Reportaje
 
Foro Social Mundial: espejo disperso de los retos del mundo árabe

El desembarco del Foro Social Mundial en Túnez tenía el objetivo de respaldar desde la izquierda las revoluciones iniciadas en 2011. El campus de Al Manar, centro neurálgico de puestos y debates, supone el reflejo disperso de los retos y las dificultades que atraviesan estos territorios. Un contexto que también puede apreciarse en la composición de los participantes, con una inédita participación islamista.

@albertopradilla|Túnez|29/03/2013 11:54
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Una bandera palestina recibe en la plaza central del Foro, en el campus Al Manar, a los participantes. (Alberto PRADILLA)
El sábado está previsto el cierre del Foro Social Mundial con una gran manifestación conmemorando el Día de la Tierra de Palestina, que recuerda el asesinato de 7 jóvenes en 1976.

Una bandera israelí pisoteada y convertida en alfombra y una gigantesca enseña palestina colgada en la plaza central del campus de Al Manar dan la bienvenida al Foro Social Mundial 2013, inaugurado el martes en Túnez. La lucha contra la ocupación y la defensa de los derechos del pueblo palestino constituyen uno de los ejes vertebradores del encuentro. Probablemente, el único en el que todos están de acuerdo. El paso de Porto Alegre a Túnez ha modificado el ADN de los participantes. Como era previsible, las revueltas árabes capitalizan buena parte del debate, poniendo en evidencia logros, retos y también las posiciones encontradas en cuestiones como la guerra de Siria. Además de un espaldarazo, el Foro ha servido para reflejar con precisión los procesos de cambio que sacuden tanto al país anfitrión como a sus vecinos. Esto se extiende a la composición de los participantes, que no es sino el espejo de unas sociedades en cambio permanente, con fuertes tensiones internas y elementos propios que los diferencian respecto a las contracumbres celebradas en otras partes del mundo. Como ejemplo, la presencia de organizaciones islamistas, visibles a lo largo de toda la ciudad universitaria y que conviven con movimientos sociales, ONG o sindicatos con larga tradición en estos actos. Por el contrario, venezolanos o bolivianos son esta vez minoría.

El Foro tiene unas dimensiones tan mastodónticas que resulta imposible abarcarlo todo. Decenas de charlas y debates se solapan en unos horarios maratonianos, ya que el único requisito para poder tomar parte es estar de acuerdo con los principios fundadores de Porto Alegre. Por esta misma razón, cabe casi todo. Incluso visiones que se contradicen y que han generado distintos conflictos. Siria es el principal ejemplo. Ayer, al mismo tiempo que diversos representantes de la izquierda opositora del país árabe se enzarzaban en eternas discusiones, un grupo de simpatizantes de Bashar Al Assad celebraba una concentración en el centro del campus. «Se trata de una conspiración de Estados Unidos y Qatar», proclamaba Mohamed, mientras enarbolaba una bandera roja, blanca y negra, la utilizada por el régimen de Damasco. En el encuentro opositor, la cuestión kurda centraba el debate. Finalmente, los representantes Consejo Supremo del Kurdistán Sirio y del Partido de la Unión Democrática (PYD en sus siglas en inglés) acordaron el inicio de una serie de dinámicas con organizaciones comunistas opositoras, después de que los árabes reconociesen el derecho de autodeterminación kurdo.

Las tensiones no llegan solo a causa de la guerra en Siria. Decenas de activistas marroquíes han aprovechado la cercanía geográfica para desembarcar en Túnez. Constituyen uno de los grupos más numerosos. Y su discurso, que mezcla reivindicaciones democráticas con una indisimulada intención de desacreditar a los saharauis, ha provocado momentos de tensión. «Basta ya de la propaganda y las mentiras al mundo del Frente Polisario» es el eslogan que recibe en una de las tiendas instaladas por los marroquíes. Benis Ghitah, originaria del país alauí, cargaba contra los activistas que defienden el derecho a la soberanía. «Hay mucha manipulación», insistía. Para los defensores de la causa saharaui, la edición tunecina constituye un reto. «Es la primera vez que estamos aquí y nos estamos encontrando con una opinión pública hostil, ya que Marruecos intenta confundir a la gente». Este tipo de dinámicas ya se repiten desde anteriores ediciones del Foro. Aunque, en este caso, los saharauis sufren el hándicap de estar ante un país poco receptivo a sus demandas.

Veto de Argelia a activistas

Las intromisiones de los estados también han afectado al Foro. Si el martes era arrestado en Bruselas un activista kurdo cuando se disponía a viajar a Túnez, ayer fue el turno de dos autobuses argelinos, obligados a dar la vuelta cuando se desplazaban hacia el Foro. «Han querido silenciar nuestra demanda democrática», lamentaba Sabrina Zouani, militante de los movimientos sociales. Ella sí logró cruzar, aunque tuvo que dejar su transporte atrás después de que las autoridades argelinas clausurasen la frontera nada más atravesarla. Al mismo tiempo que cerraba la puerta a sus activistas, una delegación oficial visitaba el Foro para dar apoyo. Una contradicción que incendió los ánimos de los acompañantes de Zouani. «Pretenden vender que todo va bien y esto es inaceptable», afirmaban.

La heterogeneidad permite que, en el mismo espacio, se unan organizaciones abiertamente revolucionarias con ONGs de tufillo mercantilista. Especialmente novedosa, la presencia islamista. Por una parte, como arietes del apoyo a Palestina. Por otra, como actores con voz propia dentro del movimiento. En el edificio de prensa, un grupo de religiosos mantiene un encierro defendiendo el uso del Niqab en la universidad, algo prohibido durante el régimen de Ben Ali y ahora nuevamente vetado. «Los asistentes al Foro son partidarios de la libertad, por lo que pedimos su apoyo», aseguraba Nabi Wahbi, uno de los jóvenes participantes y que reconocía algunas tensiones con elementos laicos. A lo largo del recorrido, diversos puestos de organizaciones caritativas vinculadas al Corán evidenciaban el cambio de eje, que se corresponde con las características del país anfitrión. Algunos no lo ven con buenos ojos. Otros, como Mahdi, joven tunecino, les defendía. «¿Preferiríamos que no estuviesen y dejarlos al margen?»

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