Iñaki AZKUNA | 1943-2014

Adiós al alcalde que no dejó indiferente a nadie en el Botxo

Agustin GOIKOETXEA|21/03/2014
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Iñaki Azkuna

La noticia, esperada hace días, se confirmaba pasadas las 20.00. Iñaki Azkuna Urreta ha fallecido víctima del cáncer, a los 71 años. Rápidamente se sucedieron las condolencias, que fueron mucho más allá de Bilbo y que trascendieron al ámbito político. El hueco que deja la desaparición física del alcalde de Bilbo es difícil de calibrar, dada la dimensión que ha adquirido en sus 24 años en primera línea de la política de este país, primero como consejero de Sanidad (1991-1999) y después como primer edil de Bilbo (1999-2014).

Su carácter, sin duda, le ha granjeado el respeto de una parte de la ciudadanía pero también las críticas de otra, especialmente de aquellos que se han sentido atacados por el modo vehemente en que el fallecido ha defendido sus posturas conservadoras. Siendo consejero de Sanidad en sucesivos gobiernos de José Antonio Ardanza, Azkuna ya demostró que no tenía reparo alguno en encararse con quien pusiera en cuestión su gestión, ya fuera ante una protesta de los trabajadores de Osakidetza o en una comparecencia ante los medios de comunicación. Un conocido periodista vizcaino, ya desaparecido, encontraba rápidamente un titular buscándole las cosquillas en cualquier visita protocolaria a un pabellón remodelado del Hospital de Basurto.

Azkuna nunca tuvo pelos en la lengua y verbalizó lo que otros jelkides no se atrevían a decir en público. Por ejemplo, no ocultó que se sentía cómodo con los pactos con las fuerzas de obediencia española -añoraba los gobiernos PNV-PSE-, era capaz de posar con altos mandos militares, pactar con dirigentes del PP o dejar bien claro que no era independentista.

Su cercanía con la Casa Real española era tal que Juan Carlos de Borbón llegó a visitarle el 2 de marzo en su domicilio cuando era conocido que su estado no le permitiría estar presente en el Foro Global Spain 2014, celebrado en el Museo Guggenheim con el impulso del alcalde. «Nunca hablo de la Casa Real, ni para bien ni para mal», declaró en una ocasión Azkuna, aunque los gestos de cercanía mutuos eran muy evidentes.

Tampoco camufló su animadversión hacia la izquierda abertzale. Por ejemplo cuando después de la multitudinaria manifestación del 11 de enero pasado, convocada también por su partido, dijo que no había ido porque «con estos, ni a heredar». Para la historia queda que fuera elegido alcalde el 4 de julio de 1999 gracias a los votos de los cuatro ediles de Euskal Herritarrok.

El PNV no pasaba sus mejores momentos y concurría en coalición con EA, pisándole los talones el PP de Antonio Basagoiti. Para gobernar, trenzó un pacto con el díscolo exalcalde José María Gorordo, líder de Iniciativa Ciudadana Vasca (ICV), y partir de ahí comicio tras comicio -en dos ocasiones ayudado por el apartheid- incrementó los apoyos a su lista. En 2011, pese al retorno de los candidatos independentistas a la liza electoral, logró el mejor resultado jeltzale desde 1979, con 15 concejales y un 44,12% de los votos.

Con la makila hasta el final

Para entonces la enfermedad había hecho mella en el médico metido a político, que no se arredró ante ella. A las complicaciones se sumó, en setiembre de 2012, el fallecimiento de su esposa. A pesar de que su delicado estado de salud era un secreto a voces, no fue hasta 2013 cuando su actividad pública se vio afectada por la evolución del cáncer de próstata del que fue intervenido en 2003. A final de abril, se dispararon todas las alarmas, las secuelas de los severos tratamientos terapéuticos obligaban a concatenar tres intervenciones quirúrgicas en menos de tres meses.

El 14 de junio reapareció fugazmente en AlhondigaBilbao en la clausura del Foro Mundial de Alcaldes, que, en su condición de ``Mejor Alcalde del Mundo'', presidió junto a Felipe de Borbón. Poco duraron los efectos de ese ejercicio de marketing político -acompañado de una extensa entrevista en su periódico de cabecera-, pues Azkuna tuvo que volver a ingresar en el Hospital de Basurto para extirparle un riñón. Se instaló entonces la percepción de que no acabaría el mandato, en mayo de 2015.

Su retorno en setiembre de 2013, a un pleno en el que su voto era imprescindible para sacar adelante la restrictiva ordenanza sobre centros de culto y permitir edificar en el solar de Panera, mostró a un hombre consumido por la enfermedad pero decidido a acabar sus días como primer edil. La palabra dimisión no ha salido ni de su boca ni de la de sus colaboradores más estrechos, con quienes siempre fue muy exigente. «Me declaro alcalde de todos los ciudadanos y ciudadanas de Bilbao, tengan la nariz grande o pequeña, y hasta que acabe con mis huesos, voy a seguir así», dijo el 1 de febrero en la reapertura del centro de mayores de Abando.

En lo que parecía más una declaración de cara a la galería, llegó a decir en enero que si se encontraba «bien de fuerzas, leña al mono... si quieren los demás», en referencia a su posible nueva candidatura en 2015. «Las alcaldías son muy especiales. No son como los gobiernos que queman en cuatro u ocho años. No es difícil ver a alcaldes que llevan 20 años. Es un puesto más apegado a la tierra, a las necesidades urgentes del vecino», defendió Azkuna.

Su carácter autoritario le llevó a una organización jerárquica controlada por su hombre de confianza, el omnipresente Andoni Aldekoa -de responsable de prensa a director del Gabinete de Alcaldía-, fiscalizador de cualquier movimiento y ejecutor de sus planes hasta en lo que se refiere a la política comunicativa en sus últimos días de vida.

Del comercio al urbanismo

Azkuna se ha convertido en el segundo alcalde que más tiempo ha dirigido el Consistorio de la ciudad más poblada del país, por detrás del falangista Joaquín Zuazagoitia Azcorra (1942-1959), que compaginó esta tarea con la de director de ``El Correo Español''.

Su última polémica la tuvo a raíz de una iniciativa de EH Bildu para retirar honores y distinciones a centenares de dirigentes y militares fascistas como ese antecesor en el cargo. «No quitaré ni un cuadro de los alcaldes franquistas porque hay que respetar la historia», defendió. Tal fue la reacción política y ciudadana que el PNV tuvo que articular una solución con el apoyo del PSE para trasladar los polémicos retratos de la planta noble consistorial a unas dependencias contiguas.

Era muy consciente de que atraía al voto conservador por sus modos y políticas autoritarias, de ahí que Azkuna mimara a ese electorado con proclamas como la de «guerra al navajero» o iniciativas como la normativa urbanística que restringe la ubicación de centros de cultos en edificios residenciales, con un claro sesgo xenófobo pues quienes se movilizaron lo hicieron contra la instalación de mezquitas en Basurto y Zabala.

La defensa de los intereses de las grandes multinacionales del comercio le hizo enfrentarse a los trabajadores del sector. En esa coyuntura, en la que Iñaki Azkuna llegó a ir un domingo a un céntrico establecimiento de Gran Vía ya desaparecido para comprarse una corbata protegido por la Ertzaintza, pidió a los comerciantes bilbainos que se «espabilasen ante la competencia de los chinos». A los sindicatos les acusó de «matonismo».

Al defender la apertura del comercio los domingos para hacer la villa más atractiva al turismo, recordó que era «hijo de tendera y trabajaba de sol a sol». Ante la ausencia de iniciativa local en el sector, manifestó ante la patronal vizcaina que no se preocuparan, «porque lo van a arreglar los chinos; los chinos tienen bazares y los domingos se transforman en una tienda de 150 metros; ponen una persiana y allí duermen, procrean, no sé dónde se mueren, pero ellos van a competir con nosotros de una forma tremenda».

Con la muerte de Iñigo Cabacas, no supo estar al lado de la familia y sus movimientos vinieron motivados meses después por la presión social y política. De nuevo, vio la sombra de la izquierda abertzale y se negó a ponerse al lado de las víctimas de una intervención policial muy cuestionada. También estuvo implicada su «bestia negra», en este caso Bildu, en todo lo que aconteció en torno al desalojo violento de Kukutza III, en setiembre de 2011. Azkuna apuntó que la actuación de la Policía autonómica no le había parecido desproporcionada. En estos asuntos, siempre zanjó la discusión diciendo que el Ayuntamiento «tenemos que defender la legalidad».

Las comparsas han sido otro de sus «enemigos» durante el extenso mandato. Impidió durante una década que los agentes festivos desfilasen en Carnaval por Gran Vía e impidió a Txori Barrote y Kaskagorri que instalaran txosna dos años, aunque finalmente su prohibición fue anulada por los tribunales.

Este año, al permitir el retorno de Bilboko Konpartsak a Gran Vía, les advirtió de que estaría vigilante. «Si hay broncas, se acabó», enfatizó.

Azkuna gozó de fama de buen gestor. Desde algunas tribunas se le considera el principal artífice de la transformación urbana del Botxo, pero resulta más ajustado a la realidad situar en ese bagaje únicamente la futura isla de Zorrotzaurre y haber terminado mucha de la labor trazada por Josu Ortuondo. Tuvo sus más y sus menos con el arquitecto Santiago Calatrava, al que tachó en 2007 de «pesetero del carajo» por querer cobrar por la adaptación de la resbaladiza pasarela Zubi Zuri.

Otra operación, la que posibilitó la construcción de la torre de Abandoibarra por Iberdrola, costó a las arcas municipales 20 millones de euros, lejos de los 71 que se desembolsaron por el complejo de AlhondigaBilbao. El antiguo almacén de vinos, el proyecto inmobiliario de Isozaki Atea o la remodelación del Teatro Campos Elíseos -gestionado desde 2010 hasta 2050 por SGAE tras una inversión de casi 30 millones- han sido «los tres dinosaurios», en palabras de Azkuna, que se han resuelto en sus mandatos, al igual que la construcción de San Mames Barria, gracias a los años de pujanza económica que se vivieron. Esa bonanza le ayudó a reducir la deuda financiera, aunque con menos patrimonio municipal.

Azkuna será despedido por su familia en unas exequias de carácter privado, pero el Ayuntamiento anuncia además un funeral público el lunes a las 12.00 en la catedral de Santiago. Su partido, el PNV, lo defiende en la hora del adiós como «un modelo de servidor público».