29/07/2018

Reportage
makil borroka
La esgrima «para pobres» vasca

Hace una decena de años, el guipuzcoano Iñaki Ganboa recuperó las viejas técnicas de la «makil borroka». Relacionada con nuestra historia más arcaica, antaño esta modalidad de esgrima llegó a convertirse en un auténtico quebradero de cabeza social.

Txomin Laxalt
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Hubo otros tiempos, no tan lejanos, en los que Euskal Herria no era aquella tierra que algunos describían como dulce y amable, abierta a miles de senderos en los que uno se dejaba llevar en busca de los pastos y la naturaleza. Ese mismo universo que evocan las pinturas de Ramiro Arrue (1892-1971), salpicado de notables partidos de pelota, alegres romerías, endiablados fandangos, conmovedores ángelus y las típicas tardes de feria. Una Arcadia en la que solo tenían sentido el plazagizon (hombre desenvuelto que no se achica ante el público), el auzolan o trabajo comunal, la boina calada y el traje de domingo. Más o menos un espacio tan falso como la reluciente makila o bastón tradicional vasco que cuelga en la pared de cualquiera de nuestros salones y que, seguro, vamos a mirar de otra manera en adelante.

Iñaki Ganboa Landa lo recuerda todavía, a pesar de que las imágenes se difuminan entre las brumas de sus recuerdos de infancia. Acompañaba a su tío a las praderas de Aralar para compartir un hamaiketako entre pastores en una de sus bordas. Con ayuda del vino, ya al final de la comida, el tono de la conversación fue subiendo gracias al intercambio de viejas rencillas y se encrespó de tal modo que no fue suficiente con llegar a las manos. «Uno de los pastores se armó con su makila y, agitándola a diestro y siniestro, puso a todos los demás a raya. Mi tío solo tuvo tiempo de cogerme para salir corriendo y evitar lo peor», relata.

Profesor de química en la Facultad de Donostia, Iñaki Ganboa se sumergió en el enigmático universo de la makil borroka (lucha con palos) por pura casualidad cuando, hace más de diez años, un amigo siciliano que vive en Bilbo le enseñó un artículo publicado en una revista de su tierra que trataba sobre las técnicas de combate con palos, una tradición arraigada en la isla de Sicilia y, decían, «heredada de los vascos».

Todo comenzó, al parecer, por el destino de la reina Blanca I de Navarra (1387-1441) quien, por haber casado con Martín el Joven, rey de Sicilia entre 1390 y 1409, se convirtió en reina consorte de Sicilia.

En el momento de la boda, en 1402, ella desembarcó en la isla con un pequeño ejército compuesto, entre otros, por soldados de makilkari o luchadores con palos. La larga estancia de estos soldados permitió a los sicilianos no solo iniciarse en la técnica de lucha sino además codificarla, una tarea que nunca se había realizado en Euskal Herria. «Después de un viaje a Sicilia pude recuperar las técnicas básicas y comprobar que aquel reportaje que había visto estaba muy bien fundamentado», advierte Iñaki Ganboa.

Intrigado, se sumergió en los archivos de Hego e Ipar Euskal Herria y continuó la búsqueda de testigos y testimonios por nuestro país. Cuál sería su sorpresa cuando descubrió un universo de tremenda violencia que, más allá de la tradición folclorizante de la makildantza, abría perspectivas historio-sociológicas tan apasionantes como desconcertantes.

Aunque las familias se resistían a recordar algunas peleas muy poco honorables –a veces, serias disputas, después de haber bebido abundantemente, y que terminaban con la muerte de un hombre–, los más viejos, los últimos testigos, no tenían pelos en la lengua. «Todo eran pretextos para batirse: una vuelta del mercado, una disputa de vecinos o de límites de terrenos, una apuesta no satisfecha, un animal que pasaba los límites, una venganza o simplemente un pequeño robo, pues durante mucho tiempo se puede decir que, hasta la Guerra Civil, los caminos no eran nada seguros», recuerda Ganboa. Una prolongada búsqueda en los archivos le ha permitido incluso trazar un mapa de la práctica de esta «esgrima de pobres». Se practicaba sobre todo en el interior, menos en la zona costera, pero principalmente fue en el norte de Euskal Herria donde el uso sin medida de la makila manejada con maestría se convirtió en un verdadero problema social.

Debemos a René Cuzacq (1901-1977), un landés profesor en el instituto de Baiona y brillante etnólogo, la publicación de dos artículos reveladores, impresos en los años 1950 y 1951 en el prestigioso “Bulletin pyrénéen” bajo el título “Makhila et agulhade”. Agulhade es, por cierto, el término gascón con el que se denomina al palo para conducir el ganado, el equivalente al akullu vasco. En estos textos, el autor no se detiene demasiado en el objeto decorativo, aunque lo considera una obra maestra de la artesanía vasca, y prefiere entrar directo en la cuestión del arma: «A la menor discusión, se baten enseguida al aire los palos herrados (con punta de hierro). Los vascos los esgrimen con un arte singular que dispone de reglas y maestros... En 1829, bajo una orden del subprefecto, el alcalde de Senpere tuvo que prohibir llevar palos herrados y navajas», escribe.

Y cita a Ader Bassussarry quien, en 1826, en su “Historia de Béarn y de los vascos”, hacía este apunte: «Apostadores de partidos de pelota: se oye el chasquido de contundentes palos de níspero; más de un cráneo se ha quebrado entre gritos terribles de ¡alma de diablo! Durante una época se prohibió su entrada en la villa de Baiona, porque era raro el día de mercado en el que no había algún cráneo machacado o varios miembros fracturados... Ayuntamiento de Milafranga en 1820: Después de una riña sangrienta que dejó un hombre agonizando, el marqués de Arrangoitze prohíbe llevar palos herrados».

En los años 50, el escritor zuberotarra Jean de Jauréguiberry (1880-1952) cuenta: «Las historias de Atxaïta eran, en realidad, batallas con makilas. Después de cada desgraciado enredo en que un joven había llevado la peor parte, se arrastraba a su habitación, bien entrada la noche, y, al pasar delante de la alcoba donde dormía su madre, susurraba el lamento de siempre: Ama, eho nizie! (¡Madre, me han matado!). De inmediato, su madre se levantaba, gruñía, reprendiendo suavemente a su hijo incorregible, y le vendaba las heridas con infusión de malvavisco, un remedio infalible». Citado en “Basabürian en Haute-Soule: récits” (Iru errege éditions).

 


Llamar a la lucha. «Goazen dantzatzera!» (¡Vamos a bailar!). Bastaba con ese cínico eufemismo para desafiar a un adversario, recuerda Iñaki Ganboa. ¿Una reminiscencia de nuestros célebres bailes con palos? Quizás, pero basta con verle bailar –perdón, combatir– para constatar cuánto de coreografía tiene la makil borroka. «Los desplazamientos son esenciales, tanto al avanzar sobre el adversario, aprovechándose del impulso, como al retroceder en defensa; no se trata de trotar sino de estabilizarse ofreciendo la mínima superficie de tu cuerpo y parando los golpes, que te pueden llegar a una velocidad impresionante».

El palo en Ipar Euskal Herria solía ser de níspero (mizpira) o de endrino (elorribeltz), mientras al otro lado de la frontera se prefería el de fresno (lizarra) o de avellano (urritza).

De una longitud media de un metro treinta y con un diámetro de unos tres centímetros, se sostiene con las dos manos mientras se baila un curioso y lento ballet, en el que los adversarios buscan primero mantener la distancia, efectuando amplios molinetes e intentando evitar a todo trance que el contrario cruce la propia defensa. A poco que el adversario se descubra y deje abierta una pequeña brecha, el ataque es fulminante, muy parecido al de una cobra.

Con un seco golpe de madera contra madera, Ganboa ha avanzado dos pasos veloces, desviando el arma de su adversario y, apoyándose, en un salto de felino, golpea –como en todas las artes marciales, aquí también se controla el golpe– la columna, el cráneo o, en el menos funesto de los casos, el hombro, la cadera o la rodilla. Los golpes con el extremo del palo en la cara o en el esternón son igualmente destructivos. «Generalmente no hay más que un ataque y es decisivo, como en un combate de espada. Los duelos largos y acrobáticos que vemos en las películas solo se justifican por la necesidad de la acción, pero no son reales», precisa.

No es necesario ser un portento para hacerse un practicante eficaz, y vemos que Ganboa no tiene una gran corpulencia atlética, pero sus movimientos, los retrocesos repentinos de todo su cuerpo, los giros de sus caderas multiplican su potencia en el instante decisivo del ataque. Es el movimiento de golpe, incluso en una defensa, el que está en la base de la makil borroka, ya que el palo no lleva protección como en una espada; no se puede permitir que el palo del contrario se deslice sobre el tuyo y te alcance las manos; por eso hay que desviarlo imperativamente. Los nudos de la madera son lo único que sirve para evitar este inconveniente. Manejar bien estas técnicas ha permitido no pocos enfrentamientos victoriosos contra sables y espadas, explica Iñaki Ganboa entre dos asaltos.

 


Un auténtico arte marcial. Desde hace una decena de años, Ganboa enseña con pasión la makil borroka en Hego Euskal Herria. Su escuela, basada en Oiartzun, se inspira en el espíritu del budō, la rama japonesa de artes marciales. «La makil borroka es un auténtico arte marcial en el que es primordial aprender a defender tu vida; por eso no se usa protección, ni casco, ni coraza, ni guantes; aprendemos a trabajar la distancia y a controlar nuestros golpes».

Él continúa puliendo su técnica y viaja a Sicilia para afianzarla. Cuando se le recuerda la punta herrada (ezten), cuenta que un conocido fabricante de makilas de Ipar Euskal Herria le explicó que era costumbre que, al retornar de una jornada de mercado, nuestros pastores adoptaran su propio sistema de vigilancia: sentados y apoyados contra un árbol, pero sosteniendo con energía la makila, con la punta clavada en tierra. Y en cuanto se producía una alerta...

Ganboa, a falta de testimonios escritos, no ha podido desarrollar como desearía la técnica de combate con palos cortos (30 cm), como la de la implacable hoz (igitaia), que se llevaban antaño en el gerriko (cinturón ancho de tejido o lana) y que propiciaban los duelos en espacios cerrados como tabernas o chabolas en el monte.

Sabemos ahora que los gitanos de Gipuzkoa fueron los últimos en practicar esta clase de esgrima con palos. ¿Cómo poner en duda entonces que la danza sea un componente esencial de nuestra cultura?