16/12/2013

Iñaki LEKUONA
Kazetaria
De turismo

Hacía bastantes meses que los controles diarios en la muga del Bidasoa se habían diluido en las aguas cada vez más claras de la actualidad. Pero ahora que éstas vuelven a enturbiarse en remolinos que parecen venir de antiguo, los destellos de los faros azules vuelven a iluminar las carreteras tal y como vinieron haciendo en las últimas décadas.

Pero el espíritu es distinto, que diría aquel. Parecen los mismos que los de antes, verdes o azules, que igual da, con sus mismos conos naranjas, su mismo acento, su adóndeva acompañado del dedóndeviene, sus armas automáticas en ristre, su aparqueahíelvehiculo al que le siguen el consabido apaguelmotor, el dejelasllavesobrelsalpicadero y cómo no los quince o veinte minutos de rigor a sumar a los perdidos en la cola. Parecen los mismos que los de antes, pero no. Así lo demostraron esos dos agentes que formaban parte de una unidad de la Policía Nacional que el mediodía del sábado entorpeció el tráfico de la autopista como antaño, con retenciones dignas de una operación salida. Cuando decidieron que ya era suficiente, dejaron que el último de los aparcados recuperara las llaves del salpicadero, arrancara y se largara con el estómago lleno de lindezas. Y mientras éste las vomitaba todas y se iban recogiendo los conos, uno de esos dos agentes se cruzó el arma en el pecho mientras su compañero lo inmortalizaba con el teléfono sobre las aguas revueltas del río.

Parecen los mismos, sí, y es posible que lo sean, pero son distintos; porque siguen con sus uniformes y sus armas, pero se les nota con ése ánimo especial que tiene uno cuando está de turismo y sabe que a su visita le queda un suspiro.