Idoia Muruaga y Elena Bartolomé
Egiari Zor Fundazioa
GAURKOA

Verdad histérica

Hay quien sigue pensando que la estrategia de repetir mil veces una mentira para convertirla en verdad puede seguir dando algún fruto. Hay quien sigue pensando que puede reescribir la historia para alimentar sus intereses ideológicos sin caer en la cuenta de que engordar una ideología a base de flagrantes mentiras y mayúsculas omisiones es abocarla al ridículo más absoluto.

Escuchar al ministro de Interior contarnos lo que hemos vivido es de un atrevimiento asombroso: «Ahora lo que hemos de gestionar bien es el final de ETA y dentro de la gestión correcta y adecuada del final de ETA se incluye lo que viene a denominarse la batalla por el relato. Creo que es fundamental a efectos del futuro que se sepa bien qué es lo que ha sucedido en estas décadas pasadas en el conjunto de España precisamente para garantizar y cimentar sobre bases sólidas un futuro de paz y convivencia en el País Vasco, que solo sobre la verdad histórica se podrá cimentar, porque lo que se cimenta sobre la falsedad y la mentira no es sólido y para nosotros y cuando digo nosotros quiero decir el Gobierno, el Partido Popular y creo que la mayoría, la inmensa mayoría de la sociedad, es que ha habido..., no ha habido una guerra en el País Vasco, no ha habido dos bandos enfrentados, había unos terroristas y había unas víctimas. Y la verdad histórica es esa, que ha habido unos terroristas que han cometido unos actos por los que han sido detenidos, puestos a disposición de la justicia, han cumplido sus condenas y unas víctimas que han sufrido y eso es lo que hay que contar bien a las actuales generaciones de vascos, de ciudadanos vascos, de ciudadanos navarros y españoles en general, precisamente para que se pueda cimentar sólidamente sobre la verdad histórica una convivencia pacífica y en libertad».

Al parecer para el ministro de Interior solo la polarización del relato de lo sucedido es posible, es decir: o estás con nuestro relato o estás con el relato de ETA. Intenta unir la lectura de lo ocurrido durante largas décadas de violencia con la buena gestión del final de ETA, y este es un asunto muy grave. Nos dice que el único relato posible será el que niegue la existencia de un conflicto, el que niegue cualquier otra violencia que no sea la de ETA, el que niegue la victimación múltiple en el contexto del conflicto político, es decir el que exime al Estado de cualquier responsabilidad sobre lo sucedido. Un relato sesgado, parcial, negacionista y encubridor. Un relato incompleto.

Hay que decir que supeditar el relato a un objetivo cual sea, someterlo a intereses, es del todo contrario al objeto del mismo. Habría que preguntarle si también van a convertir la visión del relato en arma de delito.

Pero además, el uso de términos como «la batalla por el relato» define a quien los utiliza, sus ánimos e intenciones. La batalla la tendrán ustedes con ustedes mismos, porque ardua tarea se les presenta si su pretensión es construir un relato sobre la amnesia de la ciudadanía de Euskal Herria. Desde luego, es fundamental a efectos del futuro que se sepa bien lo ocurrido en las últimas décadas para garantizar y cimentar sobre bases sólidas un futuro de paz y convivencia, pero desde luego a las actuales generaciones no habrá que contarles nada, serán ellas quienes tengan que contar lo que han vivido y cómo lo han vivido, ¿verdad?

Tal vez, en esa batalla que mantienen con ustedes mismos exista la enorme dificultad de tener que autoproclamarse «relatores oficiales» y por tanto ejercer su deber de contar lo sucedido aquí, precisamente a quienes han sido testigos directos si no protagonistas de las últimas décadas. Como ya lo intentaron en el pasado reciente, el alzamiento militar franquista contra un gobierno legítimo elegido en las urnas, 40 años de dictadura del terror propicia para la imposición de la Ley de Amnesia colectiva... ya que todos no compartimos este relato... Claro, ustedes tienen otro, aunque la ONU les reclame informes sobre desapariciones forzosas, sobre las más de 144.000 personas que continúan hoy desaparecidas en el Estado español; a pesar de que sus familias todavía hoy exigen poder recuperar sus cuerpos. A pesar de que la justicia argentina solicite la detención de criminales franquistas, a pesar de que los delitos de Lesa Humanidad no puedan prescribir nunca y se le solicite al Estado español la derogación de la Ley de Amnistía por la que los victimarios se auto-perdonan por sus crímenes... ya, ya... que todo es mentira y que Gernika fue bombardeada por los vascos. Pero casi 80 después de aquel 18 de julio, se siguen sacando huesos de las fosas, hablando de sus consecuencias, se sigue reclamando verdad y justicia.

Sí, es fundamental que se sepa la verdad de lo sucedido para garantizar y cimentar sobre bases sólidas un futuro en paz. Las heridas que no se curan no cicatrizan y el pasado nos lleva al presente y el presente nos devuelve al pasado. Lo que hagamos hoy será la herencia que dejemos a las generaciones futuras, por tanto, la responsabilidad de la gestión del momento que vivimos es enorme, y no debería recaer en unas solas manos, la responsabilidad es de todos. Y como nuestra también es, nos basta con presentarnos:

Somos las víctimas de la violencia del Estado español y francés, somos las víctimas de las órdenes «de tirar a matar», somos las víctimas de los disparos de la extrema derecha española que ha campado a sus anchas bajo la protección del Estado español; somos las víctimas de las cloacas del Estado donde con dinero público se diseñaban asesinatos y se pagaban los servicios de funcionarios públicos y mercenarios extranjeros, somos las víctimas de las prácticas aberrantes de las FSE en los centros de detención (y recientemente lo ha reconocido así quien fuera Director General de la Guardia Civil y Delegado del Gobierno Español en Nafarroa). Somos las víctimas de la cal viva, de marzo del 76, de Montejurra, del suicidio ficticio, de su política de dispersión, de la represión brutal contra protestas ciudadanas y demandas de libertad, somos víctimas de una violencia que ha golpeado a miles de personas.

Somos víctimas de una violencia que continúa activa y que ningún relato va a poder ocultar porque somos la prueba viva de su existencia y de sus consecuencias.

Por tanto, y por mucho que haya quien se empeñe en negar y ocultar parte de lo acaecido en las últimas décadas, por mucho que lo repitan cual disco rayado, la realidad, lo que hemos vivido y lo que estamos viviendo es parte de la verdad histórica de este pueblo, y decimos parte porque a diferencia de quien pretende construir un relato parcial y sesgado nosotros creemos en la necesidad de no acotar la memoria, de no prostituir la verdad convirtiéndola en excluyente, esa verdad que deberá ser un mosaico de distintas verdades de las cuales se desprenda el relato objetivo de la tragedia que todos hemos vivido.

La memoria no se puede manipular, y la memoria de un pueblo reside en él mismo, en sus ciudadanos que la entregan generación tras generación, y aunque puedan aupar, elogiar y dotar de sus más prestigiosos premios a los mimados historiadores de su ala ideológica, lo cierto es que la verdad histórica reside en el pueblo que la ha vivido.

Somos una parte de las generaciones actuales, de las generaciones del presente a las que ustedes quieren narrar su cuento y nosotros no necesitamos que nadie nos cuente lo que hemos vivido, lo que hemos vivido lo contaremos nosotros, desgraciadamente lo conocemos muy bien, lo sufrimos en carne propia.

Hoy, empezar a asentar unas mínimas bases democráticas que nos permitan abordar sin complejos las trágicas y muy diversas consecuencias de un conflicto armado de hondas raíces políticas exige la creación de una Comisión de la Verdad donde todos los relatos sin excepción tengan cabida, donde todas las vulneraciones de derechos humanos sean registradas sin exclusiones, donde cada responsabilidad sea analizada sin vetos ni limitaciones, donde nadie, ni tampoco el estado pueda blindarse ante la verdad.

El relato de la Verdad con mayúsculas es el ánimo de quien desea alcanzar un estadio de paz real donde el conocimiento de todo lo sucedido sea el garante de su no repetición.

Si vuestra batalla por el relato se complica a la hora de cimentar sólidamente sobre vuestra verdad histérica una convivencia pacífica y en libertad, quizá debieran ustedes revisar los componentes de su cimentación, o quizá sus conceptos sobre los términos relato, convivencia, pacífica y libertad... O quién sabe, quizá se les ocurra que pueden someternos a todos a un lavado de cerebro colectivo.

Señor ministro, no tengan ustedes miedo a la Verdad, asuman lo que todo el mundo sabe: su responsabilidad en este largo reguero de dolor y sufrimiento, háganlo, sin duda sería una gran aportación a la Historia, a la democracia y a la Paz.