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Crónica de un festival anunciado, días 6 y 7

La casa de Jack, de Lars von Trier

El director danés Lars von Trier tiene la extraña capacidad de fascinar y al mismo tiempo exasperar a sus espectadores. Lo ha vuelto a hacer en su último trabajo. Con esa cámara inquieta que caracterizó Dogma 95, La casa de Jack reflexiona acerca de la belleza y del mal a través de la vida de un asesino en serie. Jack (Matt Dillon) resume sus andanzas criminales en cinco incidentes significativos, la mayoría de los casos asesinatos de mujeres que terminan siendo víctimas de su propia ingenuidad. Por otra parte, Bruno Ganz interpreta el reverso moral de Jack, un hombrecillo omnipresente y dispuesto a comprender los motivos que guían a un sociópata narcisista y violento obsesionado con construir su propia casa.

Lars von Trier adopta aquí un tono de comedia negra más cercano a Tarantino que a los Coen y no escatima en perversiones y explicitudes. La casa de Jack ha escandalizado, si es que todavía alguien no conoce al director danés, y ha obligado a levantarse de las butacas a los espectadores más aprensivos. El ritmo es trepidante y no decae a pesar de sus más dos horas y media de metraje. Después de un extenso repertorio de impunidades escabrosas, la película se despeña en un tramo final alucinante que abusa de lo metafórico pero que satisfará a quienes gusten de los golpes de efecto. Una vez más, Lars von Trier comete excesos gratuitos y juega al malabarismo fácil de la provocación, pero no deja en ningún momento de resultar interesante. Mención aparte merecen los interludios filosóficos que estructuran el filme y que deconstruyen la mentalidad retorcida de su protagonista. El más reseñable, sin duda, apela a las barbaridades del nazismo y plantea una reveladora divagación nietzschiana sobre una humanidad hecha de tigres y corderos.

Leto - Summer, de Kirill Serebrennikov

La presentación de Leto en Cannes dio lugar a titulares sobre la extravagante circunstancia de que su director, Kirill Serebrennikov, no pudiera asistir al festival porque se encontraba en Moscú bajo arresto domiciliario. Aunque la detención forma parte de una investigación sobre una trama corrupta, los opositores a Putin han denunciado el carácter político de la redada y señalan como motivo la postura crítica del cineasta con respecto al gobierno. Sea como sea, Leto es más que un biopic de los músicos rusos Viktor Tsoi (Teo Yoo) y Mayk Naumenko (Roman Bilyk), más que una radiografía de la escena musical de Leningrado en los ochenta. Evocadora, naíf, lírica y gamberra, esta película de Serebrennikov transita del blanco y negro a los fragmentos en color, de la estética de vidoeoclip al musical, siempre vacilando entre la nostalgia y el surrealismo.

Debajo de esta celebración del rock y del punk, emerge un triángulo amoroso alrededor de Natalia (Irina Starshenbaum) y una historia de amistad y juventud, de creación y de desafío a la autoridad. Importa poco la narración más allá de la tensión casi inofensiva entre un músico consolidado y un músico recién llegado y dispuesto a conquistar la fama. Lo que consigue Leto es crear escenas llenas de energía con el pretexto invencible de la música, da igual que sea en el escenario de un club de rock o en una excursión en la playa. Los personajes componen canciones, escuchan discos de Lou Reed o de David Bowie y sueñan con ser como los Sex Pistols. Uno de los jóvenes que pululan por la pantalla ejerce de coro trágico y cada cierto tiempo interpela directamente al espectador con el lema “esto no ocurrió”. La realidad, nos dice Serebrennikov, no siempre es como la recordamos. Al menos en el cine, la realidad también puede ser como la quisimos imaginar.

23 disparos, de Jorge Laplace

Dentro de los actos del Festival de Sevilla, la gala de premios Imagenera ha otorgado el galardón de este año al documental “23 balas” de Jorge Laplace, que reconstruye el asesinato del joven trabajador y sindicalista malagueño Manuel José García Caparrós en la manifestación andalucista del 4 de diciembre de 1977. Las propias hermanas de García Caparros han recogido el trofeo entre aplausos y peticiones de verdad y reparación. Laplace utiliza al ex inspector de policía Juan Antonio O’Donnell como hilo conductor de las pesquisas. La cámara salta de una pista a otra hasta llegar a los testimonios hasta ahora inéditos de los policías que participaron en las cargas homicidas de aquel emblemático 4-D.

A ritmo de thriller detectivesco, Laplace recompone un puzzle desconocido pero también acallado por las autoridades, que convirtieron aquel crimen en un secreto de Estado y que todavía hoy mantienen información clasificada y denegada a la familia. 23 disparos es un documental sobre la emergencia de la bandera rojiverde y sobre aquella histórica manifestación a favor de la autonomía de la nación andaluza, pero también es una alerta sobre las trampas de la Transición y sobre el drama de las hermanas García Caparrós, que en muy poco tiempo y a causa del dolor de aquel crimen, perdieron también a sus padres.

Pearl, de Elsa Amiel

Digna ópera prima de la directora francesa Elsa Amiel, que se ha pasado por el Festival de Sevilla para presentar una historia de superación personal y maternidad con el trasfondo del fisioculturismo femenino. La narración es deshilachada, más basada en situaciones que en la cohesión argumental, pero esta debilidad queda de sobra compensada por la factura técnica, la espectacularidad de los cuerpos y la poderosa expresión de la protagonista, Léa Pearl (Julia Föry). Pearl, una culturista concentrada en los preparativos de la competición por el título de Miss Heaven, recibe la visita de su ex pareja, un buscavidas que viene acompañado del hijo común que ella había abandonado. En otro plano, se resuelve la relación de Pearl con su entrenador y la relación de su entrenador con otra culturista de edad más avanzada. Elsa Amiel nos habla de la fragilidad y del sacrificio, del esplendor y del declive del cuerpo, de los sueños y las frustraciones en ese universo desconocido del culto al músculo. 

Joy, de Sudabeh Mortezai

Joy (Anwulika Alphonsus) es una mujer nigeriana que se prostituye en las calles de Austria bajo la tutela de una despiadada madame. Mientras intenta reunir el dinero que salde la deuda con sus proxenetas, ayuda y protege a la joven recién llegada Precious (Mariam Sanusi). La novata acaba de aceptar en Nigeria el tradicional ritual juju y se ha convertido en una esclava más del tráfico de personas. Con esta premisa de apariencia sencilla, la directora Sudabeh Mortezai se impuso en los premios BFI y llega ahora a la sección oficial del Festival de Sevilla con vocación de denuncia social. Es una historia bien contada aunque en ocasiones maniquea y ligeramente sobreactuada —se delata la presencia de actores no profesionales—. En cualquier caso, hay que alabar el buen oficio Mortezai a la hora de desnudar los mecanismos perversos de la captación de esclavas sexuales y el círculo vicioso que termina convirtiendo a las víctimas en potenciales explotadoras. Joy, en definitiva, pinta un emotivo fresco de la comunidad nigeriana que se mueve en la clandestinidad y malvive sometida a una rutina de chantajes, amenazas de deportación, giros postales y dormitorios compartidos.

Dovlatov, de Alexey German Jr.

Alexey German Jr. nos cuenta la anodina historia del escritor y periodista Sergei Dovlatov (Milán Maric) y sus vagabundeos por Leningrado en 1971 antes de sus viajes a Estonia primero y a Nueva York después. Al margen del interés histórico en los personajes reales y en una época no tan lejana del comunismo soviético, la película recrea las dificultades de Dovlatov para publicar una obra a causa de su escasa adhesión a la URSS y de sus textos irónicos. Junto al personaje de Dovlatov, el guión de Alexey German Jr. recupera la figura del Premio Nobel de Literatura Joseph Brodsky (Artur Beschastny) en los días previos a su exilio en Estados Unidos. Lo más interesante de la película, sin duda, es la fotografía amarillenta de Łukasz Żal (Ida) y la atmósfera subterránea de la música jazz, además del trabajo de Elena Okopnaya en el vestuario y la ambientación. Por lo demás, el filme se desarrolla de forma errática, más bien plana, y no logra despertar la mínima emoción. En un momento de desesperación, Dovlatov expresa sus penas en una frase muy reveladora: "Todo esto es absurdo y no creo que termine nunca". Esta frase sintetiza con bastante precisión tanto el argumento de la película como la experiencia del espectador.

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