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La rotonda de los jelkides


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El espejo suele ser el peor enemigo de quien se niega a reconocer el paso del tiempo.

Como en el retrato de Dorian Grey, al Partido Nacionalista Vasco le ocurre que cada vez que alguien le urge a cumplir sus compromisos históricos, tantas y tantas veces repetidos, busca una prórroga y una excusa para la misma. Y en estas circunstancias le toca a Joseba Egibar alambicar un argumento para que el jelkidismo eluda una vez más dar respuesta a la cuestión medular del contencioso vasco. Este fin de semana ha sentenciado a un tiempo dos cuestiones: que si en su pueblo hubiera una consulta sobre el derecho a decidir no dudaría en acudir a las urnas y votar en su favor. Y, al tiempo, huía del emplazamiento de Arnaldo Otegi para conformar un gobierno sustentado en la defensa de ese mismo derecho porque, alegó, para esas cuestiones “no hay que tener tanta prisa”. Y es que hay que ser ciego -y sordo- para comprobar que la parsimonia jelkide en cuestión de soberanía no es por causa de prudencia sino de comodidad. El estado presente de las cosas es su hábitat y un futuro soberano sería razón de incertidumbre.

O sea, que no están en una encrucijada sino en una rotonda.

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