario, tiene referentes y un recorrido potencial.

Si han emergido en ciudades como Madrid y Barcelona, y en naciones como Catalunya, listas comunes que incluyen activistas de movimientos sociales e intelectuales, no es por casualidad; ello tiene que ver con la inadecuación creciente de los partidos a la situación actual debido al derrumbe de los poderes constituidos y a la desaparición de la soberanía por arriba.

Los partidos: retengo una definición polítológica de los mismos, cínica pero veraz (hago abstracción aquí de la diferencia, muy real, entre partidos del sistema y partidos emancipadores): los partidos son organizaciones que se proponen colocar a sus candidatos en puestos de gobierno. Este objetivo necesita optimizar el factor interno de una organización cohesionada y potente; el factor externo es el éxito en la competición con los demás partidos por conseguir el bien escaso que es el poder. De ahí derivan dos rasgos inquietantes que acompañan a todos los partidos, sean emancipadores o del sistema:

–la «preferencia de grupo», rasgo interno: los partidos antepondrán siempre un militante a un no militante, y entre los militantes, al más leal al grupo y al más eficaz.

–la polarización amigo-enemigo, rasgo externo y consecuencia ineluctable de su carácter competitivo; basta con seguir los discursos y actividades de todos los partidos en las campañas electorales para verlo en acción.

Hay quien añade a estos dos rasgos un tercero, el de la corrupción; pero se equivoca. La corrupción es un elemento de criminalidad que penetra en los partidos desde fuera, favorecido por ciertas circunstancias: disponer de poder en puestos de gobierno donde pueda obtenerse un lucro económico y, sobre todo, una gran diferencia entre los representantes (los militantes que han accedido a los puestos de gobierno) y los representados (los votantes). Cuanto más distantes estén representantes y representados, más corrupción habrá; en cambio, si unos y otros comparten status y modos de vida, si representantes y representados son indistinguibles, no habrá corrupción, o apenas. Por ello esta afecta muy especialmente a los partidos del sistema, muy próximos a los poderes económicos

Los poderes constituidos: el estado, como cima de todos ellos, es el depositario teórico de la soberanía. Pero la fase actual de la financiarización capitalista, con su exigencia de supeditación total a los mercados, le ha dado muerte (aunque sea un muerto que goza como Drácula de buena salud en su función represora). La soberanía del estado es hoy una entelequia fantasmal, lo que vale para todos los niveles de gobierno, incluyendo los regionales. A los partidos aspirantes a formar parte del estado y demás entes políticos, en la medida en que ellos mismos son potencialmente poder constituido, les afecta también la desaparición de la soberanía por arriba. Ello es sobre todo visible en los partidos del sistema, sometidos en Europa a fuerte erosión desde 2007-2008.

El poder constituyente: parafraseando al Marx de mediados del siglo XIX, un fantasma recorre Europa en estos años, el de las protestas de los movimientos sociales emancipadores, rebeldes contra los poderes constituidos. En ellos reside la única soberanía, que es ya solo soberanía desde abajo. Se da así la paradoja de que los más desamparados y desprovistos de poder son el único poder constituyente: los jóvenes, los viejos, los parados, las amas de casa, todos cuantos viven en la actual miseria económica y humana, las mujeres que se yerguen contra la dominación patriarcal, los trabajadores que ocupan el local de las empresas destinadas a la deslocalización, los condenados de la tierra, que son hoy los inmigrantes y los refugiados. Allá donde existe opresión nacional, el poder constituyente y la soberanía residen en los que exigen su derecho a decidir, en los que claman contra el ensañamiento que se abate sobre presos y exiliados, en los que reivindican una nación multicultural y diversa.

Los movimientos sociales: Son ellos los titulares de la soberanía por abajo, los que con su exigencia de decidir en todos los ámbitos impiden a los partidos emancipadores que dejen de serlo, forzándoles a convertirse en traductores políticos y transmisores hacia arriba de su poder constituyente (lo que quiere decir que los partidos no sobran, todo lo contrario), los que pueden generar, al ser su radio de acción más amplio que el de los partidos, un ensanchamiento de los límites de la soberanía en acción. ¿Pasa ello por la formación de listas electorales comunes? Puede ser, y así ha ocurrido en Catalunya, pero no necesariamente. Lo que sí exige es la unidad de acción, una unidad de acción que puede estar orientada a la formación de grandes frentes.

Los frentes: En Euskal Herria, por ejemplo, pueden visualizarse tres proyectos de unidad de acción con su correspondiente formación de frentes, cuyos repertorios de acción y horizontes electorales tienen distintos dibujos. Uno es el Frente de Izquierdas, o frente amplio: a este se dirigía el llamamiento de julio, con el horizonte de las elecciones generales de diciembre. Otro es el Frente Nacional, cuyos potenciales participantes serían cuantos reivindican el derecho nacional a decidir, por tanto las fuerzas nacionalistas vascas, con abstracción de que hoy estén distanciadas en su estrategia. Un tercero es el Frente por la Resolución del Conflicto, o si se quiere por la paz y la convivencia, en el que, para ser operativo, deben participar todos los actores políticos sin excepción.

La interacción entre estos tres frentes es compleja y proteica, con elementos comunes y otros no coincidentes. Las dificultades son enormes, pero no insalvables. En dos de estos ámbitos, el nacional y el de la resolución de conflictos, se han escuchado estos días reflexiones de personas autorizadas que hay que seguir con respeto y atención.

Los intelectuales: son una pieza modesta, pero necesaria para engrasar los distintos mecanismos y contrarrestar –junto a los movimientos sociales– las tendencias centrífugas de los partidos susceptibles de dificultar las distintas unidades de acción. ¿Quiénes son intelectuales? Muy mayoritariamente, los trabajadores que prestan los servicios de docencia e investigación a cambio del salario recibido de sus patrones, los distintos niveles de gobierno. (Tienen también otros orígenes. ¿Quién podría negar la condición de intelectual vasco, por ejemplo, a un Oteiza o a un Mikel Laboa?). Trabajan por imperativo profesional en el universo de las ideas, lo que pueden hacer al servicio del sistema –frecuentemente– o de la emancipación. Estos últimos pueden fortalecer la unidad de acción y contribuir a la coherencia de los frentes colaborando con los movimientos sociales y compensando con su discurso teórico el partidismo y cortoplacismo inherente a los partidos (no siempre, y no todos: en el nacionalismo vasco, al menos dos políticos, Juan José Ibarretxe y Arnaldo Otegi, tienen visión de águila). Esa es la función de los intelectuales, más que participar en listas electorales (lo que es perfectamente legítimo, tan legítimo como declinar hacerlo).

El manifiesto de julio contenía en filigrana el dibujo de una nueva relación entre partidos emancipadores, movimientos sociales, e intelectuales, la relación que exigen los años de piedra que nos toca vivir. Y esto es válido, y va más allá, mucho más allá, de la petición concreta que en él se hacía. Se impone, pues, perseverar en el espíritu que lo animaba.