Iñaki Egaña
Historiador

Periodismo mercenario

El ejemplo de Arralde es uno más, entre miles, de ese supuesto periodismo o por utilizar una expresión extendida, de ese «periodismo mercenario» que antes de escribir las primeras letras de su texto ya tiene la «chuleta» de lo que debe decir.

Hace bien poco, en setiembre de 2009, el otrora juez estrella Baltasar Garzón mandó a las fuerzas policiales, incluida la Ertzaintza, a que vigilaran de cerca el acto de apoyo a los presos políticos vascos que se iba a celebrar en la supuesta localidad guipuzcoana de Arralde. Los medios recogieron con profusión la iniciativa que había partido de una denuncia previa de la asociación Dignidad y Justicia, antigua Fundación Víctimas del Terrorismo.

Los motores de búsqueda en Internet de la asociación habían dado con un anuncio de askatu.org en el que, bajo la fotografía de tres supuestos presos políticos vascos, se anunciaba una comida en las fiestas populares de la población citada. Arralde no era sino el pueblo ficticio de la serie de ETB “Goenkale”, que se emitió desde 1994 hasta finales de 2015. Tantos años en antena certificaban que la mayoría de los vascos sabían que Arralde era una alegoría. Incluso que los exteriores se filmaban en Orio y Tolosa.

Aquel montaje cómico, sin embargo, tuvo su continuidad. Enzarzados algunos medios en zurrarle a Garzón por atreverse a enjuiciar al franquismo, continuaron dando crédito a Arralde y, de paso, criminalizar a los vascos que no tenían, entonces como ahora, derecho a acordarse siquiera de sus presos. ABC, del grupo Vocento que comparte dirección con “El Correo” y “El Diario Vasco”, describió el acto: «se celebró ayer el homenaje autorizado por el juez, en la localidad guipuzcoana de Arralde y que consistió en una comida y en una manifestación de apoyo a los presos de ETA».

Cuando se supo que Arralde no existía en los mapas y, en consecuencia, el acto pro-presos etarras había sido un camelo (las fotografías de los supuestos presos correspondían a tres actores de la serie), Dignidad y Justicia se sintió humillada y arremetió contra la izquierda abertzale a la que acusó de inventar noticias para evitar su decadencia política. ABC, en cambio, no rectificó su metedura de pata. Semanas más tarde, la venganza estuvo servida. El juzgado de instrucción número 5 de la Audiencia Nacional ordenó el cierre de askatu.org.

Como ya saben los más leídos, ABC es la fuente principal de los relatos de las asociaciones de víctimas del terrorismo, de «sesudos» informes sobre el pasado que evitan la palabra «conflicto» para centrarse en la de «patología», también de informes de víctimas del Gobierno vasco. No hace falta recordar que el ex general Rodríguez Galindo, finalmente relegado a la historia por su actividad paralela a 71 años de prisión, era una de las «gargantas profundas» del diario de Vocento.

El ejemplo de Arralde es uno más, entre miles, de ese supuesto periodismo o por utilizar una expresión extendida, de ese «periodismo mercenario» que antes de escribir las primeras letras de su texto ya tiene la «chuleta» de lo que debe decir. Su eco lo hemos sentido tras los atentados yihadistas. Es un periodismo servil, que convierte en noticias artículos de opinión. El sociólogo argentino Leonardo Sai decía que cumplen una ocupación represiva: «El periodista mercenario ejerce una función policial. La policía no es solo una institución estatal, es un modo de ser del deseo, una forma de ser con los otros, un existir: ¿Qué está haciendo? ¿Qué está diciendo? ¿Qué está publicando? Policía de la opinión pública».

Los coros del periodismo único son cada vez más numerosos y los pensamientos críticos cada vez más criminalizados. El mensaje es parte de un modelo propagandístico maniqueo: o estás conmigo o estás contra mí. Lo hemos sufrido en las últimas décadas con los pactos antiterroristas, con el «todo es ETA», con las máximas de Bush y Aznar, o «conmigo o contra mí», o «demócrata o terrorista». Estas dicotomías han tenido su expansión precisamente a través de los medios.

En esa misma línea, el periodismo mercenario nos intenta llevar a nuevos enfrentamientos para marcar su territorio hegemónico. Al margen del contenido del discurso crítico, el periodismo mercenario elige escenarios y mensaje propagandístico. El hecho de arrojar confetis a un tren turístico en Donostia para protestar por la saturación es convertido en acto de kale borroka. Sabemos que no es así, pero la construcción de la noticia ya puede originar que otro motor de búsqueda internacional la detecte y la integre en la «Global Terrorism Database», junto a actos terroristas ciertos ocurridos en Kandahar (Afganistán) o Al Rashidín (Siria).

Simultáneamente, otro resorte de la misma naturaleza se ha activado en diversos consejos de administración que señalan a sus peones para que nominen un nuevo concepto, «turismofobia» y apliquen la dicotomía: o están con el modelo turístico (precariedad, venta de patrimonio, uniformidad cultural, ganancias de unos pocos) o están con la radicalidad, léase marginación, terrorismo, exaltación y fanatismo. La Real Academia de la Lengua Española identifica aún en 2017 «radical» con «intransigente».

No sólo son los temas y su desarrollo «políticamente correcto» los marcados por los periodistas mercenarios, sino también los escenarios. Venezuela se ha convertido en provincia española, mientras que Arabia Saudí, aliada su elite de la monarquía española y uno de los principales compradores de armas del Estado español, sólo es fuente de frivolidades cuando, en realidad, se trata de un territorio feudal, con todo lo peyorativo y retrogrado que puedan imaginar.

Así también la elección de una loción determinada por un artista local, el sexo que supuestamente practicó un presentador o las trazas de adulterio en las relaciones de un futbolista sustituyen en portada a las inundaciones en Sierra Leona y Nepal, la escandalosa cuestión de la tortura en España o el apaleamiento de migrantes en la valla de Melilla. Cerca de mil cargos públicos del partido en el Gobierno español son «normalizados» en función de la imperfección humana. Son, como decía Emir Sader, las peores de las mentiras, aquellas a las que se niega su existencia. Sin esas noticias, se construye el relato del opresor y se ningunea al oprimido.

Noam Chomsky y Edward S. Herman ya concitaron la atención de los periodistas mercenarios en un trabajo al que dieron publicidad hace ahora treinta años, “Los guardianes de la libertad”. No han cambiado excesivamente las formas desde entonces, a pesar del terremoto provocado por las redes sociales virtuales. Chomsky y Herman ponían reparos a utilizar conceptos como «medios de comunicación» o «periodistas», y preferían usar el término «modelos propagandísticos».

También acercaban esa pirámide en la transmisión de la propaganda. En la punta, la concentración de la propiedad, la riqueza del propietario, la orientación de las empresas dominantes y la publicidad como fuente principal de financiación. En este último apartado, hemos asistido a uno de los sucesos más descriptivos del método. Como recordarán, hace unas semanas fueron detenidos en Donostia seis proxenetas «por explotar sexualmente a 14 personas a las que obligaban a consumir drogas y ejercer la prostitución» (texto de la página web de RTVE).

Apenas pasaron 24 horas para que el único diario guipuzcoano que acepta en sus páginas anuncios de prostitución, entrevistara a la proxeneta «cabecilla del grupo», en libertad condicional con cargos, para trasladar su «inocencia» y cargar contra todo aquel que dudara de la misma, incluida la Policía. Jamás había asistido a un ejercicio tan pegado al manual de defensa de intereses empresariales como el citado. Se agradece esa franqueza para luego entender con mayor facilidad las coordenadas en la construcción de otras noticias, como las que han surgido en estas semanas estivales. Y poner en valor a estos «periodistas» que ni siquiera tapan sus letras con retóricas o adjetivos descargados del diccionario de sinónimos, para hacer buena la tesis del sociólogo argentino Leonardo Sai. No se trata de decadencia moral, sino de manipulación del lector a través de un interés empresarial o político determinado.

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