2017/05/19

No es un adiós, es un gracias

Eli Ibarra, Iraia Iturregi e Irune Murua protagonizan una emotiva despedida, «orgullosas» de haber vestido de rojiblancas tantos años.

Joseba VIVANCO
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«¡Me la van a matar!», repetía contenido su aita cada vez que su hija se las tenía que ver a sus 13 o 14 años con jugadoras que, algunas, le doblaban en edad. Él quería que practicara el balonmano, «más de chicas», aunque casi sin quererlo le inoculó no solo su propia pasión por el fútbol sino también el amor por dos colores, el rojo y el blanco, por muy guipuzcoanos que fueran. Ella se fijaba por entonces en Julen Guerrero, embrión del futbolista mediático que estaba por desnaturalizar el fútbol. No había referencias femeninas en las que reflejarse o emular. Y, de buenas a primeras, el sueño se hizo carne, allí estaba ella, de aquellas camisetas de talla ‘súpergrande’ del Eibartarrak a la tienda del Athletic en el viejo San Mamés en donde le tomaban la talla. Han transcurrido 15 años y ha llegado el inexorable epílogo de la despedida. El que Eli Ibarra nunca soñó de pequeña que llegaría y ayer, entre lágrimas de quien se aferra a un imposible, no quería pensar que acabaría por llegar. Más duro incluso que las derrotas, que las finales perdidas. El día que se cierra un ciclo no solo deportivo sino vital. El del hasta siempre.

La manada se queda huérfana. Eli Ibarra (15 temporadas y 442 partidos), Iraia Iturregi (15 y 400), Irune Murua (14 y 313) serán en breve historia del Athletic. Son. Lo harán sobre el césped, ahí donde se cumplen las fantasías, las que ellas tuvieron y las que sembraron tras de sí estos años. Decir Athletic femenino y sus nombres debería ir en la misma frase. En el caso de las dos más veteranas, presentes en el nacimiento del equipo allá en el año 2002. En el caso de la primera, la única en levantar las cinco ligas. Sus títulos son los del club. Se van, pero no es tanto lo que llevan como lo que dejan.

Sonrisas y lágrimas. Así ha sido el devenir del equipo femenino en estos quince años. «Hemos sufrido y hemos disfrutado a partes iguales», resumió la capitana Iraia. Contuvo las lágrimas hasta donde la emoción le embargó, en su adiós, ayer, en Lezama, flanqueda por sus dos compañeras, arropada por esa cuadrilla con mayúsculas que es el plantel de las chicas, desde el primer equipo al filial. Eli, Iraia, Irune son hoy para tantas y tantas pequeñas esas Julen Guerrero de antaño. «Es algo impresionante que me conozcan por la calle y me saluden», se sinceraba Ibarra, ejemplo de que en el balompié femenino sigue todavía latente ese fútbol de andar por casa, de a pie de campo, ese fútbol sin abalorios ni intermediarios, ese otro fútbol en el que siempre habrá un hombro sobre el que llorar y una carcajada que compartir. Como ayer en Lezama. Arropadas en las lágrimas y hasta contagiadas algunas de sus compañeras, manteadas entre bromas luego sobre la hierba del campo de entrenamiento.

Irune Murua no dijo nada. Ensimismada, ojos inundados, nariz humedecida por la moquina, lo sufrió en silencio. Imposible articular nada más allá de un esbozo de sonrisa a una pregunta sin acuse de recibo. A su lado Iraia, entera en su despedida hasta que la emoción le traicionó. La suya ha sido una decisión meditada, una transición dulce, tomada un año atrás, «con el broche de oro» de la Liga y presencia en toda una Champions. «Soy exigente, no sé si podría seguir dando el cien por cien, por eso prefiero dar un paso a un lado», razonó. Y se va con el deber cumplido, pero sobre todo con un «orgullo de pertenencia» al Athletic, cuya piel «ni en las derrotas más duras me hubiera cambiado por celebrar un título con otro equipo».

«Quince maravillosos años», decía la capitana. Como los de Eli Ibarra, con la que llegó, ganó, perdió, soñó. Hasta este «momento duro, el que he temido siempre», confesaba, voz entrecortada la de Azkoitia, el que le empezó a rondar su cabeza hace dos años, el de colgar las botas, «el que no quería que llegara», el que llega. Y lo hace con un regusto agridulce. Feliz porque «lo he vivido todo» en el equipo femenino, «triste porque me gustaría que el final de este cuento fuera de otra manera», tras un último año lastrada por las lesiones. «¿Y después qué?», cuestionó en voz alta. «Pues ni soy la primera ni seré la última», contestó. Con lágrimas, pero «con la boca llena de orgullo cuando hablo del Athletic». No llores, dijo alguien, sonríe porque llegó a ocurrir. Y por eso mañana una niña vestirá la rojiblanca con un Eli, Iraia o Irune a su espalda. Esto no es un adiós, es un gracias.