12/02/2019

El éxodo involuntario
Victor ESQUIROL
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Lo normal en la Berlinale (al igual que en cualquier otro gran festival) era empezar el día peleándose con los compañeros de profesión. El premio a conquistar no era otro que el de una butaca digna desde la que ver la película matinal. A horas indecentes, nos despertábamos con la tensión del codazo y del carraspeo increpador. Era un escenario desagradable, pero que al mismo tiempo nos recordaba la importancia de la cita: había mucha demanda para una oferta inevitablemente limitada.

Y si hablo en pasado es porque este año nos estamos acostumbrado a ver el Berlinale Palast (la sala más emblemática de este certamen) presentando un aspecto más bien desapacible. Los más malintencionados ya se refieren a él como “el Páramo”. La gente se ha ido. Ha ahuecado. Ha emigrado, a lo mejor, hacia parajes más optimistas que una Competición por el Oso de Oro que, efectivamente, no da muchos argumentos para creer en ella. Lo bueno, por decir algo, es que por fin podemos sentarnos donde queremos. Esto, y claro, que a Dieter Kosslick le queda un día menos de mandato.

El final se acercó un poco más de la mano de dos autores (el canadiense Denis Côté y el turco Emin Alper) cuyos nuevos trabajos transcurrieron, precisamente, en lugares al borde del abandono absoluto. El primero presentó “Répertoire des villes disparues”, es decir, una «antología de pueblos fantasma». En el norte de su Québec natal, un invierno draconiano se cebaba con la –escasa– población de un pueblecito acosado por espectros. Côté abordó el drama del éxodo rural desde el cine de género. Lo que en un principio apuntaba a retrato costumbrista (o al estudio etnográfico), se acabó confirmando como un atípico ejercicio de terror. Interesante desde el plano teórico, pero desangelado en una pantalla congelada por el característico gusto alienante de su autor.

Por su parte, Emin Alper siguió engrosando la colección de cine correcto pero profundamente intrascendente (olvidable, desde luego) en el que se está especializando este festival. En un remoto pueblo, perdido en las montañas de Turquía, tres hermanas se contaban las penas y suspiraban con poder salir de tan funesto lugar. Querían irse, pero no podían, por los designios de una sociedad amable, pero implacable a la hora de tratarlas como mercancía. La Berlinale lanzó un nuevo órdago al patriarcado con una película agradable a la vista, pero pesada para unas orejas saturadas por la abundancia de diálogos no excesivamente bien escritos, en lo que fue la confirmación de Alper como hermano muy menor de Nuri Bilge Ceylan.

Así las cosas, nos fuimos y aterrizamos en las salas más llenas de la sección Panorama. Ahí vencimos, por fin. El actor Jonah Hill presentó “Mid90s”, su debut como director, el cual ya se puede considerar como una de las sorpresas más agradables de la temporada. Se trataba de un retrato de la entrada en la edad adulta durante la década de los 90, impecable en la dirección de actores, exquisito en su reconstrucción nostálgica y, al final, inspirador en su capacidad para reciclar esto último en lecciones vitales sin fecha de caducidad. Para quedarse y no irse jamás.