09/09/2018

Un trabajo que merezca la pena
IGOR FERNÁNDEZ
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Tal vez la literalidad de la expresión es difícilmente defendible; sin embargo, todos los trabajos tienen aspectos más o menos incómodos o desagradables que soportar, por ejemplo, que tenga un ritmo alejado del nuestro, que nos suponga un desgaste físico más allá de lo que estaríamos dispuestos a soportar si fuera un trabajo para nosotros, o que produce resultados monetarios pobres en comparación con el tiempo y esfuerzo empleados.

Y lo que los iguala a todos es que empleamos tiempo en ello, un tiempo con un cierto objetivo y un uso de recursos personales, pero tiempo, al fin y al cabo. Y, precisamente, porque nuestro tiempo es escaso, o por lo menos limitado, cabe preguntarse cuál es el sentido de que empleemos ese tiempo, sea el que sea. ¿Qué hace que las personas pensemos, o más bien sintamos, que el trabajo que realizamos merece ser hecho? Como en cualquier concepto en psicología, la gente tiene diferentes perspectivas al respecto, pero en general se refiere a un trabajo que es importante, significativo y valioso. En esencia, un trabajo que refleja un sistema de valores más allá de cubrir necesidades básicas. Cuando Blake Alan, un doctor en psicología especializado en estos temas, le pregunta a la gente «¿por qué lo haces? ¿por qué estás aquí?», lo que se encuentra es casi siempre una respuesta que tiene que ver con hacer algo por otros o por la comunidad. El trabajo tiene sentido cuando hace algún impacto.

Habrá quien pueda inmediatamente rebatir esta afirmación por las circunstancias precarias de la ocupación, el sueldo, las horas, los recursos, lo cual deriva en un desapego y en una posición egocéntrica y de supervivencia: «Yo trabajo porque me pagan, punto». Sin embargo, si esas condiciones son justas, la mayoría de las personas que quieren tener un trabajo con sentido aspiran a que el suyo tenga un efecto positivo en otros.

Los estudios de este psicólogo y sus colegas en la universidad de Purdue también recogían la sensación de estar contribuyendo a un bien mayor, el crecimiento personal, generar conocimiento, o en una menor medida, construir relaciones, como descripciones de un trabajo significativo. Es cierto que estos estudios vienen del otro lado del mundo, en concreto de Estados Unidos, y que probablemente en nuestra tierra algo cambiaría. Pero, sin duda, los lectores se podrán identificar con alguna de esas descripciones para responder a su propia pregunta de por qué hago lo que hago. ¿Y por qué es importante el sentido? Pues, porque la vivencia de que lo que hacemos tiene sentido tanto interna como externamente, contribuye a nuestro bienestar, nuestra salud mental en general, la satisfacción y tener un afecto positivo.

Somos seres gregarios, profundamente sociales, y el impacto social, por muy cínicos que nos pongamos, tiene una enorme importancia para nosotros. Si reducimos el sentido de nuestras ocupaciones simplemente al balance de resultados personales y empresariales, estaremos extrayendo y extrañando una de las motivaciones fundamentales por las que nos movemos en ese tiempo –largo en muchas ocasiones– que empleamos. De hecho, sinceramente, pocas veces los emolumentos en exclusiva hacen sostenible un trabajo saludable.

Este aspecto puede ser descuidado por algunos contratadores o empresas, pero nosotros mismos no podemos evitar sentirnos de una determinada manera en el encuentro con el otro, así que tendremos la responsabilidad de velar por nuestras necesidades más esenciales aunque otros no lo hagan. Encontrar sentido no es algo a lo que podamos renunciar, lo cual no quiere decir que no podamos simplemente hacer un trabajo sin pensar en quién lo recibe, pero allá al fondo, el encuentro y la influencia mutua estarán presentes y tendrán efecto en uno mismo, en una misma.