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Crónica de un festival anunciado, días 4 y 5

Obra sin autor, de Florian Henckel von Donnersmarck

Después de ocho años de silencio, el alemán Florian Henckel von Donnersmarck (La vida de los otros) regresa a las pantallas con Obra sin autor, una película monumental, ambiciosa, que arroja un resultado desigual a lo largo de sus más de tres horas de metraje. Si bien en ocasiones mantiene el pulso con mucho brillo y alimenta el interés, por momentos desfallece, pierde sangre y deja flecos sueltos. Obra sin autor cuenta las andanzas del artista alemán Kurt Barnert (Tom Schilling) desde su infancia en Dresde durante el Tercer Reich hasta su madurez en la República Federal Alemana durante la guerra fría. Un magnífico Sebastian Koch en su papel de villano salva los muebles de la trama y el ritmo decae cada vez que su personaje desaparece. Koch interpreta a un ginecólogo nazi llamado profesor Seeband que defiende la eugenesia y que aprende a mantenerse a flote después de la caída de Hitler. Obra sin autor es, además de un ejercicio de memoria y de indagación psicológica a través del arte, una complicada historia de amor. Ahí está el papel de Paula Beer y la presencia siempre espinosa de la maternidad.

El guión, escrito por el propio Florian Henckel von Donnersmarck, establece un paralelismo entre el tradicionalismo pictórico del régimen nazi y la doctrina artística de la República Democrática Alemana. Ambos órdenes políticos repudian la creación abstracta y la consideran una exaltación de la individualidad y un menosprecio a la tradición del pueblo —el Tercer Reich— o a la clase trabajadora —la RDA—. El personaje del profesor Seeband contribuye a cimentar ese paralelismo y representa de algún modo la capacidad de adaptación de la clase dirigente, que sabe mantener su poder intacto a pesar del cambio de régimen. Por el camino, el artista Kurt Barnert mantiene la búsqueda de un estilo propio que no se someta al realismo social del comunismo ni a los desvaríos vanguardistas de la Alemania capitalista. El propio director explica que su película es un alegato a favor de la libertad artística por encima de las doctrinas políticas. Y que esta historia muestra de qué manera las heridas personales se reflejan en la pintura.

Idrissa, crónica de una muerte cualquiera, de Xavier Artigas, Xapo Ortega

Xavier Artigas y Xapo Ortega levantaron una considerable polvareda en 2013 con su documental Ciutat Morta, y ahora estrenan en el Festival de Sevilla un nuevo trabajo de denuncia social. Idrissa, crónica de una muerte cualquiera es una investigación sobre Idrissa Diallo, un joven de Guinea que murió a los 21 años después de haber sido ingresado en un Centro de Internamiento de Extranjeros. Los autores del documental encuentran a la familia de Idrissa, localizan el cadáver y remueven el cielo y la tierra con el objetivo de repatriar los restos del joven para que reciba una digna sepultura en su tierra de nacimiento. Se trata, por lo tanto, de una búsqueda, pero también de una crítica a la política de extranjería y a los absurdos mecanismos burocráticos del Estado convertidos en racismo institucional. Las imágenes de Guinea se mezclan con entrevistas, llamadas telefónicas y audios de Whatsapp que van dando cuenta de las dificultades del proceso, de las trabas administrativas y de otros pormenores del proceso que llaman a la sospecha. La desaparición de los vídeos del CIE. Las declaraciones calcadas de los testigos. La demora en la atención sanitaria. Demasiados puntos negros en un caso que sirvió para poner en la diana la crueldad de las políticas de extranjería.

Precisamente, las políticas de extranjería han ocupado un espacio de fuerza simbólica en el Festival de Sevilla. Los realizadores han ofrecido una rueda de prensa junto a una silla vacía en representación de Yakouba Diallo, hermano de Idrissa, a quien la embajada española en Guinea ha denegado el visado. A pesar de que cuenta con la invitación de diversas instituciones, las autoridades españolas han considerado que el guineano no justificaba el motivo de su viaje y en consecuencia no tenía derecho a presentar el documental que él mismo protagoniza. El propio festival ha denunciado el veto y se ha sumado a la petición de la productora Metromuster, que exige una rectificación al Gobierno español para que Yakouba pueda participar en las presentaciones futuras del documental. Xavier Artigas y Xapo Ortega, que han ofrecido un coloquio con los espectadores, explican que este veto representa precisamente un ejemplo de lo que pretenden denunciar con su obra, la xenofobia convertida en herramienta administrativa contra los extranjeros.

Ruben Brandt, Collector de Milorad Krstić

Cine de animación de altos vuelos. A pesar del guión enrevesado y de las persecuciones interminables, la historia se mantiene en pie con una atmósfera onírica llena de matices, de chispazos cómicos, de referencias artísticas y de guiños vanguardistas. Trece conocidas pinturas del arte universal atormentan en sus sueños al psicoterapeuta Ruben Brandt, cuyo nombre evoca a Rubens y a Rembrandt a partes iguales. Sus propios pacientes, en tratamiento por diversas formas de cleptomanía, se embarcan en un plan disparatado para ir robando por los museos del mundo cada uno de esos trece cuadros y ofrecérselos a Brandt. Así es como Mimi, la ágil y seductora ladrona de abanicos, se une a Bye-Bye Joe, Membrano Bruno y Fernando en una delirante aventura criminal. Entretanto, el detective privado Mike Kowalski se propone atrapar a los ladrones mientras las mafias se interesan de pronto en las virtudes crematísticas del arte. Ruben Brandt es ahora “El Coleccionista”, el hombre más buscado del mundo. El resultado de este cóctel se parece mucho a un episodio viajero de Carmen Sandiego pasado por LSD. Milorad Krstić es capaz de mezclar El nacimiento de Venus de Sandro Botticelli con versiones jazzeras de Britney Spears, Alfred Hitchcock con René Magritte, Ludovico Einaudi con Edward Hopper. Y todo esto sin que le tiemble el pulso. Muy recomendable este vuelo lisérgico por el mundo del arte y sus paisajes coloridos llenos de personajes cubistas de ojos amontonados y facciones geométricas. Nunca un cine y un museo se parecieron tanto.

Buenos vecinos, de Hafsteinn Gunnar Sigurðsson

Si hay una película que merezca la etiqueta de tragicomedia negra, es la islandesa Buenos vecinos. El arranque ya establece el tono entre hilarante y dramático que gobernará todo el filme en una espiral de destrucción recíproca entre dos familias. La disputa vecinal dejará la guerra entre capuletos y montescos en una inofensiva pelea de patio de colegio. Todo empieza cuando una mujer descubre un vídeo pornográfico casero protagonizado por su marido junto a otra mujer. El hombre se ve obligado a abandonar su casa y se traslada a la casa de sus padres, que están inmersos en una acalorada discusión con sus vecinos a cuenta de la sombra que proyecta el árbol del jardín. A partir de este episodio nimio, se desata una escalada de venganzas cada vez más imaginativas y despiadadas. La película explica a partir de una situación absurda el sinsentido del odio entre los seres humanos, la incapacidad para resolver conflictos, nuestra tendencia estúpida a la autodestrucción. La fotografía es discreta, casi de vídeo amateur, y el guión es eficaz, con algunos personajes memorables y una capacidad innegable para atrapar al espectador. Eso dicen, al menos, las risas que se escuchan en la sala.

Vivir deprisa, amar despacio, de Christophe Honoré

Viene de la Sección Oficial de Cannes y ahora llega a Sevilla para disputar el Giraldillo de Oro dentro de la Sección Oficial del festival. Vivir deprisa, amar despacio nos planta en París en 1993 entre conciertos de Suede, canciones de Noir Désir y proyecciones de El piano. Arthur (Vincent Lacoste) es un estudiante bretón que se involucra en una historia de amor con fecha de caducidad junto a Jaques (Pierre Deladonchamps), un escritor afectado de VIH que va tomando conciencia de su propio fin con el avance de la enfermedad. La película, precisamente, juega con ese contraste entre el joven que despierta a la vida y el hombre moribundo que no puede permitirse el lujo de hacer planes de futuro. Con el telón de fondo del sida, la convalecencia en el hospital, los tratamientos médicos y la proximidad de la muerte, Christophe Honoré habla del amor como salvación. La música y el baile se convierten en la celebración del aquí y el ahora en esta película de ritmo pausado y tono melancólico. A pesar de conseguir algunos momentos aceptables, a Vivir deprisa, amar despacio le falta pegada y cae en el aburrimiento.

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