Transparencia, pluralidad, seguridad, libertad y, sí, fiesta
2017/07/16

La transparencia es un valor al alza. En política, supone un nuevo contrato entre los representantes y la ciudadanía, un compromiso de claridad y responsabilidad destinado a forjar una confianza renovada en un momento en el que la credibilidad de la clase política está, y con razón, en horas bajas. Ofrece la oportunidad de contrastar las políticas públicas, el resultado de las decisiones tomadas, la transformaciones logradas o pendientes, el grado de cumplimiento de un proyecto.  

Hay que admitir también que conlleva un riesgo muy grande para los responsables políticos, especialmente en estos tiempos de viralidad demagógica. Por eso, en general, la gestión pública suele tender a la opacidad, como mucho atenuada con luz artificial y teledirigida.  

Cuando la transparencia es real, argumentada y sostenida en el tiempo, se eleva el nivel del debate público, el grado de conocimiento sobre la gestión de lo común y la satisfacción sobre esa gestión. Esto sirve para las instituciones, pero también para todo movimiento político y social. Es un signo más de otra forma de hacer política.

La apuesta de Joseba Asiron y su equipo por la transparencia en todo lo relativo a los sanfermines es audaz, bastante osada si se tienen en cuenta las dimensiones de la fiesta y el feroz escrutinio que tiene el Gobierno del cambio. Esa política está sirviendo para reposicionar la fiesta, reconducir de modo natural algunos de los problemas generados en décadas de desidia, afrontar retos nuevos que se corresponden con tendencias generales y poner al Ayuntamiento al servicio de toda la ciudadanía y de las decenas de miles de visitantes. Por eso es tan importante la defensa del pluralismo que caracteriza a esta Alcaldía, opuesta al sectarismo de UPN.

Los discursos apocalípticos sobre las fiestas contradicen la vivencia general de unos sanfermines cada vez más populares y diversos, menos guetificados que nunca. No solo la oposición debe reflexionar. La transparencia abre nuevos debates, que deben sopesar realidad y utopías particulares, sabiendo que estas pueden ser distopías para otra mucha gente. La politización en sentido positivo de las fiestas no ha implicado menos fiesta, sino mayores espacios para la responsabilidad personal y comunitaria. También ha habido mucho espacio para la solidaridad y se han fomentado valores relevantes, con experimentos interesantes por ejemplo en clave de sostenibilidad. La oferta cultural es sencillamente salvaje –y pública–. Desde el hedonismo más militante hasta el escapismo casual, pasando por la diversión a la carta para todo tipo de sectores y segmentos, los sanfermines ofrecen un marco inigualable para la diversión. Hasta los caravinagres tienen margen infinito para ejercer de tales. Lo único casi imposible es no participar.  

La decisión del Ayuntamiento de Iruñea de hacer de la lucha feminista y por la igualdad bandera de las fiestas era una apuesta arriesgada, especialmente tras el trauma que supuso la violación de una mujer de la mano de un grupo de depredadores en los sanfermines del año pasado. Incluso teniendo en cuenta la rebelión social y el reto institucional que aquel hecho provocó. Suponía poner el foco en la parte más oscura de las fiestas, en un problema que las trasciende, que es auténticamente sistémico y que rara vez se sitúa como prioridad política. Un tema sobre el que los políticos se han mostrado más capaces de dar discursos correctos que de implementar políticas eficaces.

Sabiendo que en este contexto era imposible evitar toda agresión, se consensuaron medidas con el movimiento feminista, se establecieron protocolos y se invirtió en seguridad, asistencia e infraestructuras, a la vez que se situó el tema como prioridad política y social.

La respuesta en todos esos ámbitos ha sido espectacular, desde la aplicación del protocolo hasta la movilización del día 13. Tristemente, la penúltima noche de las fiestas se producía una nueva agresión sexual que se investiga. Tal como recordaba ayer el propio alcalde, mientras se dé una sola no se habrá logrado el objetivo. Pero en ese camino Iruñea se ha posicionado como una vanguardia a nivel mundial y muchas entidades van a coger como modelo, por ejemplo, su protocolo.  

Tanto o más importante que las medidas concretas es el principio que inspira esta política: la seguridad debe estar encaminada a que las mujeres puedan vivir las fiestas en libertad e igualdad, sin miedo ni segregación.

Las fiestas son representaciones culturales complejas, y si Iruñea está demostrando que otra política es posible, también demuestra que sus fiestas también lo son.

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