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Alberto-pradilla
A la espera de quién liderará la «regeneración», que no la ruptura

Nadie se atreve a pronosticar cuáles serán los resultados exactos del 20 de diciembre ni, sobre todo, qué alianzas podrán establecerse. Todo está abierto, aunque no tanto. Tras una larguísima legislatura de mayoría absoluta del PP y con el Estado español en medio de la crisis política más grave de los últimos 40 años, lo que decidirán las urnas será quién gestiona el recambio.

04/12/2015

La corrupción, los brutales recortes y el cuestionamiento del régimen de 1978 han erosionado el bipartidismo entre PP y PSOE, pero no han abierto el camino a la ruptura. Al final, lo que pasará definitivamente a la historia el 20D será el tradicional turnismo entre Génova y Ferraz, con el autonomismo del PNV y la extinta CiU como patas necesarias de «estabilidad». El surgimiento de Podemos y Ciudadanos pone al Congreso español en un escenario anómalo, pero no novedoso del todo. Ya en 1979 fueron cuatro (UCD, PSOE, PCE y CD, liderada por Manuel Fraga) las formaciones que se repartieron el peso en la cámara.

Aunque tocados, ni Mariano Rajoy ni Pedro Sánchez parecen lo hundidos que se vaticinó durante los últimos cuatro años. En el caso del presidente español, que ha convertido el «esperar a que escampe» en magistral técnica de aguante, ni la corrupción, ni los hachazos sociales, ni la imposición de una agenda que merma los derechos civiles más fundamentales han provocado que sea descabalgado del primer lugar en todas las encuestas. ¿Recuerdan a Bárcenas? ¿Las sedes del PP pagadas con dinero negro según los investigadores? ¿El rescate bancario de 2012 y el duro memorándum? Nada parece hacerle mella. Sí, pierde algunos apoyos. Pero en el caso de que continúe como inquilino de Moncloa, sería uno de los pocos jefes de Gobierno de la zona euro que sobrevive al ciclo de austeridad.

Rajoy es un tipo al que se suele caricaturizar. Y esta tendencia a minusvalorarle contrasta con el hecho de que siempre se ha mantenido a flote en los momentos más críticos. Siguió al frente del PP en 2004 tras perder las elecciones marcadas por el atentado del 11M, sobrevivió a las conspiraciones internas del congreso de Valencia en 2008 y ahora se juega lo que queda de su carrera en unos comicios en los que las encuestas le dan como ganador.

Si eso ocurre, continuar como jefe de Gobierno no dependerá de sí mismo. Hay ruido de sables en Génova, aunque nadie dará la cara hasta el día 21. Por el momento, negar la realidad, eludir el debate y dejarse agasajar en terreno amigo, como hace dos noches en el programa de Bertín Osborne, han sido cartas ganadoras. Que la discusión pública esté centrada en el nacionalismo español (con el proceso catalán marcando la agenda) y en la agenda securócrata que pasa a primer plano tras los atentados de París son elementos que juegan a su favor.

El caso de Pedro Sánchez ilustra también la supervivencia de un partido que, pese a seguir perdiendo apoyos, no termina de pasar a la irrelevancia e incluso gana poder político. La curva descendente iniciada con José Luis Rodríguez Zapatero y que Alfredo Pérez Rubalcaba no pudo frenar no ha llegado a su fin. Y, sin embargo, la sombra de la pasokización se disipa. Se puede dar la paradoja de que con los peores resultados en su historia, el PSOE termine liderando un Gobierno alternativo al del PP. Y todo ello con una estrategia de renovación cosmética que tiene como mayores hitos quitarse la corbata y envolverse en una inmensa bandera de España.

Para que el giro lampedusiano llegue a buen puerto era necesaria una tercera pata que renovase apariencia, pero garantizase que no se toca la sustancia. Ahí es donde aparecen Albert Rivera y sus Ciudadanos. Cumpliendo el sueño político de Rosa Díez e impulsado después de que la exlíder de UpyD rechazase coaligarse, el nuevo ojito derecho del establishment lleva un año de carrera fulgurante.

Si las cuentas de las encuestas cuadran, será él quien tenga en su mano quién se instala en Moncloa. Aunque no olvidemos que, a dos semanas de la cita con las urnas, muchas prospecciones suelen reflejar más un deseo que un análisis. Rivera dice que si no es el primero no entrará al Gobierno. También afirma que no apoyará a Rajoy, lo que desató rumores sobre la posible sustitución del cabeza de lista del PP por algún subordinado que fuese más «digerible» para Rivera. Más allá de cábalas interesadas, lo único claro que es que Ciudadanos es quien sostiene a PP y PSOE en Madrid y Andalucía, sus dos feudos más castigados por la corrupción. Y que lo hace sin perder su imagen de «renovación».

Para quienes ansían un acuerdo entre Rivera y Sánchez, un detalle que conviene tener en cuenta: Por ahora, la formación naranja solo ha apoyado a los partidos más votados.

El cuarto en discordia, que aspira a la remontada, llega un poco con la lengua fuera. Podemos fue quien, ante audiencias más mayoritarias, clamó que el rey estaba desnudo. Sin embargo, y pese a su «viaje al centro», que le ha llevado a renegar de conceptos como el de «proceso constituyente», la formación de Pablo Iglesias sigue a rebufo en las encuestas.

Es cierto que no da la sensación de agotamiento que proyectaba hace algunas semanas. Aquel cara a cara con Rivera en el programa de Jordi Évole, en el que la imagen del líder de Podemos quedó tocada, supuso un antes y un después. El problema está en que, casi hasta anteayer, se ha escuchado más sobre el culebrón entre IU y la formación morada que acerca de sus propuestas y, sobre todo, denuncias. La tragedia para el campo transformador español puede estar en un Alberto Garzón olvidado en el Grupo Mixto y un Iglesias que, pese a superar la barrera histórica de la izquierda, quede en tierra de nadie, incapaz siquiera de incidir en el triunvirato PP, PSOE, Ciudadanos.

En estos tiempos tan vertiginosos se llega a olvidar hasta el pasado reciente. Y lo cierto es que, durante estos cuatro últimos años, hubo un momento en el que el establishment temió claramente por su continuidad. No se puede olvidar, por ejemplo, el recambio exprés al frente de la jefatura del Estado.

Las urnas cambiarán seguramente el panorama político español para los próximos años pero, a medida en que la ruptura se aleja, parece evidente que en este 20D lo que está en cuestión es quién pilota la recomposición en Madrid.