01/12/2019

Antonio Álvarez-Solís
Periodista
La lonja

Cuando era joven, allá por el siglo XVII, y vivía en el norte de la península, me gustaba ir a las lonjas en que se subastaba la pesca recién llegada de la mar.

Olía el aire a sal y los gritos de la oferta eran claros y libres, como eran claras las manos de los que aceptaban el envite. Me sentía libre y pleno, sin la precisión de ser español.

Mi bisabuela Close vino de Gales con su padre, al que habían ofrecido la dirección de unos veneros de piedra negra cuando Asturias se abría a la modernidad.

Mi abuela materna era alemana, se apellidaba Petrovsky y pertenecía a una familia de pretérito rancio que tenía sus raíces en un baronía polaco-lituana del Gran Ducado de Moscú, cuando aún no había aparecido el zarismo.

De esas fuentes manó mi vida abierta al viento y las mareas; nunca sujeta a banderas de conveniencia ¡Para mariñeiros, nos! Digo esto por si me leyera algún joven. «¡Eso que le martiriza el alma es España, mozo!». Porque España no duele; simplemente escuece.

Ayer leí las maniobras barriobajeras en las Cortes españolas para ganar puestos en los órganos parlamentarios. Era una subasta triste. Ni olía a mar, ni había manos honradamente alzadas.

Al fondo, una llanura estéril. Hacia adelante, un futuro reseco. Yo me sentí desterrado ¡Por qué diablos tengo que ser español!