2017/03/21

Erreportajea
CONMEMORACIÓN DEL NEWROZ KURDO
Historias de la represión turca en Kurdistán

La purga de voces contrarias al Ejecutivo está afectando a la sociedad kurda. El miedo, reflejado en las escasas protestas que siguieron a la detención de diputados kurdos, está atrapando a la sociedad. Pese a ello, aún quedan núcleos de inquebrantable resistencia.

M. FERNÁNDEZ
0321_eg_kurdo2

Cuando una injusticia ocurre en Kurdistán Norte, Emrullah Kaya no puede contenerse y aparece por el lugar en el que haya que defender los derechos de los kurdos. Es su costumbre, incubada incluso antes de nacer hace 24 años. Desde la fallida asonada, cuando la represión sobre el pueblo kurdo se extendió a las voces turcas contrarias a Recep Tayyip Erdogan, la situación no ha dejado de deteriorarse en Anatolia y aún más en Kurdistán. «Profesores, políticos, abogados, estudiantes... todos los que no están con él sufren injusticia y nadie puede quejarse por el miedo», asegura. Cercano al movimiento kurdo, estoico ante la política del miedo del Partido Justicia y Desarrollo (AKP), Kaya ha seguido saliendo a la calle por «una mejor democracia». Por eso ahora tiene una causa legal abierta por «no rendirse ante la deriva autoritaria islamista», bromea para a continuación prometer seguir en la calle. «Volveré hasta que tengamos nuestros derechos».

Criado en una familia conservadora, Kaya es agnóstico. Antes de nacer, como resultado de la política de tierra quemada de los años 90, su familia abandonó su aldea en la región de Solhan. Como muchas otras, partieron en busca de oportunidades a Bingöl, una ciudad que dirime su particular batalla entre la asimilación del Estado iniciada en 1925 y las raíces kurdas. «Perdieron su vida y sufrieron problemas de adaptación al nuevo entorno. No sabían turco y no podían encontrar trabajo. Esto me empujó desde niño a ser contrario al Estado», relata.

En su juventud, acudió a decenas de protestas reprimidas con gas, que a veces acababan en munición letal. Como nada cambiaba, ni siquiera en los tiempos de paz relativa, su indignación no dejó de crecer. La escasa diferencia entre la paz y la guerra la comprendería años más tarde, en la Universidad de Tunceli. Allí, como estudiante de Lengua y Literatura zaza, contradijo la versión estatal sobre las raíces de esta lengua en peligro de extinción. Le costó un mes de suspensión en 2014. «La agresión del Estado no es solo física», apunta.

El miedo en las calles

Hastiado, abandonó sus estudios por discrepancias en la evolución histórica de esta lengua, considerada por los kurdos como el kurmaji original y por el Estado como una lengua en sí. Un año más tarde, retomó los mismos estudios, aunque esta vez en la Universidad de Bingöl. Volvió a escuchar la misma versión estatal, pero decidió continuar.

Entre clases y protestas, llegó el 4 de noviembre. Ese día, una decena de diputados del Partido Democrático de los Pueblos (HDP) fueron detenidos, incluidos sus colíderes, y Kaya se plantó junto a un centenar de manifestantes en la principal vía de Bingöl. «Teníamos que reaccionar y estar con ellos». La Policía cargó. Kaya fue arrastrado, golpeado y, finalmente, detenido. Lo muestra en un vídeo grabado por un amigo. Horas más tarde, fue liberado. Semanas después, le notificaron la apertura de dos investigaciones en su contra, una de ellas de la Universidad de Bingöl.

La situación del movimiento kurdo es preocupante. En noviembre, el mundo asistió a los arrestos de políticos kurdos. Pero desde el colapso del proceso de diálogo con el PKK, en julio de 2015, los representantes kurdos ya estaban entrando en la cárcel. Según datos del HDP, 4.446 personas relacionadas con el partido han sido arrestadas, entre ellas 83 coalcades, puestos que han sido ocupados por políticos enviados por el AKP. Figen Yüksekdag ha perdido su acta de diputada. A Selahattin Demirtas, los fiscales le piden más de 100 años de cárcel por más de 70 causas. En una de las sentencias, por un discurso pronunciado en Dogubeyazit en marzo de 2016, ha sido condenado a cinco meses de prisión por «humillar al pueblo turco, la República y el Parlamento» al usar el término «Gobierno del terror».

En Silopi, después de que el Ejército arrasase la ciudad, aprecié el terror que genera la represión estatal. Según el recuento de Crisis Group, más de 2.500 personas han fallecido en las ciudades de las barricadas, incluidos 385 civiles. Tras el golpe de Estado, el miedo ahoga a todo el país. Por eso, el día de las detenciones de los diputados del HDP apenas se vieron protestas. En Bingöl había un centenar de personas, cuando lo normal hubiera sido un millar. En Diyarbakir sucedió lo mismo. «Había menos gente. El Estado te deja sin trabajo, te arresta, te tortura e incluso te mata. Por eso, la gente tiene miedo», sostiene Kaya. «Los estudiantes y sus familias no han podido luchar por nuestra situación. Cuando Trump prohibió a los musulmanes ir a EEUU, rápidamente salieron a protestar cristianos y judíos. Aquí, aun siendo víctimas, la gente no ha podido salir por nosotros porque tiene miedo a Erdogan y a sufrir los mismos problemas que nosotros sufrimos», explica Nihat Aksoy, profesor despedido por uno de los decretos de Erdogan. «Los kurdos no han salido a las calles. Esto demuestra la intimidación y el miedo que sufren», indicó a GARA en enero Emma Sinclair-Webb, directora de HRW en Turquía.

El Estado turco está llevando a cabo una limpieza sin precedentes enfocada a crear un país de «leales y delatores». Políticos de la primera etapa del AKP han comparado la actual represión con la que continuó al golpe de Estado de Kenan Evren.

En Kurdistán, en donde los ayuntamientos ocupados parecen cárceles con alambres de púas sobre altos muros de hormigón, la coacción varía de una región a otra debido a los intereses políticos y las dinámicas sociales. Por ejemplo, en Diyarbakir el Estado está evitando la venta de tabaco de contrabando y la presencia policial es perturbadora. Y en Mardin, donde los clanes tienen mayor influencia, no se fuerza al pueblo igual porque de cara al referéndum del próximo mes la carrera por el voto kurdo de los clanes es esencial para los objetivos de Erdogan.

Por eso, quienes no tienen un perfil que pueda absorber el AKP o tienen demasiada relación con el movimiento kurdo, están siendo apartados. Este es el caso de Nihat Aksoy, de 43 años y padre de tres hijos. El 29 de octubre fue apartado de sus labores de docente por ser sospechoso de apoyar el «terrorismo». ¿Qué organización? «No especifican, pero ahora con la excusa de la asonada hay 100.000 personas condenadas», responde. Nihat intuye el porqué: «Por ser parte del movimiento kurdo, por ser activo en la lucha democrática, por las cosas que he compartido en las redes sociales».

Purgas en el sistema educativo

Recuerda que trabajó en Egitim-Sen, un sindicato educativo cercano a la causa kurda, y presidió una sede local de IHD, organización de derechos humanos ligada al espectro político kurdo. En los tiempos que corren, este currículum es más que suficiente para ser visto por el AKP como un potencial peligro para la «Nueva Turquía».

Los decretos del AKP han apartado de sus funciones a más de 120.000 personas y más de 40.000 permanecen arrestadas. La purga, que no se detiene en los gülenistas, se ha cebado con el sector educativo, principal fuente de ingresos y captación de Fethullah Gülen, acusado por el AKP de dirigir la fallida asonada. Y los kurdos, que consideran la educación un pilar para evitar la asimilación, están viendo cómo se derrumban todos los esfuerzos destinados a construir una estructura educativa paralela. Antes del golpe de Estado, funcionaba con cientos de organizaciones, pero ahora muchas han sido cerradas. Y los profesores son despedidos.

Gracias a la ayuda de un familiar que le ha prestado 4.000 libras, Nihat Aksoy ha abierto un negocio con productos tradicionales de Bingöl: miel, quesos y carne de cordero que los locales degustan en el desayuno. Su situación no es crítica, ya que cuenta con una holgada situación familiar. Otros, sin esos recursos, sufren más. «Nuestra moral se ha echado a perder. Al menos tengo el negocio, voy y vengo, y eso es bueno para mi bienestar emocional. Pero otros están mucho peor, sin trabajo, sentados en casa sin hacer nada. Eso te mina la moral», resalta.

La radicalización del conflicto kurdo está provocando un aumento de los jóvenes que se unen al Estado o al PKK. «Por mi experiencia, el Estado nunca sellará la paz con los kurdos y, a la primera oportunidad, seguirá masacrándonos. La presión y la guerra son el destino de esta geografía. Muchos amigos han perdido su vida, muchas familias han perdido sus casas. Además en el oeste de Turquía nos miran con odio. La única solución es una autonomía o la independencia. La decepción de la gente puede que ahora no se escuche, pero mañana puede llegar a explotar», remarca Kaya.

Aksoy, en cambio, asegura que «hay que continuar con la lucha democrática. A los kurdos nunca se les acaba la esperanza».