15/10/2019

chronicle
CRÓNICA SOBRE EL FUTURO DE LOS KURDOS EN SIRIA
DE LAS BOMBAS A LOS SAPOS: 48 HORAS QUE CAMBIARON EL FUTURO DE ROJAVA

LA ACCIÓN COMBINADA DEL EJÉRCITO TURCO Y SUS ALIADOS ISLAMISTAS CONTRA ROJAVA HA DESEMBOCADO EN UN VUELCO EN EL COMPLEJO PUZZLE GEOPOLÍTICO DE LA REGIÓN. LOS KURDOS CUENTAN SUS MUERTOS MIENTRAS DAMASCO VUELVE AL TERRITORIO. ESTE ES EL RELATO SOBRE EL TERRENO DE LOS DOS ÚLTIMOS DÍAS.

Karlos ZURUTUZA - Qamishlo
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«Algo va a parar esto, estoy convencido. No me puedo creer que todo el mundo se vaya a quedar de brazos cruzados», repetía una y otra vez Alan

Nueva jugada maestra del Kremlin. Putin daba luz verde a Erdogan y Damasco veía la masacre por TV. A los kurdos les toca tragarse unos sapos. La cuestión es cuántos y cómo de grandes

La del sábado pasado había sido la noche más tranquila en Amude desde que empezó la ofensiva turca el pasado miércoles. No se oyeron explosiones, aunque todo ha cambiado desde entonces. Esta pequeña localidad kurda a 700 kilómetros al norte de Damasco se había convertido en el centro neurálgico de la administración kurdosiria; fue aquí donde se instaló, en 2014, el Parlamento de esta comunidad que Turquía busca borrar del mapa. «Manantial de paz» es el nombre con el que Ankara bautizó su última operación militar sobre el norte de Siria. Era la segunda más importante desde que «Rama de Olivo» arrasara con el territorio kurdo de Afrín antes de dejarlo en manos de yihadistas el pasado año.

«No hay sesiones desde que empezó todo, pero igual aparece alguien mañana», explicaba un guardia a la entrada del recinto amurallado que alberga la cámara. Es comprensible: no hay lugar más susceptible de ser bombardeado en Amude. Fue la difícil convivencia de dos administraciones paralelas –Damasco y kurda– en Qamishlo (la principal ciudad kurdosiria), lo que llevó a los segundos a instalar su Parlamento en esta ciudad a 25 kilómetros al oeste donde nunca había pasado nada reseñable. La mayoría aquí es kurda, y el último rastro físico de la dinastía de los Assad desapareció cuando se sustituyó la estatua del padre por una de una mujer kurda.

«No es nadie en particular, solo una mujer, eso es todo», decía Shindar, una profesora de Primaria de 30 años ahora sin trabajo. Las escuelas en toda la zona están cerradas desde el miércoles por seguridad y, aunque abrieran la de Amude hoy mismo, tampoco cambiaría mucho las cosas. La mayoría de los niños y sus madres han desaparecido del pueblo. «Están todos en Hasaka», apuntaba Shindar.

Ella no tiene hijos así que se queda. «¿Irme, para qué?», zanjaba el asunto la kurda, sin dar más explicaciones. Tampoco es que sobren. Desde un bazar en el que hay más tiendas abiertas que clientes, Mahmud, relojero, pregunta más que responde. «¿Por qué ha hecho esto Trump? ¿Crees que van a bombardear aquí?». Pocos metros más allá, el mejor sastre de Amude resulta más elocuente. «Intento evadirme trabajando pero no puedo dejar de pensar que esa gentuza que apoya Turquía vendrá a cortarnos la cabeza», decía, trazando una línea recta sobre un cuello del que colgaba una cinta métrica. Como casi todos, el sastre también había mandado a su mujer y sus tres hijos con su familia a Hasaka. «No podíamos dejarlos aquí. Cada noche se morían de miedo por el sonido de las explosiones, sea de los proyectiles que caen o salen de aquí».

«Algo va a parar esto»

Naciones Unidas daba cifras superiores a 200.000 desplazados, y los objetivos turcos cubrían un arco mas ancho de lo que cabía esperar. Un bombardeo sobre el campo de Ayn Issa el domingo provocó la huida de más de 800 presos del Estado Islámico según fuentes oficiales, así como la aparición de células yihadistas en el recinto anexo para los desplazados. Las infraestructuras más básicas, como los generadores de electricidad, también parecían haberse convertido en un objetivo en Qamishlo, lo que ha dejado a muchos pueblos al oeste de la ciudad sin luz. Por si fuera poco la Media Luna Roja Kurda denunciaba que Turquía intentaba evitar que evacuaran a los heridos con nuevos bombardeos.

En la avenida principal de Amude, los vehículos militares cubiertos de tierra seca para mimetizarse con el terreno ya apuntaban a que el peligro llegaba desde el aire. Probablemente se trate de un brindis al sol que solo sirva para mancharse las manos. Fuentes anónimas del aparato de seguridad turco trasladaban a GARA que Ankara dispone de un sistema de alta tecnología en el que drones marcan con láser objetivos que la artillería turca puede bombardear con precisión milimétrica desde 40 kilómetros de distancia. Sea como fuere, los ataques aéreos a convoyes no han discriminado entre combatientes y civiles.

«Algo va a parar esto, estoy convencido. No me puedo creer que todo el mundo se vaya a quedar de brazos cruzados», repetía Alan, un mecánico experto de esas motos iraníes tan populares en esta zona. No se irá «porque esto no puede durar para siempre». Desde el teléfono, Alí Jalil decía que no las tenía todas consigo. Tras aguantar sin abandonar su casa el brutal asedio yihadista sobre su Serekaniye natal en 2013 y 2014, hoy son una gota de agua en la marea de refugiados que ha inundado Hasaka. «Los yihadistas están dando fuego a todo para asegurarse de que no volveremos», insistía este antiguo enterrador voluntario durante los años más duros de la guerra.

Los vídeos del desastre circulaban por las redes: tras el saqueo, los objetos personales que los Jalil y sus vecinos no pudieron llevarse, y otros tan inútiles para los rigoristas respaldados por Turquía como los libros ardían en piras levantadas en mitad de la calle. Diar, hijo de Alí, se pone al teléfono: «No sé si volveremos a Serekaniye algún día pero yo solo pienso en largarme de Siria. ¿Me puedes ayudar?», soltaba el chaval de 18 años. Había empezado a estudiar en el campus de Qamishlo de la Universidad de Rojava, pero no ha completado ni el primer trimestre.

En Amude faltan casi todos los niños excepto los de los gitanos. Aún hoy es fácil verlos recogiendo plástico en la rotonda a la entrada del pueblo. Los tres de Amina y Hassan jugaban en el patio interior de su casa, a pocos metros de allí. Llegaron de Hasaka ayer. La madre dice que las condiciones eran tan infrahumanas que preferían volverse a Amude, Dios decidirá.

Domingo

Rumores entre pilas de muertos. El domingo fue el bombardeo de un convoy de civiles en la carretera a Serekaniye lo que marcó la pauta informativa, sobre todo porque se contaban tres periodistas entre los once civiles muertos. Como siempre, el que pudieran ser occidentales incendió las redes, hasta que un nuevo rumor se abría paso: Assad desplegaría sus tropas en Manbij y Kobane para evitar una invasión turca ya en marcha desde el miércoles. Luego llegó la confirmación oficial desde Kobane: tropas rusas y sirias podrían entrar a la ciudad a la noche para defenderla del asalto.

La noticia se digirió entre pastillas de alivio y estupor: se evitaría una nueva destrucción del «Stalingrado» kurdo en la lucha contra el ISIS, pero también se miraba al futuro con incertidumbre. «¿Assad viene para quedarse?», se preguntaban todos aquí ayer. Parece que sí. El pasado sábado, el alto mando kurdosirio anunciaba que emitiría un comunicado importante a las cinco de la tarde: «Hemos dado nuestra vida en la lucha contra el ISIS y ahora América no solo nos abandona, sino que impide que busquemos nuevos aliados», decía Mazlum Kobani, el comandante en jefe del contingente kurdosirio. Al día siguiente, aportaba más detalles en una carta publicada en Foreign Policy. «Tendremos que aceptar compromisos difíciles con Assad, pero es eso o el genocidio».

El enésimo rumor del domingo llegaba por la tarde después de la siesta. El régimen también asumiría el control de Qamishlo y Hasaka, las dos ciudades principales del territorio. Poco después, Salah Muslim, uno de los rostros más visibles del movimiento kurdo explicaba a Ara que el acuerdo pasaba por establecer un control conjunto entre Damasco y los kurdos a lo largo de la frontera con Turquía.

Para entonces, la televisión pública siria ya inundaba las ondas con imágenes del Ejército ondeando banderas nacionales sirias entre disparos al cielo en Hasaka. «Dios, Siria, Bashar (al Assad) y nada más», coreaba la gente en las calles. Los kurdos veían las imágenes por televisión. El alivio y el estupor se seguían repartiendo a partes iguales frente al televisor.

«No creo que volvamos a la situación de antes, Bashar ya ha entendido que los kurdos no nos quedaremos quietos mientras nos aplasta», decía Sipan, un veterano de las YPG en casi todos los frentes contra el ISIS. Antes de eso había conocido la tortura en las prisiones del régimen, «mucha electricidad».

Prohibido reunirse, organizarse social o políticamente, hablar o escribir en kurdo; desapariciones forzosas, desplazamientos de población, campañas de arabización y cientos de miles de individuos despojados de documentación. Ese es el resumen de medio siglo de panarabismo baazista para los kurdos en Siria. Presionado por una guerra que abría el país en canal en 2011, Assad decidió devolver la ciudadanía a muchos de aquellos a los que se la había arrancado años atrás. El segundo paso fue eliminar el Artículo 8 de la Constitución siria: «El órgano líder del Estado sirio, así como el de toda la sociedad, es el Partido Árabe Socialista de la Resurrección (Baaz)».

Durante todos estos años, los kurdos han tocado todas las puertas en busca de aliados: desde Washington a Moscú, pasando por Bruselas. Los americanos les dieron cobertura aérea en la lucha contra el ISIS; de los rusos promesas de que mediarían con Assad para que Damasco reconociera sus derechos. Salih Muslim volvía a resumir ayer sus demandas con dos verbos: descentralizar y democratizar.

Volviendo a Moscú, parece que se ha tratado de una nueva jugada maestra del Kremlin. La semana pasada Putin daba luz verde a Erdogan para lanzar su operación («Manantial de Paz») mientras Damasco veía la masacre por televisión. Como decía Mazloum Kobani, la única manera de evitar el genocidio es «asumir compromisos difíciles» con el régimen; tragarse unos cuantos sapos. La incógnita es cuántos, y cómo de grandes

 

DAMAsco despliega el ejército frente a las tropas turcas, que mantienen la ofensiva

El Ejército sirio se desplegó ayer en varios puntos clave del noreste de Siria tras el acuerdo alcanzado con líderes kurdos sirios para contrarrestar la ofensiva militar de Anklara. El Ejército llegó a seis kilómetros de la frontera y a Tel Tamer, a 35 kilómetros del punto central de la ofensiva militar turca. Igualmente, entró en la localidad de Manbij, que Turquía planeaba controlar. Las fuerzas de Bashar al Assad también se desplegaron en Ain Issa y Tabqa, en la región de Raqqa, lo que ha supuesto su vuelta a una zona que alberga una importante presa hidroeléctrica y de la que las fuerzas kurdosirias expulsaron en 2017 al Estado Islámico. El acuerdo con el régimen de Al Assad es una «medida de emergencia» acordada bajo la supervisión de Rusia para tratar de impedir los ataques turcos después de la retirada de las tropas estadounidenses, según explicó el dirigente kurdo sirio Aldar Xelil. Insistieron en que se trata de un acuerdo militar preliminar «frente al peligro turco», que no incluye aspectos políticos. El Ejército sirio prevé desplegarse en territorios fronterizos que van desde Manbij a Derek, incluida Kobane. Pero, a la vez, Ankara mantiene sus planes de invasión y el presidente de Turquía, Recep Tayyip Erdogan, aseguraba que Rusia «ha dado una respuesta positiva» a la entrada de las tropas turcas en Kobane y que se preparaban para hacerse también con el control de Manbij.GARA