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Crónica de un festival anunciado, día 2

Scary Mother, de Ana Urushadze

Scary Mother es un drama con tintes cómicos que se ha destacado como una de las pequeñas joyas del Festival de Sevilla de este año. Laureada en Locarno y Sarajevo, la directora georgiana Ana Urushadze nos trae una opera prima tan valiente como imaginativa. Es la historia de Manana (Nato Murvanidze), una ama de casa que se vuelca en la escritura mientras su marido y sus hijos oscilan entre el escepticismo, la estupefacción y la inquietud desesperada. Entre largos encierros creativos y anotaciones a bolígrafo en sus propios brazos, Manana ha incubado en secreto una novela autobiográfica que se revela cuanto menos incómoda. Sabe que todo su universo doméstico se quebrará cuando llegue el momento de leer el libro a su familia. Mientras su marido Anri (Dimitri Tatishvili) intenta disuadirla por todos los medios de que esas páginas lleguen a la imprenta, Nukri (Ramaz Ioseliani), el dueño de la papelería, está persuadido de que Manana es un ingenio literario y está dispuesto a llegar hasta cualquier extremo para que su obra vea la luz.

El guión de Urushadze juguetea con la metaficción y propone un truco de espejos deformantes entre la novela de Manana y su entorno cotidiano, que de todos modos se reduce a un opresivo círculo familiar y al refugio liberador de la papelería. El relato es también una reflexión sobre los límites de la imaginación y la locura, sobre la materia prima del acto creativo, sobre la presión social y sobre el papel de las mujeres en el debate público y en la expresión de su sexualidad. Manana descubre escenas novelescas en los dibujos de los azulejos del cuarto de baño y sueña con animales mitológicos al tiempo que Anri se convence de que su mujer ha perdido la cabeza. Mientras tanto, la vida transcurre entre desayunos familiares, paredes raídas y el paisaje inclemente de niebla y hormigón de Tbilisi. La fotografía corre a cargo de Konstantine Esadze, que nos instala con sutileza en un clima de ruinas y edificios devastados pero que también deja lugar a destellos cromáticos muy reveladores. Nos quedarán en la memoria algunas escenas de impacto, el personaje del padre en su papel de traductor, la bañera como símbolo de vida y muerte y la metamorfosis de la protagonista, que acompaña de esta forma la transformación del personaje central de su propia obra.

Maya, de Mia Hansen-Løve

La directora francesa Mia Hansen-Løve estrenó Maya en el Festival de Toronto y ahora compite por el Giraldillo de Oro en la sección oficial del Festival de Sevilla. Maya desenreda una inocente historia de amor en los paisajes exuberantes de la India pero con el trasfondo feroz de la guerra de Siria y la mafia de la especulación inmobiliaria en Goa, que parece determinada a expulsar a los nativos a cualquier precio. Gabriel (Roman Kolinka) es un reportero de guerra que regresa a Francia después de haber sido rescatado de un despiadado secuestro en Siria. Más sumido en la apatía que en el trauma e incapaz de darle una oportunidad a su antigua novia, decide darse un respiro en la India. Allí conocerá a la jovencísima Maya (Aarshi Banerjee).

El tono de la cinta es lírico y pausado y parece un cruce entre las postales turísticas de Viaggio in Italia de Roberto Rossellini y el amor adolescente y colonial de El río de Jean Renoir. Pero aunque el guión es introspectivo, poblado por personajes que se buscan sin éxito a sí mismos en mitad de la encrucijada, en el fondo flota un aire de violencia latente y siempre dispuesta a manifestarse. La fotografía de Hélène Louvart se deleita con las panorámicas indias y captura los delfines de las aguas de Goa, que ha pasado —nos dice el padrino de Gabriel— de ser un paraíso para hippies a convertirse en el escenario de toda clase de rodajes. La historia de Gabriel y Maya, sugiere Hansen-Løve, podría ser uno más entre todos esos romances idílicos de la factoría de Bollywood.

Styx, de Wolfgang Fischer

Wolfgang Fischer pasó con éxito por la Berlinale gracias a Styx, una película que pone sobre la mesa el debate social sobre los refugiados, la indiferencia de las autoridades, la hipocresía política y la soledad de las acciones personales. La actriz Susanne Wolff interpreta a Rieke, una navegante que parte desde Gibraltar en un velero en busca de la isla Ascensión, poblada por un bosque artificial ideado por Charles Darwin. Con esta apelación sutil a la lucha por la supervivencia, Fischer nos atiza con una situación dramática llena de posibilidades: después de una agitada tormenta, la protagonista se encuentra a pocos metros de un barco cargado de emigrantes africanos en situación de emergencia.

La fotografía de Benedict Neuenfels se debate entre la inmensidad oceánica de los planos largos y azules y el interior claustrofóbico del velero de Rieke, conectado con el exterior mediante diversas prótesis tecnológicas. El guión, facturado por Wolfgang Fischer junto a Ika Künzel, se aleja de cualquier tono panfletario y evita las valoraciones condescendientes. Al contrario, es una historia que nos zambulle en un dilema permanente y de difícil resolución: asumir el riesgo desproporcionado de cambiar el mundo por cuenta propia o aguardar una intervención pública que no parece llegar nunca. Styx es un viaje incómodo por la inmensidad del Atlántico, pero por encima de todas las cosas, es una devastadora alegoría moral sobre la responsabilidad de nuestras decisiones. ¿Cuánto vale nuestra vida? ¿Cuánto valen las vidas de los refugiados? Wolfgang Fischer nos agarra de las solapas y nos obliga a examinar nuestra conciencia. Porque mientras corre el metraje de su película, ahí fuera persiste una urgencia humanitaria ante la que no es posible mirar hacia otro lado.

Ray & Liz, de Richard Billingham

Los adeptos de Mikel Leigh disfrutarán con este retrato de la clase trabajadora de Birmingham en los setenta y ochenta. Con un ritmo tranquilo pero envolvente, el fotógrafo Richard Billingham recrea su propia infancia de extrarradio y construye una estampa familiar de paredes desconchadas, botellas vacías, ceniceros llenos, contadores de luz y recibos impagados. La historia se separa en tres tiempos: un primer episodio cómico de la niñez del protagonista en el que irrumpe el personaje entrañable del tío, una segunda fase adolescente centrada en las andanzas del hermano menor, y una última fase de declive alchólico del padre. Ella Smith y Deirdre Kelly interpretan dos momentos de la vida de Liz, una madre amenazadora y adicta al tabaco que gobierna a gritos la casa. Por su parte, Justin Sallinger y Patrick Romer dan vida a Ray, un padre correoso e irresponsable, encaminado a una vejez de soledad e inmundicia.

Richard Billingham aprieta a los personajes en un formato de imagen casi cuadrado, asfixiante en todo caso, y la película nos parece la contraparte miserable y pobre del narcisismo postizo de Instagram. La fotografía, por cierto, lleva la rúbrica de Daniel Landin. Los personajes viven enjaulados en viviendas precarias, igual que animales de zoológico o insectos capturados con un vaso de cristal. Los paisajes son cenicientos. Los pósteres de las paredes nos vigilan con miradas en planos cerrados. Todo un repertorio de estampas hostiles que contribuye a retratar una familia descompuesta, coleccionista de colillas, sumida en deudas y condenada a la intervención de los servicios sociales. El tono es ecuánime y combina con tacto algunas escenas hilarantes con destellos de realismo crudo y desesperación.

Close enemies, de David Oelhoffen

Con Close enemies, el director francés David Oelhoffen nos da lo que promete: un thriller estilizado lleno de escenas de acción, diparos, tráfico de cocaína, dobles juegos y traiciones. No hay espacio, sin embargo, para demasiados pliegues narrativos ni para la profundidad de los personajes, que terminan enredados en un galimatías de persecuciones, chivatazos y ajustes de cuentas. Close enemies, que viene del Festival de Venecia, cuenta la historia de Driss (Reda Kateb) y Manuel (Matthias Schoenaerts), que crecieron como mejores amigos de la infancia y que terminaron emprendiendo caminos enfrentados. Con el tiempo, mientras Manuel elige el camino de la delincuencia y el crimen organizado, Driss se convierte en policía del departamento de estupefacientes. Ahora son enemigos pero también aliados. El juego permanente de desconfianzas y delaciones genera extrañas alianzas y Oelhoffen aprovecha Close enemies para tantear esos territorios difusos entre el crimen y la ley.

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