La ley de vagos y maleantes
Javier Orcajada Del Castillo
2017/07/14

Me acaba de mandar mi amigo Rolf un artículo publicado en un periódico de Nürnberg escrito por mi viejo colega Iñaki en un perfecto alemán. No he vuelto a saber nada de él desde hace muchos años. Solíamos ir los veranos a Alemania para aprender la lengua, respirar libertad y saber qué era tener que trabajar para vivir. Era la época del bloqueo de Berlín y los aliados trataban de meter el dedo al ojo de la URSS a base de propaganda. Una modalidad era llevar a centenares de estudiantes extranjeros a visitar Berlin en los gigantescos B52. Nos recibió el alcalde Willy Brandt en el ayuntamiento; recorrimos la ciudad, bueno, las inmensas ruinas. Allí nos albergábamos en los Kolpinghaus, que eran residencias para gente con escasos recursos. Un día nos llevaron a visitar Berlín del Este. Cuando llegamos a la Brandenburg Tor, los Vopos nos revisaron el pasaporte. En el español teníamos un sello que decía: «Válido para todos los países del mundo, excepto Rusia y países satélites». Si nos ponían el de la DDR, al llegar a la frontera con España la policía lo descubriría, por eso pedimos a los Vopos que no nos los sellaran, porque si no, no podíamos pasar al Este. Así nos lo prometieron, pero de vuelta nos lo pusieron. Al llegar a la aduana de Irún nos metieron en una sala, asándonos a preguntas. Al final nos dejaron marchar, lo que nos sirvió para farolear de la aventura entre los amigos. no entendíamos nada. Días después recibimos un escrito del Gobierno Civil comunicándonos la apertura de un expediente ante el Tribunal de Menores ya que éramos menores de edad. Se nos anunciaba la aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes. Se nombraba un tribunal con un juez, un fiscal y un vigilante de guarda. Tuvimos que asistir a interminables interrogatorios, durando todo el proceso más de un año. La sentencia nos condenaba a una multa de 250 pesetas. Se anotó la sanción en el Libro de Escolaridad y nos impidieron presentarnos a los exámenes las dos siguientes convocatorias. Años después salí de alférez con muy mal número y me mandaron a un cuartel en una división de montaña. No me atreví a declararme insumiso. Todavía me suelo despertar aterrado pensando que tengo que comparecer en aquellas sesiones macabras en el Tribunal de Menores.

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