2017/04/19

Maite UBIRIA
La sonrisa comunicativa da réditos a la Francia Insumisa

Una campaña loca y una sensata renovación han abierto puertas a la Francia Insumisa de Jean-Luc Mélenchon. El tribuno rojo sueña con un 23 de Abril que no ejerza de guillotina para la izquierda.

Mélenchon cuenta con superar el traumade 2012, cuando lasurnas desinflaron elsuflé que le hizo tocarel cielo en campaña

El aspirante de la Francia Insumisa ha desplegado toda su magia en esta contienda electoral. Ha ejercido de ilusionista avanzado, con su holograma, que le permitía ayer mismo asomarse desde un efervescente mitin en Dijon hacia otras cinco plazas hexagonales y una más en ultramar. La que algunos gurús de la comunicación presentaron como la ocurrencia de un candidato sin opciones, es un muy eficaz mecanismo de divulgación política. Algo esencial en una carrera electoral que no conjuga, precisamente, con igualdad. De ahí que el equipo de comunicación del candidato de la Francia Insumisa ideara los medios que le permitieran hacerse presente, al menos esporádicamente, en la pugna presidencial, aun a sabiendas de que a continuación debería retornar a la zona de marginalidad.

Ese era el plan oficial. Hasta que la campaña perdió definitivamente los estribos para convertirse en una carrera en que ya nada está claro: ni el jinete ganador ni el orden de llegada de los alazanes.

Primero cayó al suelo la primera certidumbre, la que regía oficialmente desde la primaria de la derecha. Esa que daba por seguro un duelo entre François Fillon y Marine Le Pen, del que saldría victorioso el aspirante «neocon» en la segunda manga. El «Penelopegate» hizo saltar por los aires los planes de victoria fácil para los conservadores y, entonces, el sistema, al menos el demoscópico, sirvió un cruce de recambio: un mano a mano entre Emmanuel Macron y la dama de la ultraderecha, en el que la banca ganaría de nuevo, de la mano de un candidato modestamente reformista. Ese segundo duelo tiene bastantes posibilidades, pero no es ni mucho menos seguro.

Antes de que todo se tambaleara, la máxima aspiración de Mélenchon se limitaba a ganar la partida ante Benoît Hamon, el candidato de ese Partido Socialista del que se marchó enfurruñado y con una promesa en los labios que una década después sigue siendo una entelequia: crear un gran movimiento dispuesto a actuar sin vacilaciones frente a las políticas de la derecha.

Las relaciones difíciles con el PCF y la experiencia agridulce del Front de Gauche han llevado a este experimentado político a transitar con más pena que gloria por los años duros del sarkozysmo y, luego, durante la mayor parte del desilusionante mandato de François Hollande. Sin embargo, el ocaso del hollandismo,y el irremediable cisma del PS dibujaron una ventana de oportunidad que Mélen- chon ha sabido entreabrir. Ello a costa de registrar su enésima marca, la Francia Insumisa, que gira en torno a la figura de un líder militante que hoy se reinventa con formas y soportes de comunicación que refrescan su figura y hacen audible su propuesta política.

En dos grandes debates televisivos, Mélenchon superaba, primero a Hamon, y luego a Fillon. Pero eso es solamente magia catódica. De ahí que el aspirante insumiso haría bien en tentarse la ropa ante esas encuestas a las que hasta hace poco se refería en sus mítines como «el horóscopo». El discurso del voto útil, que tanto ha denigrado este republicano recalcitrante y ferviente abanderado jacobino, se convertirá en los próximos días en su mejor talismán. Que esa sea la mayor contradicción que le toque cabalgar, replicarán sus partidarios.

Efectivamente, para llegar a donde hoy está JLM ha debido adaptar su oferta –especialmente reveladora es su evolución hacia el campo no nuclear – en múltiples cuestiones. Tiene una tarea pendiente: despojarse de esa capa de impermeabilidad que le impide impregnarse de valores de diversidad y que le sitúa sistemáticamente en el lado equivocado cuando se trata de abordar procesos de reconocimiento de naciones y culturas que cohabitan en el Hexágono.

Un candidato que aboga por una revolución democrática no debería conformarse con renovar algunas ideas, cuando está en su mano superar todos sus viejos prejuicios.