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Un sendero de deseo a la catalana

Traigo hoy un término urbanístico de lo más sugerente. No sólo por la poética que evoca –que también–, sino por lo que representa. La verdad es que nunca había reparado en ellos hasta que un día topé con el nombre. Y desde entonces no se me pasan desapercibidos.

Están en todas partes. En barrios desperdigados, en pueblos pequeños y, sobre todo, en las grandes ciudades. Son esos caminos que se van haciendo poco a poco, con el paso continuado y casi inconsciente de personas anónimas que, sin saberlo, comparten una obra colectiva.

Son los senderos de deseo, y responden a la voluntad de no seguir la senda impuesta por un planeamiento urbanístico que, sin pensarlo demasiado, no cayó en la cuenta de que el trazado óptimo no era el dibujado. Es la respuesta ciudadana que opta por un camino mejor y se sale de la vía establecida.

Arquitectos y urbanistas saben que no hay manera de enterrar uno que ya ha sido abierto.

Debería saberlo también la clase política y aplicarlo al descomunal sendero de deseo que ha trazado la voluntad catalana. Se ahorraría mucho esfuerzo baldío.

(Imagen de la web Manos de Topo)

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