Kronika
 
Una discusión a cuatro sin sorpresas no clarifica los futuros pactos

Consenso en alabar los 37 años de Constitución española entre los cuatro principales partidos del Estado. PSOE, Ciudadanos y Podemos plantean cambios, aunque en sentido distinto. El Congreso español, ensayo del escenario post 20D, sirvió de escenario para agasajar la Carta Magna en clave electoral.

Alberto PRADILLA|MADRID|2015/12/08 08:18
Dv2195172
Sánchez, Iglesias, Rivera y Sáenz de Santamaría. (Pierre Philip MARCOU/AFP)

Mucho ruido previo, rigidez en los candidatos y su argumentario y ninguna respuesta clara sobre el futuro. Así se cerró ayer el debate a cuatro entre Soraya Sáenz de Santamaría (la única que no encabeza lista y que sustituía al presidente español Mariano Rajoy), Pedro Sánchez (PSOE), Albert Rivera (Ciudadanos) y Pablo Iglesias (Podemos). En su inicio, más que una discusión fue un recital mirando a cámara. Cada maestrillo venía con su librillo y poco importaban las preguntas. Sánchez, con la articulación de un Geyperman, eludía hacer autocrítica sobre el pasado del PSOE; Iglesias, en mangas de camisa, tiraba de argumentario para explicar su «viaje a la centralidad», mientras que Rivera eludía responder si aceptaría una candidata alternativa del PP. A Sáenz de Santamaría le tocaba el papelón de justificar la ausencia de su jefe.

«No estaré con el proyecto de Sánchez ni con el de Rajoy», reiteró Rivera, sin hacer mención a la denominada «Operación Menina» que habla de sustituir a Mariano Rajoy por Sáenz de Santamaría para lograr el aval de Ciudadanos. Aprovechando que estaba ahí al lado hubiese estado bien que alguno de los informadores le interrogase directamente sobre la aludida. Y eso que Iglesias lo puso fácil y le lanzó un «de candidato a candidata» que la vicepresidenta esquivó apelando al cargo. Lo hizo en dos ocasiones.

«A la fuerza más votada le toca intentar formar gobierno», fue lo más cerca de clarificarse que estuvo Rivera, maestro en el arte de no decir nada. La otra implicada, la portavoz del PP, azuzaba el discurso del miedo a un difícilmente imaginable «pacto entre perdedores» entre PSOE, Ciudadanos y Podemos mientras fijaba su mirada en el candidato de la formación naranja. Le ofreció «trabajo en común», pero buscó el cara a cara, consciente de que el partido naranja es quien se lleva buena parte de sus descontentos.

Al margen de los guiños y marcajes en la derecha, resultó interesante ver los votos por los que pelea cada formación. Iglesias, por ejemplo, sacaba la lista de agravios del PSOE en cada momento y terminaba recuperando su mensaje tradicional con emoción. Sánchez, más presente por los ruiditos de interrupción que emitía cuando hablaba Sáenz de Santamaría que por la consistencia de su discurso, lo dejaba fácil. La vicepresidenta trataba de defender gestión y fue de menos a más, consciente de que la «neolengua» funciona mejor en la sala de prensa de Moncloa que en un plató. Rivera, como siempre, se movía bien en la superficie.

Por temas, al hablar sobre corrupción, PP y PSOE estaban incómodos. Tras los bochornosos espectáculos del «y tú más» protagonizados por sus portavoces durante toda la legislatura, era evidente que se lanzarían a Bárcenas y los ERE a la cabeza. Aunque el de Ciudadanos decidió echar un capote a sus dos posibles aliados y se sumó a la teoría de la «manzana podrida».

Al hablar de recortes, otro de los dramas que han marcado la legislatura, hubo semiconsenso. Todos, hasta el PP, dijeron que no incluirían más hachazos. Claro, que partiendo como Sáenz de Santamaría de falacias como que «el Estado español no ha sido rescatado», cualquiera se fía. Al sonar el pitido final el partido seguía abierto.