08/10/2019

Belén Martínez
Analista social
Trece Rosas y damnatio memoriae

Hay un mal que arrastramos desde el advenimiento de la «democracia». Se llama hiperamnesia, el exceso de olvido que beneficia a los vencedores y desalienta utopías que no han sido todavía.

En nombre de la reconciliación, las trazas del franquismo fueron blanqueadas, dejando tras de sí un paisaje de reconcomidos y desconsoladas. Como si la injusticia fuera transitoria y se disipara con la Constitución. La memoria épica y maniquea de los vencedores construyó un relato oficial y una interpretación cainita de la contienda bélica, ignorando que el fin del alzamiento fascista era la aniquilación física y simbólica del enemigo republicano.

La política de rapiña y saqueo documental ejecutada por la Delegación del Estado para la Recuperación de Documentos, y el hecho de que la batalla contra el fascismo no fue ganada, convirtió la memoria histórica en un deseo de justicia para las perdedoras. Ese anhelo no suple la ausencia de archivos de la resistencia y de las luchas antifascistas.

Así las cosas, Ortega Smith afirma que las Treces Rosas torturaban, violaban y asesinaban vilmente. Sus palabras no son docta ignorancia. Son infamia, detrito revisionista. Trece Rosas en el otoño de la calumnia y la exhumación. Banderas rojas a media asta. Cuelgamuros. Octubre. No pasarán.