2017/05/19

Dabid LAZKANOITURBURU
«Normalidad democrática» bajo control y donde siempre pierden los de siempre

Las elecciones iraníes de hoy ofrecen el mapa de una «normalidad democrática» homologable en muchos aspectos a Occidente, incluso en su tutela por parte del «Sistema», en el caso iraní un conjunto de estructuras no electas que deben su legitimidad a la revolución islámica (religiosa) de 1979.

Los principalistas utilizan el olvido por parte de los reformistas de los sectores más desfavorecidos para intentar derrotar al presidente Rohani y, a la postre, poner aún más frenos a los avances en materia de derechos humanos y libertades.

Las elecciones presidenciales iraníes enfrentan al actual presidente, el pragmático reformista Hassan Rohani, contra el candidato principalista Ebrahim Raisi, favorito para suceder al ayatollah, Ali Jamenei, como guía supremo de la República Islámica de Irán.

Las encuestas presentan como favorito a Rohani, quien, como cuando venció en los comicios hace cuatro años, concita el apoyo de todo el espectro reformista iraní, pero auguran que Raisi, que ha logrado el apoyo del popular alcalde de Teherán, Mohamad Baqer Qalibaf, podría forzar una segunda vuelta aprovechando el descontento de la población con la situación económica y la desilusión por el incumplimiento de las promesas de apertura de Irán tanto al interior como al exterior del país que Rohani situó como principales ejes de su mandato.

Estas elecciones evocan una suerte de déjà vu que apela, por un lado, a una «normalidad» en el panorama político iraní, en el que reformistas y principalistas (presentados en Occidente como conservadores) se turnan en el poder, normalmente, además, después de completar dos legislaturas, ocho años tras los cuales las contradicciones que sacuden a Irán desde el desenlace de la revolución de 1979 propician la alternancia. Esa normalidad, evidenciada en unas campañas electorales con mítines en polideportivos y debates televisados perfectamente homologables en Occidente, está lejos de la visión que, sobre todo desde EEUU, presenta a Irán como una teocracia antidemocrática.

Comparar a la República Islámica de Irán con el reino wahabí de Arabia Saudí resulta, además de injusto, inexacto. Lo que no es óbice para reconocer que el verdadero poder en Irán, el «Sistema» en el argot de la izquierda europea, está en manos de un conjunto de estructuras no electas y cuya legitimidad última proviene de la religión, lideradas precisamente por el guía supremo, quien se reserva el mandato último (wilayat i faqih o poder del sabio) sobre todas las cuestiones centrales. Estas estructuras se completan con organismos como el Consejo de los Guardianes, nombrado directamente por el guía supremo y que es el encargado de hacer una criba entre los candidatos tanto a la Presidencia del país como al Maylis (Parlamento), que también se elige hoy.

La «normalidad democrática» tutelada que rige en Irán deja, como en Occidente, ciertos márgenes controlados. Así, posibilita vías de expresión y de escape a las dos principales visiones que configuran una sociedad iraní compleja: la primera es heredera de décadas de occidentalización bajo el reinado de la dinastía de los Palevi y reivindica la imbricación en el mundo de un país, Persia, cientos de años más viejo que el propio islam.

Del otro lado, una sociedad rural, y cada vez más periurbana, que se vio por primera vez reconocida como sujeto político por la revolución islámica de 1979. Y que, por tanto, se identifica en esa clave de defensa de la revolución, y del chiísmo como eje vertebrador del país.

La complejidad en Irán no se agota ahí. Las minorías suníes (kurda, baluche y turcomana) se alinean políticamente en las elecciones con el reformismo por oposición al poder central, y represor, «revolucionario». No ocurre lo mismo con las minorías azerí –el segundo grupo étnico del país tras los persas– y árabe, ambas chiíes, y cuyo comportamiento electoral es similar al del conjunto del país.

Pero ocurre que, en esta manida dualidad entre reformistas-principalistas, el sector social y político más importante, el de las clases populares, queda fuera o al albur de la manipulación por parte de los otros dos.

Esa es, desgraciadamente, una de las principales herencias de una revolución, la iraní, que cimentó su triunfo en la religión y que desde un principio no dudó en reprimir abiertamente, o en su caso en silenciar y discriminar, a los sectores comprometidos con un cambio económico y social profundo y que encontraron inspiración en la larga historia de opresión sufrida por la población chií a manos del poder suní, siempre mayoritario (Ali Shariati, 1933-1977, fue su principal inspirador).

Sacrificado en el altar de la Revolución Islámica el Partido Tudeh –la mayor formación comunista de Oriente Medio–, el derrumbe de la URSS generó un alineamiento estratégico de buena parte de lo que quedaba de los sectores de la izquierda islámica con el reformismo. Primaba así la promoción de los derechos humanos y de las libertades que olvida, cuando no arrincona, los derechos económicos y las libertades sociales.

Rohani llegó a la Presidencia en 2013 tras lograr más del 50% de los votos en primera vuelta y lo hizo a caballo de la ira de los sectores reformistas iraníes que, en 2009, denunciaron la victoria del entonces presidente electo, el también principalista Mahmud Ahmadinejad, como un pucherazo electoral y salieron a la calle en la bautizada y a la postre fracasada «Revolución Verde» iraní.

Ahmadinejad, quien a su vez había sido alcalde de la capital iraní, alcanzó en 2005 la Presidencia con un mensaje a favor de las clases más desfavorecidas similar al que hoy manejan tanto Raisi como su aval, y hasta principios de semana candidato presidencial, Baqer Qalibaf.

Ese mensaje, unido a una retórica antiimperialista contundente –no en vano militó durante la guerra Irán-Irak en las milicias Basij– y a una frugalidad vital y una integridad que le reconocen hasta sus mayores adversarios, no fue suficiente. Ya en su segunda legislatura, y al calor del desplome de los precios del petróleo y de la llegada, tardía, pero inevitable, de los efectos de la Gran Depresión de 2008 a las economías emergentes –incluida la iraní–, las medidas paternalistas de Ahmadinejad evidenciaron su impotencia para resolver los problemas del país y agravaron la crisis económica, con una grave recesión y una inflación del 40%. Era cuestión de tiempo que Ahmadinejad perdiera parte del fervor popular que cosechó y, sobre todo, fuera abandonado a su suerte por el ayatollah Jamenei.

Es ahí, y en el intento por parte del «Sistema» iraní de sacudirse la presión internacional y las sanciones en torno a su programa nuclear, donde se inscribe la llegada al poder de Rohani en 2013.

El actual presidente reivindica el acuerdo nuclear con los EEUU de Barack Obama y la mejora de los indicadores macroeconómicos (el PIB ha vuelto a crecer con fuerza y la inflación ronda el 9,5%) para lograr su reelección. El problema es que la economía de los iraníes sigue en stand-by, con un paro oficial del 12,5% (algunas fuentes lo elevan a casi el 30%, cifra oficial de desempleo entre los jóvenes).

Tampoco es que la legislatura de Rohani se haya caracterizado por avances claros en materia de derechos y libertades. Los dos candidatos reformistas en las elecciones de 2009, Hossein Mussawi y Mehdi Karrubi –este último proveniente de la izquierda islámica– siguen bajo arresto domiciliario y el expresidente Mohamed Jatami (1997-2005) no puede viajar al extranjero y tiene vetados los medios de comunicación. Todo un síntoma de la impotencia del Gobierno frente al «Sistema». Y es que, pese a que Rohani, como el propio Jatami, es un clérigo, no parece que el electorado reformista le vaya a responsabilizar de esa falta de avances.

Ni siquiera el levantamiento parcial de las sanciones internacionales por parte de EEUU –ratificado ayer por la Administración Trump– ha supuesto la masiva llegada de inversiones extranjeras (de hasta 50.000 millones de dólares anuales) que predijo Rohani. A lo sumo han llegado entre 500 y hasta 3.000 millones, según distintos cómputos opositores y oficiales.

Poco importa que algunos analistas responsabilicen a los sectores que apoyan a los candidatos principalistas, concretamente la Guardia Revolucionaria (Pasdaran) y las milicias Basijs, de ser los menos interesados en la llegada de una inversión extranjera que pondría en riesgo sus intereses monopolísticos y opacos en sectores como el petróleo y le construcción.

Su candidato en las elecciones de hoy, Ebrahim Raisi, se postula como el defensor de los pobres frente a la «élite del 4% de Rohani» y promete un subsidio mensual de 60 euros.

Una minucia comparada con los millones de dólares de su patrimonio desde que en 2016 fue nombrado custodio de la organización religiosa Astan qods Razavi, que gestiona las donaciones al templo chií más sagrado del país, en Masahd. Raisi suena como favorito para suceder a Jamenei, de 77 años de edad y operado de próstata en 2014, pese a que hay quien asegura que su candidatura a las presidenciales supone un jarro de agua fría a sus aspiraciones.

Sin embargo, conviene recordar que hoy se elige, asimismo, la Asamblea de Expertos, que con sus 88 clérigos electos se encarga de nombrar al guía supremo. Si Raisi se convirtiera en presidente de Irán podría inclinar la balanza a su propio lado. No hay que olvidar que el propio Jamenei era presidente cuando se produjo la muerte del ayatollah Jomeini, fundador de la República Islámica.

Para lograrlo los comicios de hoy deberían parecerse a los que en 2005 llevaron a la segunda vuelta a Ahmadinejad y le dieron la victoria frente a los reformistas. Y no a los de 2001, que dieron la reválida a Jatami frente a los principalistas.

De una u otra forma, Jamenei, y el «Sistema» iraní, nunca saldrán perdiendo.