09/09/2018

Reportage
CRÓNICAS DESDE EL KURDISTÁN SIRIO
LOS HUIDOS DE AFRIN SOLO QUIEREN VOLVER A CASA COMO SEA

La invasión turca del enclave kurdo el pasado marzo provocó el éxodo de centenares de miles de personas. Entre los 150.000 desplazados en la región contigua de Shehba, hay un sentimiento generalizado a favor de una victoria del régimen para volver a casa. GARA ha sido testigo de la estrecha cooperación militar entre Damasco y la milicia kurda.

David MESEGUER
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Fuimos de los últimos en abandonar Afrin. Permanecimos en el hospital hasta que los bombardeos de los aviones turcos se volvieron insostenibles. Escapé en una ambulancia junto con dos compañeros y siete pacientes heridos. Fue el día más duro de mi vida porque la gente nos pedía ayuda, pero no podíamos hacer nada por falta de espacio», recuerda a GARA Rewan, una joven de 28 años responsable del archivo de pacientes del hospital de Afrin.

Rewan es una de las 150.000 personas desplazadas de Afrin que a mediados de marzo llegaron a la región de Shehba a causa de la invasión turca. Situada a tan sólo 20 kilómetros al norte de la ciudad de Alepo y colindante con el cantón de mayoría kurda, la Administración de la Federación Democrática del Norte de Siria y el Gobierno sirio alcanzaron a un acuerdo para asentar aquí a tan gran cantidad de personas.

«Tras expulsar al ISIS en 2016, nosotros gestionábamos el norte de la región y Damasco controlaba el sur. El régimen la había declarado zona militar y estaba prácticamente deshabitada», detalla Hevi Mustafá, copresidenta del cantón de Afrin. «Aunque hubo entendimiento para reubicar a los desplazados, en otras materias la relación con el Gobierno no es nada sencilla», reconoce la mandataria kurda desde el interior de una tienda en el campo de refugiados de La Resistencia.

«Cuanto más lejos te vas de casa, más difícil es regresar», comenta Haydar, un peluquero de 38 años que junto a su esposa e hijo de año y medio han decido quedarse en Shehba a pesar de que se les presentó la oportunidad para ir a Alepo. Originario de la población de Jendires, y propietario de una barbería y una tienda de ropa, este hombre kurdo era la viva imagen del desarrollo económico y social alcanzado por Afrin al haber conseguido mantenerse al margen de la guerra siria desde su estallido en 2011.

Miles de desplazados de toda Siria, principalmente familias árabes, se habían asentado en Afrin buscando la estabilidad y la seguridad proporcionadas por la Adminis- tración que gestionaba el cantón desde julio de 2012.

Crímenes bajo la ocupación turca

El pasado 20 de enero, Turquía y milicias sirias opositoras de corte islamista lanzaron la operación Rama de Olivo sobre Afrin con el pretexto de «limpiar la zona» de las Unidades de Protección Popular (YPG). A pesar de la presencia de tropas rusas en la región y de que las YPG son uno de los pilares de las Fuerzas Democráticas de Siria (FDS) –aliadas de EEUU en la lucha contra el ISIS–, tanto Moscú como Washington dieron luz verde al presidente turco. Recep Tayyip Erdogan. para lanzar el ataque.

Después de más de dos meses de ofensiva, que según el Observatorio Sirio de Derechos Humanos dejó más de 300 civiles muertos, Turquía se hizo con el control de la ciudad de Afrin el pasado 18 de marzo.

«El principal objetivo de la agresión turca ha sido acabar con el proyecto democrático que se está llevando a cabo en el norte de Siria y que reconoce los derechos de todas las etnias y nacionalidades», denuncia Fátima Latko, miembro de la ejecutiva de Kongra Star, el principal movimiento de mujeres de Kurdistán Oeste.

«Turquía también quiere destruir nuestra identidad e historia y por eso ha bombardeado de forma deliberada algunos vestigios sin que en ellos hubiese ningún objetivo militar», indica Latko.

Multitud de desplazados, que mantienen contacto con familiares o vecinos aún residentes en Afrin, explican casos de detenciones arbitrarias, desapariciones forzadas, confiscación de propiedades y saqueos, perpetrados por los grupos islamistas que operan en la región y a los que Turquía da total libertad de movimiento. Unas violaciones flagrantes de los derechos humanos que recientemente también han denunciado Amnistía Internacional y Human Rights Watch.

«Las fuerzas de ocupación han cambiado la demografía, saqueado y destruido casas, quemado bosques y esclavizado a las mujeres», comenta indignada Fátima Latko.

Según indican las autoridades del cantón en el exilio, tan sólo el 20% de la población original se ha quedado en Afrin. Un vacío que principalmente ha sido ocupado por miles de milicianos islamistas y sus respectivas familias procedentes de lugares como Ghuta o Homs. Algunos residentes consultados indican que milicias islamistas como Sultan Murad o Ahrar al-Sharquiya están imponiendo estrictos códigos de conducta y vestimenta de acuerdo a la sharia, la ley islámica.

Una ocupación a la que células durmientes de las YPG están plantando cara con tácticas de guerrilla. Según datos facilitados por la milicia, durante el mes de agosto 50 combatientes islamistas y siete soldados turcos han resultado muertos en Afrin.

Duras condiciones de los desplazados

«Confiamos en la victoria del régimen para volver a nuestra tierra lo antes posible», expresa Naila Amad, una mujer gitana y kurda de 55 años. La Administración de la Federación Democrática del Norte de Siria ha dispuesto un campamento para que dicha comunidad pueda vivir de acuerdo a sus tradiciones y costumbres.

En Shehba se han preparado tres grandes campos con tiendas de campaña que albergan alrededor de 16.000 personas, aunque el grueso de la población desplazada vive en casas vacías que han ocupado. Unicef colabora en el abastecimiento de agua, mientras que la Administración es la encargada de gestionar la recogida de basuras y los centros médicos y de ofrecer de forma gratuita cuatro horas diarias de electricidad, así como raciones de pan.

Muchos de los desplazados han puesto en marcha los mismos negocios que regentaban antes del exilio, no sin complicaciones. «Tenemos que pagar una tasa del 10% al régimen para que deje entrar los medicamentos», señala Mohamed, que antes regentaba una farmacia en Jendires y ahora lo hace en Fafín. En el concurrido mercado de dicha localidad es habitual ver comprar a soldados rusos que están acuartelados en una base militar muy cercana.

«Las malas condiciones de la comida y el agua están provocando enfermedades gastrointestinales y diferentes tipos de hepatitis. Una situación sanitaria agravada por la falta de medicamentos, personal médico e instalaciones», explica el doctor Abdulkader Hesko, director del único hospital de Shehba, que atiende a 600 pacientes diarios con un equipo de 47 personas que realiza turnos de doce horas.

«Algunos pacientes, principalmente bebés, han muerto por culpa de la burocracia. El otro día nació un niño con problemas respiratorios y decidimos derivarlo a Alepo por la falta de equipamientos. El régimen sirio tardó hasta cuatro horas en concedernos el permiso para trasladarlo. A veces este tiempo de espera resulta mortal», subraya Rewan, la responsable del archivo de pacientes del hospital.

 

YPG y damasco: aliados en la batalla por Idleb

Después de dos días de permiso, Mohamed espera a pie de carretera el autobús para regresar a la posición militar que su unidad custodia en Tel Rifat. Es uno de los puntos más calientes de la región de Shehba por la proximidad de los grupos islamistas apoyados por Turquía. Hasta hace unas semanas, este joven miliciano kurdo llevaba la insignia de las Unidades de Protección Popular (YPG) pegada en su hombro derecho, pero ahora su uniforme de camuflaje carece de distintivo. Como él, miles de combatientes de las YPG operan ahora bajo las órdenes del Ejército sirio en esta zona de la provincia de Alepo.

«Ojalá que la batalla por Idleb comience pronto. Tenemos ganas de volver a Afrin cuanto antes», señala Mohamed desde el arcén de una vía en la que el tránsito de motocicletas es frenético. Fuentes cercanas a la milicia kurda consultadas por este periódico, apuntan que son miembros de la Guardia Revolucionaria iraní quienes están supervisando y coordinando las tropas en Shehba. Después de la luz verde dada por EEUU y Rusia a Turquía para atacar Afrin el pasado mes de enero, las YPG habrían visto en Damasco y Teherán la mejor opción para poder recuperar el cantón kurdo. Según ha trascendido del acuerdo alcanzado entre ambas partes, los efectivos kurdos integrados en el Ejército sirio tendrían una activa participación en la ofensiva sobre Idleb, que también incluiría la campaña por Afrin.

Sobre el terreno, la entente entre Damasco y la milicia kurda puede observarse en los diferentes checkpoints diseminados por la región. Si bien estos están engalanados con la bandera oficial siria y posters con fotografías del presidente Bashar al-Assad, son combatientes kurdos quienes los custodian.

La colaboración militar entre las YPG y el Gobierno sirio en la provincia de Alepo no es algo nuevo. En diciembre de 2016, la milicia kurda ayudó a Damasco a expulsar a los grupos opositores que controlaban los barrios orientales de la ciudad homónima.

Por su parte, milicias chiíes progubernamentales de las ciudades de Nubul y Zahra también tomaron parte en los combates contra Turquía y sus grupos sirios afines durante la batalla de Afrin.

El régimen sirio lleva semanas acumulando tropas y armamento en las zonas limítrofes con Idleb y el norte de la provincia de Alepo. En Sheikh Najjar, la ciudad industrial de Alepo, este diario pudo ver cómo una enorme columna de tanques transportados por camiones se dirigía hacia el oeste. Una batalla por Idleb, cuyo inicio se estaba retrasando a la espera de las conclusiones de la reunión mantenida el viernes en Teherán por Turquía, Rusia e Irán.D. MESEGUER