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Sueño luso en París

 

Portugal ha ganado contra todo pronóstico una Eurocopa marcada por la igualdad, el agotamiento colectivo y la falta de vistosidad en el juego. Carencias generales que, en parte se han visto solapadas por la aparición de agradables sorpresas como Islandia o Gales, así como el triunfo luso en París. En la segunda ciudad del mundo con mayor número de portugueses después de Lisboa.

 

 

En una clase táctica magistral de su entrenador Fernando Santos, el combinado portugués ha sabido maximizar sus virtudes, minimizar sus defectos mediante un gran trabajo colectivo y aprovechar sus oportunidades para ganar el torneo. Hecho que en la final ha sido posible gracias a la solidaridad de un equipo que ha perdido a su referente por la lesión de Cristiano Ronaldo y que superó los envites franceses merced a las paradas de Rui Patricio.

No han bajado los brazos en ningún momento. Conscientes de que los penaltis no eran un mal premio, la moneda al aire les salió cara ante Polonia, tendrían alguna oportunidad para aplicar la guillotina en suelo francés. El ejecutor inesperado fue Eder, un delantero con un rol relativamente marginal durante el campeonato, pero al que Fernando Santos incorporó para oxigenar y alargar al equipo. Moutinho entró anteriormente para intentar retener el balón, Eder para pelearlo en el lejano continente que suponía el área gala.

Francia apostó por el músculo, empujado por la arrolladora presencia física de su centro del campo, encarnado en las virtudes de Sissoko. Un futbolista que ha descendido con en Newcastle y que ha eclipsado a Pogba, el jugador por el que parece que el Manchester United romperá todos los récords con un millonario traspaso. Ausente Payet tras su lance con CR7, Griezmann merodeó el gol en dos ocasiones, mientras que Giroud se fajaba con un inexpugnable Pepe. Gignac, el jugador al que Bielsa adelgazó físicamente y mejoró competitivamente, antes de firmar por los dólares mexicanos, tuvo el título en sus botas. Sin embargo, su remate se marchó al poste. Tuvo la gloria tan cerca como Guivarch en 1998 pero ninguno acaparará titulares en la historia del fútbol francés.

El miedo a no perder marcó la prórroga, contexto en el que Portugal aprovechó para estirarse. Antes, la dupla Nani y Quaresma, eternas promesas del fútbol luso al que les pesó demasiado el sambenito de ser los sucesores de Figo y a los que el huracán Ronaldo ha empequeñecido sus carreras, rozaron al tanto. Raphael Guerreiro, uno de los futbolistas del combinado dirigido por Santos que ha nacido en suelo francés, envió un perfecto lanzamiento de falta al larguero. Lloris había reaccionado tarde, la madera le salvó. Poco después, no hubo clavo ardiendo al que agarrarse.

 

 

Eder, el invitado sorpresa, aquel que acudió a la fiesta a última hora, sin un papel definido para el espectador, pero perfectamente claro para su técnico, se elevó a los altares. Los mismos desde los que Charisteas y Rehhagel expulsaron en la cita de 2004. En esta ocasión, la historia se repetía, pero Portugal por fin encontraba su recompensa. Eder, que hasta ahora presentaba unos números más que discretos con la selección y que ha salvado su curso tras marcar seis tantos en trece encuentros con el Lille, se giraba ante la pasividad de Umtiti. El nuevo central del Barcelona asistía al movimiento del delantero portugués, sin pensárselo, enganchó un lanzamiento que sorprendió a Lloris. Gol. Once minutos por delante, tan cerca y tan lejos.

Con Santos gestionando emociones desde el minuto cero, llevando a un grupo relativamente limitado al título, Cristiano Ronaldo emergía en el papel de líder. Cojo, al borde del llanto, histriónico, animaba a sus compañeros desde la banda. Enfrente, Francia como un púgil desnortado. El golpe resultaba tan inesperado como letal. Martial era la última bala de un equipo que tenía en casa por lesión a Varané, Shako o Laporte para apuntalar su retaguardia, a Valbuena y Benzema por un turbio asunto extradeportivo y a Gameiro por decisión técnica.

 

 

Deschamps había sido valiente apostando por Coman y dando galones a Griezmann, había optado por dejar fuera al delantero sevillista. Prefería un nuevo puro y abrir el campo. Se ha estrellado con sus ideas, contra Rui Patricio y Pepe y sin que sus estrellas principales apareciesen en la final.

No cabe duda de que Griezmann ha sido uno de los mejores futbolistas de todo el torneo, el más destacado de Francia sin duda. En la final, ha bordeado de nuevo el gol, pero tras el tanto luso ha desaparecido. Sin apenas tocar el balón, el extremo del Atlético y Pogba se han difuminado por completo. Exhaustos en lo físico y aturdidos en lo emocional, Saint Denis asistía a lo imposible. Portugal, que ha practicado un fútbol rácano durante todo el torneo, sin Cristiano Ronaldo y con una generación de futbolistas netamente inferior a las que tenía 15 años atrás, se convertía en campeona de Europa en París.

 

 

En los últimos minutos, el shock galo y el otro fútbol portugués, han posibilitado que los de Deschamps fueran incapaces de acabar el partido en el área de Rui Patricio. Con el pitido final se acababan los sinsabores portugueses.

 

La semilla de Arabia Saudí en 1989

De la manera más inesperada como suelen llegar en ocasiones los premios a un largo trabajo. Y es que la labor de la federación lusa comenzó hace casi treinta años, después del fiasco en el Mundial de México, y tenía como objetivo establecer un trabajo de formación que permitiese al fútbol portugués tener una continuidad. En definitiva, contar con un método que le asegurase su presencia en los grandes campeonatos por encima de la presencia de individualidades puntuales como Eusebio, la generación que alcanzó las semifinales de la Eurocopa de 1984 o el volcánico talento de Paulo Futre.

El título cosechado en París supone la culminación de una obra que ha tenido muchos arquitectos. Los primeros frutos llegaron en 1989 con la conquista del Mundial juvenil disputado en Arabia Saudí. Con Queiroz como técnico y Joao Pinto como gran estrella -contratado después por Gil para el filial del Atlético a golpe de talonario- un grupo formado en el que estaban Couto, Folha, Paulo Sousa o Paulo Madeira dejó sus credenciales ante el planeta futbolístico. En la final superaron a la Nigeria de Mutiu, que asomaba también por primera vez y que durante los noventa ocuparía un papel destacado en los grandes torneos.

 

 

Joao Pinto tenía 17 años en 1989, hecho que le permitió disputar también el Mundial juvenil de 1991. Una cita en la que Portugal fue la anfitriona y de nuevo bajo la dirección de Queiroz reunió a su particular generación de oro. Figo, Rui Costa, Abel Xavier, Jorge Costa, Capucho o Tulipa se proclamaron campeones venciendo a la Brasil de Elber o Roberto Carlos en la final.

Una camada de futbolistas que pronto se incorporó a la absoluta, siempre con la visión de un juego alegre, que combinaba contundencia defensiva con una gran capacidad para acumular talento en la medular y las bandas. Las grandes carencias, sin embargo, estaban en la portería donde Baía tenía más fama que talento y el puesto de delantero centro. Fuera del Mundial de 1994 en plena transición, la primera gran oportunidad de su generación de oro fue la Eurocopa de 1996. El verano en el que se hizo efectiva la Ley Bosman, posibilidad que aprovecharon muchos de ellos para salir de la Liga lusa.

Un gol del checo Poborsky, con su particular remate de cuchara, les dejó contra pronóstico fuera en cuartos de final del torneo inglés. Las expectativas eran altas, al igual que las decepciones, como volver a estar ausentes del Mundial del Estado francés en 1998. Una rigurosa expulsión de Rui Costa en la fase de clasificación fue tan determinante como protestada. Era la irregularidad portuguesa, una característica intrínseca a su fútbol. Una constante repetida pero que en la Euro de 2016 ha quedado hecha añicos. En gran parte, por el grandísimo trabajo de Fernando Santos, en la pizarra, el vestuario y la mente de sus futbolistas.

Portugal se ha tomado cumplida revancha de la dolorosa derrota que le supuso la semifinal del torneo de 2000. Entonces, la Francia de Zidane les dejó fuera de la final tras un penalti por mano de Abel Xavier. El equipo dirigido por Humberto Coelho, que había incorporado nuevas figuras como Vidigal, Sergio Conceiçao, Pauleta, Costinha o Sa Pinto -que años antes había sido apartado de la selección por agredir al técnico Artur Jorge, demostrando ser una seria candidata al título. Fue su penúltima oportunidad.

 

 

El golpe contra Grecia

Pese a eliminar a Holanda en la fase de clasificación, el combinado entrenado por Antonio Oliveira ofreció una lamentable imagen en el Mundial asiático de 2002. Eliminados en la primera fase en un grupo teóricamente asequible con Polonia, EEUU y la anfitriona Corea del Sur. La agresión de Joao Pinto a un árbitro en uno de los encuentros terminaba por poner la nota negativa a una participación desastrosa.

Consciente de la importancia de organizar la Eurocopa de 2004 en su territorio, la federación lusa no escatimó en gastos. Contrató a Luiz Felipe Scolari, entrenador que había hecho de una Brasil forjada en el cemento armado y la pegada de Ronaldo Nazario campeona del mundo, con la misión de levantar el trofeo.

Al tiempo, un joven técnico llamado José Mourinho, a quien durante su paso por el Barcelona se le ridiculizó acusándole de ser el traductor de Robson, comenzaba a acumular títulos con el Oporto. Primero la UEFA, luego la Champions. Con un bloque fortísimo, su futbolista estrella era Deco, un centrocampista brasileño que no había triunfado en el Benfica, nacionalizado portugués y desechado por la canarinha. Pese a la polémica que suscitó el tema, la federación lusa no dudó en convocarlo. Al igual que luego haría con Derlei y Pepe.

Una secuencia que temporalmente está unida a la aparición de un nuevo talento llamado Cristiano Ronaldo. El nuevo Figo decían. Un futbolista de excesiva floritura, de un regate de más y que llamaba la atención por su peinado. Eso era en la apariencia, un diamante por pulir. Y Sir Alex Ferguson supo verlo, hasta convertirlo en el mejor jugador de la Premier, después Mourinho perfeccionaría el producto en su millonario y rudimentario Real Madrid.

Con la generación de oro afrontando su última oportunidad, Deco, Tiago, Maniche, Simao, Paulo Ferreira y el propio Cristiano Ronaldo suponían un relevo de garantías. Scolari contaba con un bloque perfectamente capaz de ganar el torneo. Superó la primera fase contra Grecia, Rusia y España, mientras que la lesión de la entonces emergente estrella Wayne Rooney cambió el partido de cuartos ante Inglaterra. En los penaltis, se agrandó la figura del discutido portero Ricardo. Beckham falló el suyo mientras que el meta luso además de parar fue capaz de transformar su propio lanzamiento.

 

 

Cristiano Ronaldo crecía como nueva referencia en el ocaso de Figo y Maniche enganchaba un golazo espectacular en la semifinal ante Holanda. En la otra parte del cuadro, una soprendente Grecia eliminaba a Francia primero y a la República Checa después. El conjunto centroeuropeo, el mejor equipo de aquel torneo, pagó en exceso la falta de Pavel Nedved. Los helenos, tenían las ideas claras, solidez defensiva, capacidad de trabajo y gran efectividad en las jugadas de estrategia. Y así se llevaron el título. Sorprendiendo a Portugal en su campo.

La decepción fue total y las lágrimas de Cristiano Ronaldo pasaron a la historia. Al igual que lo han hecho en la final de París al ver que no podía continuar tras la entrada de Payet. 12 años han separado ambas imágenes, tiempo en el que ha tardado Portugal en conseguir el título. Culminar un trabajo bien hecho. Sorprendente sí, casualidad no.

En 2006, la particular generación lusa entonó su canto del cisne llegando a las semifinales del Mundial de Alemania, siendo de nuevo eliminadas por Francia. En la Euro de dos años después, ya con CR7 como estrella indiscutible, fue Alemania la que les dejó en la cuneta. En la cita de Sudáfrica en 2010, la campeona España les apeó en octavos tras un igualadísimo encuentro. Los hispanos fueron también sus verdugos en la tanda de penaltis de las semifinales de la Euro de 2012.

 

 

De menos a más en el torneo

Vislumbrando sus participaciones en las dos últimas décadas, en las últimas cinco Eurocopas, Portugal ha sumado un título, ha disputado otra final, dos semifinales y en otras dos ocasiones se ha quedado fuera en cuartos de final ante un futuro finalista. Son los números de un gran equipo, que ha sabido gestionar varias transiciones y combinar vestuarios equilibrados entre nuevos talentos y futbolistas veteranos.

Lejos de partir con la etiqueta de favoritos, Portugal giraba en torno a Cristiano Ronaldo. Una pésima primera fase en la que no ganaron ningún partido, empatando con Islandia, Austria y Hungría no invitaba al optimismo. Menos lo hizo su partido de octavos ante Croacia, uno de los peores del torneo, pero su agónico tanto en la prórroga les valió el pase para los cuartos. Allí, de nuevo, tensaron la cuerda hasta jugársela a los penaltis con Polonia. Rui Patricio detuvo el lanzamiento de Kuba y metió a su equipo en semis.

La baja de Aaron Ramsey mediatizó completamente las opciones de Gales en la antesala de la final. El miedo a perder de ambos equipos fue notorio, además de los problemas del equipo de Coleman en la creación debido a la ausencia del futbolista del Arsenal, por lo que las individualidades iban a decidir el partido. Así emergió el fabuloso remate de Cristiano Ronaldo a la salida de un córner. Los dragones acusaron el golpe y apenas tres minutos después Nani sentenció el partido. Bale lo intentó con más orgullo que acierto pero Portugal ya estaba en la final.

Una cita en la que Francia acudía con la etiqueta de favorita tras haber ido de menos a más y eliminar a Alemania en semis. Con miles de gargantas destinadas a cantar La Marsellesa, el escenario era propicio para renovar las fotografías de 1984 o 1998. Nada más lejos de la realidad, les bleus han sido superiores pero Portugal ha sabido ganar. Una partida de ajedrez en ausencia de su rey, un peón como Eder ha sido la pieza determinante.

 

 

Un ingeniero en el banquillo

El responsable, Fernando Santos. Conocido como «el ingeniero de Penta» debido a sus estudios, fue un antiguo jugador del Estoril que ha desarrollado toda su carrera como entrenador a caballo entre Grecia y Portugal. En su país ha dirigido al propio Estoril, Estrela Amadora, Oporto, Sporting de Lisboa y Benfica. Mientras que en suelo heleno fue el técnico del AEK, Panathinaikos y PAOK de Tesalónica. En 2010 le llegó la oportunidad de dirigir a la selección griega, obteniendo grandes resultados. En la Euro de Polonia y Ucrania alcanzó los cuartos de final, mientras que en el Mundial de Brasil llegó a octavos.

Unas credenciales que le sirvieron para convertirse en el nuevo director técnico del combinado luso en agosto de 2014. Veterano, tiene 61 años, ha logrado tocar el cielo y ser profeta en su tierra. Decisivo a la hora de dirigir a su equipo, ha sabido exprimir al máximo a un grupo sin excesivo talento pero con las ideas muy claras. Portugal no ha jugado a gustar, ha buscado ganar y lo ha conseguido. Tendrá todos los matices posibles, desde su floja primera fase hasta la entidad de sus rivales en la escalera hacia la final, pero ha sido en el momento clave en el que ha superado todas las expectativas.

Durante la competición ha empleado siete alineaciones distintas, en función del rival, las necesidades propias, los diferentes estados de forma de sus futbolistas e incluso las sanciones. Su apuesta por jugadores como Renato Sanches, William Carvalho o Guerreiro ha tenido premio. No era algo sencillo, ya que hay que tener en cuenta que para completar la lista de 23 ha tenido que tirar de futbolistas como Ricardo Carvalho, Bruno Alves o Eliseu, cuyas mejores épocas hace tiempo que pasaron.

Con todo en contra, partiendo como víctima propiciatoria y perdiendo a Cristiano Ronaldo, Portugal ha entonado su fado más emotivo. En suelo francés, allí donde viven más de un millón y medio de lusos -Lopes, Guerreiro y Adrien Silva son ejemplo de ello-, robándole la fiesta al anfitrión. Un título que cuenta con un mérito enorme, por inesperado.

 

Un torneo pobre en lo futbolístico

Ha sido la culminación de una Eurocopa decepcionante en lo futbolístico y con muchas aristas en lo social. En lo deportivo, ha supuesto la constatación de que la gran mayoría de jugadores de las selecciones favoritas al título llegan exhaustos. Con muchísimos partidos en las piernas, más de 50 por cabeza, y sin apenas poder desconectar del estrés de la temporada, llegan cargados en lo físico y con intención de economizar esfuerzos en lo mental.

 

 

Tácticamente, nadie ha propuesto grandes novedades, más allá de las innovaciones realizadas por Guardiola en el Bayern que ha adoptado Löw para Alemania. Fernando Santos, Antonio Conte y Chris Coleman han sido los grandes triunfadores en los banquillos. El primero, campeón contra todo pronóstico, el transalpino por convertir a lo que llamaron «la peor selección italiania de la historia» en un grupo altamente competitivo y el galés literalmente haciendo historia. Tanto Conte como Coleman apostaron por defensas de tres con carrileros largos, siguiendo la línea implantada por Van Gaal en el Mundial de Brasil con Holanda.

Las dos últimas campeonas del mundo, Alemania y España, han entrado en fase de transición, más acusada por los hispanos. El conjunto germano ha pagado las ausencias de Lahm, Mertesacker y Klose, retirados de la selección, así como la lesión de Khedira ante Italia. Porque Schweinsteiger ya no está para grandes trotes. Las apariciones de Kimmich, Draxler, Emre Can o el casi inédito Sané invitan al optimismo en un equipo que deberá buscar un nueve fiable y un centro del campo dominador. La selección española, por su parte, asiste a un fin de ciclo más acentuado. Y es que deberá evidenciar si el periodo entre 2008 y 2012 fue algo único e irrepetible o se asienta definitivamente entre las mejores. Rehacer el puzzle después de hacer historia no es sencillo.

Fin del reinado español

Que ningún equipo vuelva a reunir el talento de Xavi Hernández, Xabi Alonso, Iniesta, Busquets, Casillas, Piqué, Ramos, Silva o Villa se antoja prácticamente imposible. Del Bosque ha intentado una transición ordenada que le ha explotado en las manos. Al margen de los desencuentros con Pedro o el propio Casillas, la falta de intensidad en los amistosos, las jerarquías excesivamente marcadas, la falta de liderazgo de las nuevas incorporaciones o las escasas variantes tácticas ofrecidas por el cuadro técnico han acabado por precipitar la eliminación. Ahora, la federación española debería decidir si sigue apostando por un modelo que le ha funcionado, el que importó de Portugal en los noventa, y que le ha servido para sumar multitud de títulos tanto en las inferiores como en la absoluta. O, por el contrario, hace caso a los consejos de determinado sector de la prensa, que haciendo caso a sus intereses particulares o de agenda, apuesta por entrenadores como Camacho o Caparrós.

 

 

Italia, el verdugo de España, tiene motivos para sonreír. Llegaba con un grupo cuestionadísimo, sin los lesionados Verratti y Marchisio y con los nacionalizados Motta y Eder. El bloque defensivo de la Juve con el veterano Buffon y la particular BBC azzurri compuesta por Bonnucci, Barzagli y Chiellini eran una garantía. Cimientos a los que se les ha unido el empaque del también veterano De Rossi y la versatilidad de Candreva, Parolo y Giaccherini. Arriba, Pelle se ha confirmado como un nueve solvente, dando continuidad a sus buenas actuaciones en la Premier.

 

Histórico batacazo inglés

No se puede obviar el enésimo fracaso de Inglaterra. Con una selección joven y talentosa, los de Hodgson se han estrellado. La derrota ante Islandia supone una de las mayores debacles de la historia del combinado inglés. Con Rooney jugando de mediocentro y Harry Kane sacando los córners, Inglaterra ha completo un torneo tan extraño como decepcionante. Tras su gran primer tiempo ante Rusia, los pross se han diluido cual azucarillo en un vaso de agua. Lastrados por sus errores defensivos, especialmente graves en el caso del portero Hart, su participación ha sido un ejercicio de impotencia. Nada le ha podido salvar. Marcados para siempre por su eliminación, el seleccionador dimitió esa misma noche. La FA parece haber iniciado un casting para encontrar entrenador en el que suenan nombres tan dispares como Klinsmann, Allardyce o Mancini. Con las instalaciones de Saint Andrews como base de operaciones, más les valdría establecer un proyecto estratégico con unas metodologías claras para después elegir el nombre del técnico. Alemania, España o Portugal son buenos ejemplos en los que fijarse.

 

 

Entre las outsiders, Bélgica y Croacia también han decepcionado, se esperaba más de ambas. Los red devils pagaron muy caro la falta de sintonía entre técnico y jugadores, así como sus errores defensivos. Las lesiones de Kompany primero y Vertonghen o Vermaelen después limitaron sus opciones, al tiempo que mostraban las carencias de Denayer o Jordan Lukaku. En Rusia 2018 la generación comandada por Hazard, De Bruyne, Courtois, Nainggolan, Witsel o Romelu Lukaku tendrá una nueva oportunidad.

La ajedrezada, por su parte, fue una de las sorpresas agradables de la primera fase, ganándole a España con su bloque de suplentes. Ivan Perisic se confirmó como un gran futbolista, mientras que nadie parecía contar con una dupla tan buena como la formada por Modric y Rakitic en la medular. Sin embargo, el tedioso partido ante Portugal supuso su eliminación, incapaces de generar juego, tuvieron que hacer las maletas en una dolorosa prórroga.

 

 

Islandia: Pequeño país, mérito enorme

El fútbol underground ha tenido en Islandia al equipo que le ha conquistado el corazón. Su historia será recordada durante mucho tiempo. Con poco más de 330.000 habitantes, casi el 10% de la misma se desplazó al Estado francés, han completado una gesta extraordinaria. El carácter de sus futbolistas, pasando de sorpresa a conjunto netamente fiable, incluida la victoria contra Inglaterra han supuesto una de las mayores sorpresas de la historia del fútbol. Francia acabó con un viaje espléndido, merecedor de un aplauso enorme. Siendo el protagonista principal de la democratización de la Eurocopa, por primera vez con 24 equipos y la primera de varias escuadras que en una cita de 16 difícilmente hubieran obtenido el billete.

 

 

En lo positivo también destacar a la afición de la República de Irlanda, capaz de mostrar una cara bien distinta a los incidentes provocados por los ultras rusos, ingleses, belgas, húngaros, polacos o ucranianos. El colorido y la actitud de la hinchada del trébol ha sido merecedora de elogios en todo el mundo. Sus vecinos del norte, por su parte, han triunfado con su hit «Will Grigg’s on fire». Canción que ha convertido en un auténtico mito a un futbolista que no ha jugado un solo minuto en todo el torneo.

Era la primera ocasión en la que cohabitaban en un gran campeonato y aunque se han seguido dando la espalda en general, cada una con su fiesta, se han vivido capítulos de los que se podría llama fútbol transicional. Un equipo unificado como en el rugby resulta impensable pero la presencia de McClean o Duffy, nacidos ambos en el Norte en el equipo de la República ya es un hecho de absoluta normalidad. Al igual que el concurso de jugadores de la comunidad republicana en las filas norirlandesas. Es el caso del portero McGovern, que departió amistosamente con Martin McGuinness después del encuentro ante Alemania. El ministro y miembro del Sinn Fein viajó al Estado francés a apoyar a ambas escuadras. En lo meramente deportivo, Michael O'Neill al norte y Martin O'Neill al sur han realizado un gran trabajo al mando de sus respectivos combinados.

La Euro de la extrema derecha

Los equipos del Este de Europa, al igual que los escandinavos -únicamente representados por Suecia- apenas han dejado huella. Hungría y Polonia se salvan, Rumanía y Albania no pasaron el corte de la primera fase aun dando la cara mientras que los fracasos de Rusia, Ucrania o la República Checa han sido mayúsculos.

Ha sido un torneo marcado por los asuntos extradeportivos. La seguridad era uno de los elementos prioritarios para el Gobierno galo, los ataques del pasado año marcaban la agenda. Los esfuerzos en el ámbito de la seguridad se han centrado en dicho ámbito, pero han surgido dos focos inesperados. Por un lado, las protestas contra la Reforma Laboral, saldadas con intervenciones contundentes por parte de la policía francesa. Hechos que han formado parte de un segundo plano de la agenda mediática europea pese a las miles de personas que se han manifestado en las calles.

Y es que el protagonismo se lo han llevado los incidentes provocados por los ultras de diferentes selecciones, marcados por su acentuado carácter de extrema derecha. No ha sido algo casual, es coherente con el momento político actual que vive Europa y el auge de diferentes movimientos de ultraderecha en todo el continente. Algo que se ha manifestado con los ataques verbales de Pegida a varios jugadores de la selección alemana o la simbología de algunos aficionados rusos, polacos, croatas o húngaros durante el campeonato.

 

 

Un fenómeno a tener muy en cuenta debido al contexto sociopolítico por un lado y por el hecho de que Bilbo será una de las sedes del torneo de 2020.  Mientras tanto, cuatro años por delante en los que Portugal ostentará el título europeo. Los lusos comenzarán su defensa en la Copa Confederaciones del próximo año en Rusia. Tiempo tienen para celebrar su inesperado y mayúsculo éxito.

 

Beñat Zarrabeitia

 

Fotos: Getty Images, Empics y AFP

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