Nuestras 45 rosas y más

Viudas, rapadas, de negro, con el moño en lo alto, en el exilio o en nuestros pueblos, líderes y mujeres sencillas, maestras y compañeras, mujeres dignas que se revelaron ante una dictadura que las quiso calladas y petrificadas.

2017/09/14

La historia la escriben los vencedores, y normalmente los hombres, que son quienes hacen las guerras. Y por eso, incluso entre quienes hemos andado enredando con esto de la memoria histórica, nos ha costado tanto visibilizar el papel de las mujeres en el trabajo en pro del recuerdo.

La cantautora sevillana Lucia Socam nos recuerda, en sus últimos conciertos, la trastienda de una de las imágenes icónicas de la transición; la bajada por las escaleras del avión del genial poeta Rafael Alberti. Ahí, en ese preciso instante, en esa atmósfera de liberación, y dentro de ese mismo avión, sentadica, sola y enferma también estaba María Teresa de León... pero nadie nos lo ha contado.

Habitualmente hemos tratado a las mujeres republicanas como hermanas de, hijas de o viudas de. Nos ha costado mucho rescatar de ese olvido, oficial y masculino, a las mujeres pioneras que construyeron república, resistieron ante la barbarie franquista o, en silencio, ayudaron a reconstruir el antifranquismo más arriesgado.

Es evidente la desigualdad, cerca de 3.400 hombres fueron asesinados en Navarra por 45 mujeres. Pero la aportación de estas, cualitativamente, fue enorme, y el abanico de medidas represivas que sufrieron también.

Les hemos puesto nombres y afiliación política a la mayoría de las personas asesinadas, les hemos puesto nombre a los asesinos, hemos reconocido lugares, se ha contabilizado (o se está en ello) el robo de tierras y enseres, se ha aclarado la represión hacia los partidos de izquierdas, y se ha hablado del robo de medios de comunicación, sabemos más o menos la dimensión de las redes de evasión que existieron en aquella época, cuantificamos y describimos las pocas acciones que protagonizaron los maquis en tierras navarras… pero sabemos muy poco sobre las violaciones. Sobre esto último sigue habiendo un tabú especial, porque, desgraciadamente, avergüenza principalmente a las víctimas sobre todo en los pueblos.

Y sabemos muy poco también de los bebés robados, otra forma de represión de género. Robos basados en la imposición de un único modelo de ser mujer, y una única forma de ser madre, la que entraba en el modelo de familia tradicional que imponía aquel franquismo moralista.

En todas las guerras, en todas las épocas, las mujeres han sido doblemente víctimas. Primero por su condición política, o por la elección de bando, y en segundo lugar por el hecho de ser mujer, porque las agresiones sexuales han sido un instrumento de guerra. En Pamplona, por ejemplo, el asesinato, el paseo y las humillaciones a las que sometieron a Camino Oscoz, maestra republicana, un 31 de julio de 1936 se utilizó como acto ejemplarizante. Quisieron enseñar un trofeo y un escarmiento; las mujeres, por serlo, no se iban a salvar de la represión.

Pero además de la represión directa, como los asesinatos, las violaciones, y el paseo con el aceite de ricino, el franquismo utilizó la represión económica para hacer más daño. El franquismo fue, en esto del matar, muy creativo. Así llegó a multar a gente a la que previamente había asesinado. Obvio quién pagaba esas multas impuestas a los hombres que yacían bajo paladas de crueldad.

Así le pasó a la viuda del alcalde de Azagra, Serafina, que tuvo que pagar una multa de 100 pesetas, cuatro años después de asesinarlo. También Nieves Garralda tuvo que pagar una multa de 2.000 pesetas después de que asesinaran a su compañero Cesáreo Seminario, republicano de Bera. Veremunda Olasagarre que se había casado con Juan Arrastia, socialista, sufrió el asesinato de su marido y de propina le embargaron los muebles, una cartilla de la caja y además tuvo que pagar a plazos la multa de 200 pesetas.

Bien, así las cosas ser republicana en aquella época suponía andar sobre un terreno vidrioso lleno de humillaciones. Ya nos lo recuerda Julio Sesma de Sartaguda, uno de los imprescindibles, «la pensión que les quedó a las viudas fue la represión».

La madre de Maravillas Lamberto anduvo mendigando con sus hijas por las calles de Pamplona, los días con mala suerte tenían que dormir a media noche en las escaleras de algún portal entreabierto. Irene Tercero, de los Dorronsoro, sufría los insultos de algunos curas del burgo de la Navarrería, a la vez que pagaba el alquiler de su casa a los asesinos que se habían quedado con la Casa del Pueblo de la UGT.

Patrocinio Lasa, de la churrería de la calle Eslava de Pamplona, pierde a su marido (el concejal José Roa) y a un hijo, mientras que ella es encarcelada por participar supuestamente, en las redes de evasión. María Josefa Azpeitia Lasa, de la misma familia, fue una de las mujeres convocadas en la Casa del Pueblo de Pamplona para preparar las elecciones del 33 y ella, sí, organizó la evasión de unos cuantos republicanos.

Rosaura López, inspectora de educación, Julia Álvarez, delegada del Gobierno (de la que Fermín Pérez Nievas escribió una completa biografía) y la propia Camino Oscoz, organizadora del Socorro Rojo Internacional en nuestra Pamplona, fueron mujeres con coraje que lideraron el cambio de mentalidad de aquella época.

Y hubo una épica menos vistosa, pero práctica también. Las docenas de mujeres que escondieron a los republicanos, las que en la zona caliente de la calle Jarauta y Descalzos lanzaban sobre el silencio de las hayas a los que se fugaban de la represión, utilizando las redes de evasión, quienes en Toulouse organizaron la lucha contra los alemanes y quienes hacían de carteras para pasar información de un lado a otro.

Ese mar de luto, que pudo constreñir, hizo que en la Ribera muchas de estas mujeres apretaran el puño al paso de los asesinos y sacaran el carácter fuerte para mirar al frente y a los ojos a aquellos franquistas que ya en los 60 no chuleaban de sus gestas.

Viudas, rapadas, de negro, con el moño en lo alto, en el exilio o en nuestros pueblos, líderes y mujeres sencillas, maestras y compañeras, mujeres dignas que se revelaron ante una dictadura que las quiso calladas y petrificadas. Casi todas ellas, pelearon por la partida de defunción de su marido, otras desde el exilio siguieron hablando de las cosas de mujeres que habían ultrajado los franquistas, y Camino Oscoz nos sigue hablando desde su cuneta perdida.

Estas son nuestras 45 rosas y más, porque la valentía de las que se quedaron sin nada supone un acto de justicia, porque quedarse a solas cuando todo el mundo gritaba en el mismo sentido es un acto revolucionario… que la historia masculinizada no las vuelva a engullir.

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