Raul Zelik
Podemos y la «revolución democrática» en el Estado

La potencialidad transformadora del fenómeno encarnado en Podemos en el Estado español es el hilo conductor de este análisis. Destaca la repolitización que provocó el 15M y la fuerza social que desencadenó hasta poner en cuestión el marco de la «transición». Pero advierte de riesgos que serían letales, como minusvalorar o aparcar la cuestión de las naciones sin Estado.

07/01/2015 05:57 | 40 comentarios

1: Aunque pronósticos de este tipo casi siempre fallan: la «revolución democrática» es una posibilidad real para el Estado español en 2015 y pondría de manifiesto no solo, tal como sugiere el discurso de Podemos, la derrota de la «casta» y el fin de las políticas neoliberales de austeridad, sino también (y sobre todo) la ruptura con la Transición -aquel pacto de elites entre franquismo, PSOE, partidos regionalistas y el PCE que a finales de los años 70 puso los fundamentos para la modernización capitalista (es decir, desindustrialización y especulación inmobiliaria), garantizó la impunidad de los crímenes de la dictadura y cimentó tanto el poder nacional español frente a los pueblos periféricos como la continuidad franquista en la economía, la justicia y el aparato de seguridad-.

Una «revolución democrática» o sencillamente una «renovación democrática» que no busque romper institucionalmente con este legado autoritario estará condenada al fracaso.

2) Lo nuevo y esperanzador de la situación actual es que por fin se haya empezado a hablar de estos déficits democráticos. Si la opinión pública española, incluida la de izquierdas, hubiera prestado más atención a las voces periféricas, se habría enterado hace tiempo de que las izquierdas independentistas mantenían la confrontación con Madrid (de manera trágicamente sangrienta en el caso vasco) menos por móviles nacionalistas que por la falta de derechos democráticos básicos.

En este sentido, lo esperanzador del momento actual es que, por fin, la crítica ha empezado a llegar a la sociedad mayoritaria española. El 15M, expresión de la crisis de representación propia a la nueva gobernanza tecnócrata-neoliberal, dio luz a una sorprendente repolitización de la sociedad española. Lo recalcable del movimiento fue que supo fundir, más por intuición que por análisis, la crítica al capitalismo con exigencias democráticas, abriéndose así un horizonte de accionar político concreto.

Partiendo de la experiencia vivida de que las políticas socioeconómicas del PSOE y del PP se asemejan cada vez más, el 15M denunció los límites sistémicos de la democracia en el Estado burgués: a) La democracia termina donde comienzan los intereses del gran capital y particularmente de los bancos. b) Los mismos partidos políticos tradicionales se han convertido en un obstáculo para el ejercicio democrático dado que la «casta», caracterizada por la profesionalización de la política y los circuitos cerrados de decisión, representa un grupo social separado con estrategias de poder y acumulación propias.

El 15M, por tanto, parte del análisis de que una democratización tiene que enfrentarse tanto al régimen neoliberal como a las formas existentes de la representación política profesionalizada.

3) No hay que olvidar, por lo tanto, que la capacidad de Podemos y de las iniciativas de Guanyem/Ganemos de despertar tanta esperanza en toda Europa se debe en gran medida a las construcciones sociales y políticas de este movimiento que logró replegar y difundirse en la sociedad tras el reflujo a finales del 2011. Las «mareas» que unieron a trabajadores públicos con asociaciones de padres, pacientes o inmigrantes en la defensa de los servicios públicos, la PAH que combinó la acción directa extrainstitucional con iniciativas de leyes, la ayuda mutua y el trabajo social, la reactivación de organizaciones de trabajadores de base como el Sindicato Andaluz de Trabajadores o las Marchas de Dignidad son el verdadero motor de este proceso democratizador en marcha. Evidenciaron que existe una mayoría social ajena a los aparatos de representación (partidos, gremios, sindicatos burocratizados y medios masivos). Sin embargo, mostraron también que el régimen neoliberal perfectamente puede convivir con la movilización social masiva. Tal como ocurrió bajo el Gobierno socialdemócrata-verde en Alemania a principios de los 2000, cuando millones de personas se manifestaron sin éxito contra las leyes Hartz IV y la desregulación de los mercados laborales, el régimen neoliberal simplemente puede ignorar las protestas de masas. Ya que la violencia insurreccional parece estar fuera del imaginario político contemporáneo, falta una herramienta de presión fundamental de la política antagonista. «Movilizaciones ciudadanas» debidamente registradas que no obstaculizan el día a día capitalista no afectan al modelo neoliberal. Es legítimo no estar de acuerdo, siempre y cuando no traiga consecuencias.

Ante este trasfondo, los movimientos sociales en el Estado español tuvieron que plantearse la pregunta de cómo convertir la movilización social en poder popular. La respuesta de las iniciativas de Podemos y Guanyem /Ganemos es que no hay que contentarse con la conformación de partidos alternativos; hay que buscar la reconfiguración del espacio político como tal. A diferencia de los partidos de izquierda convencionales, las nuevas propuestas plantean la transformación del marco institucional.

El peligro de una asimilación a las instituciones (el camino de los Verdes en Alemania que inicialmente también habían sido fundados como una formación antiinstitucional y de base pero que finalmente, en vez de transformar la política, más bien fueron transformados por esta) es conjurado por la enorme dinámica del proceso. La oposición antiinstitucional invade el terreno político con tanto impulso que los mecanismos de institucionalización y acotamiento hasta ahora no han podido absorber a la disidencia. Esto es lo esperanzador del proyecto.

4) Sin embargo, no sería equivocado criticar también a Podemos como expresión de una política alienada. Mientras que Guanyem en Barcelona buscó la construcción de procesos locales de cambio a través de un movimiento municipalista de base (negándose a los modelos de representación convencionales), Podemos ha optado por un proceso mucho más tradicional y en contravía a los postulados radical-democráticos del 15M: su grupo fundacional es relativamente pequeño y debe su enorme efecto político al poder de los medios de comunicación masivos. En este sentido, Podemos representa una paradoja: puesto en marcha por un proceso mediático-representativo, ha logrado iniciar un movimiento de participación real y masiva.

5) Es bastante evidente que esta estrategia de construcción se nutre de las experiencias latinoamericanas. El aporte principal de los procesos populares sudamericanos consiste en haber comprendido que el descontento social difuso puede dar luz a una mayoría alternativa y a una movilización que abre un horizonte más allá de las políticas reformistas tradicionales. En este contexto hay que recalcar que los cambios políticos en Venezuela, Ecuador y Bolivia no simplemente fueron el resultado de victorias electorales, sino el fruto de una combinación de ruptura, continuidad y transformación: los procesos de cambios tuvieron su fundamento en las rebeliones populares rupturistas que bloquearon a los regímenes neoliberales durante casi una década, derrocando gobiernos o impidiendo la materialización de medidas de ajuste. Sin embargo, los nuevos cambios se impusieron a través de procesos electorales convencionales y garantizando la continuidad institucional y socioeconómica.

El hecho de que luego se hayan abierto horizontes de transformación más profunda se debió a que los gobiernos de neo-izquierda impulsaron procesos constituyentes, con el fin de que la sociedad pueda negociar un nuevo contrato social, con amplia participación de movimientos sociales anti-neoliberales y por fuera de los gremios de peritos.

La dialéctica entre las insurrecciones anti-neoliberales y el proceso constituyente son, en este sentido, el núcleo y el motor de los cambios en América Latina.

6) Podemos es un proyecto de esperanza porque parece optar por una vía similar: por una reconfiguración fundamental del marco político. Para abrir esta oportunidad histórica, el discurso de Podemos se apoya en dos elementos principales:

a) Una relativa indeterminación: todo lo que podría afectar a la «marca Podemos» (como los mismos militantes lo expresan en el lenguaje alienante del marketing político) es tratado con ambigüedad. Se afirma que Podemos no es ni de derecha ni de izquierda, sino «lo nuevo» que no puede ser descrito en términos de «lo viejo». En vez de plantear los conflictos sociales como problemas de clase, se habla de una confrontación entre «la casta» y «los de abajo» (lo que incluye a estas capas medias ominosas en vía de extinción). Y en lo que respecta a los conflictos nacionales, Podemos recoge al patriotismo español (uno de los más rancios en Europa, por cierto) para resignificarlo, reconociendo al mismo tiempo el derecho a decidir de los catalanes y vascos.

b) Momentum: Podemos parte de la tesis (totalmente acertada a mi modo de ver) de que la debilidad de la izquierda europea no se debe a la falta de un análisis coherente, sino a la ausencia de un proyecto alternativo. Por consiguiente, ha optado por concentrar todos sus esfuerzos en un objetivo concreto: la derrota del bipartidismo en las elecciones del 2015. Este proyecto es defendido con una convicción que a veces roza la locura. Como «no hay alternativas», se ha empezado a plantear inclusive la mayoría absoluta.

7) En este sentido, sería absurdo y hasta estúpido criticar a Podemos por su ambigüedad. Dejar abierto el discurso es una decisión consciente y correcta. También en este aspecto, Podemos recoge las experiencias de América Latina. En los años 90 y 2000, la neoizquierda sudamericana, y particularmente el chavismo en Venezuela, sin haberlo reflexionado teóricamente, desarrollaron figuras discursivas capaces de construir hegemonía, las que el teórico argentino Ernesto Laclau luego denominaría «significantes vacíos». Laclau afirma que la política como construcción de hegemonías necesariamente implica una relativa indeterminación, dado que las realidades sociales son heterogéneas y los proyectos mayoritarios solo pueden expresar esta heterogeneidad a través de cierta indefinición.

Además, la indeterminación abre espacios de participación a las mayorías. La transformación solo puede ser un proceso abierto de creación popular si el resultado no es definido de antemano por los liderazgos políticos.

Todo señala que Podemos se ha apropiado de estas reflexiones. El objetivo principal de la propuesta es abrir el espacio político a las mayorías sociales excluidas de las tomas de decisión. Como el chavismo venezolano que estableció primero a la corrupta «IV. República» y luego a los «escuálidos» como enemigo principal, Podemos también ha definido un adversario claramente delimitado y retóricamente manejable que ayuda a unir el campo popular heterogéneo con base en una exclusión fundamental: «la casta».

8) Son evidentes los riesgos de este experimento político radical. Que la indeterminación del proyecto todavía no haya provocado fisuras mayores se debe a que todos los esfuerzos se concentran en la derrota del bipartidismo. Cuando se cumpla este objetivo o surjan obstáculos en el camino, el carácter abierto de la formación fácilmente puede desembocar en crisis. A fin de cuentas, la militancia de Podemos parece aún más heterogénea que la de los Piratas en Alemania, que en pocos meses pasaron del 12% en encuestas a su desaparición casi total.

Bastante real es también el peligro de que el grupo fundacional se imponga como círculo de poder. Los estatutos organizativos garantizan un rígido control político al grupo dirigente de Pablo Iglesias. Sin embargo, fue totalmente razonable que la mayoría abrumadora de los inscritos de Podemos apoyó este modelo organizativo. Ya que Podemos es tan heterogéneo, necesita una identidad simbólica fuerte. Además, Pablo Iglesias ha tenido una actuación coherente y éticamente íntegra, lo cual lo convierte en una figura natural de integración.

Sin embargo, se está consolidando de esta manera una estructura personalista que, -como muestran las experiencias sudamericanas-, a largo plazo obstaculiza seriamente una democratización real y profunda. Los liderazgos personalistas incentivan una cultura política oportunista y superficial. El hecho de que en Venezuela y Bolivia hoy día apenas se discuten los problemas de transformación se debe, en buena medida, a los cultos de la personalidad y al oportunismo esparcido en el aparato del Estado.

9) El problema central, a mi modo de ver, sin embargo es otro. Es la pregunta de si Podemos realmente dispone de un proyecto de transformación más allá de la derrota del bipartidismo. Mi esperanza y tesis es que sí, por el simple hecho de que, después de las movilizaciones del 2011 y los conflictos prolongados con las naciones periféricas, la agenda política de transformación es clara.

La revolución democrática tiene que:

a) Combatir la corrupción y el clientelismo político, estableciendo mecanismos de contraloría social, definiendo salarios máximos para funcionarios del Gobierno y convirtiendo la democracia formal burguesa en una democracia participativa radical y social.

b) Parar los desahucios y la privatización de servicios públicos. Ninguna lógica económica puede justificar por qué hay que socializar pérdidas especulativas privadas del gran capital.

c) Poner fin a la política de represión contra los movimientos sociales e independentistas eliminando la legislación y los tribunales de excepción. Si hay algo que evidencia la crisis de la cultura política española es el hecho de que no hay campaña de solidaridad amplia con Arnaldo Otegi y los otros presos del «caso Bateragune», condenados por liderar el proceso de paz e impulsar el fin de ETA. Es quizás el escándalo político más grande en España y toda Europa que el encarcelamiento de Otegi no haya provocado una contestación social más seria.

d) Más que todo, sin embargo, el Estado español necesita un proceso constituyente similar a los latinoamericanos, es decir, un proceso de debate social como forma de configuración de una nueva hegemonía popular democrática. El derecho a decidir, defendido por movimientos sociales e independentistas, podría ser la clave para una redemocratización de todos los aspectos sociales.

10) Podemos es una gran enseñanza que agradezco también personalmente. Es la prueba de que nosotros, que queremos cambiar al mundo, debemos aprender a volver a pensar en grande. En dos sentidos, sin embargo, quisiera sugerir modestia a sus militantes y líderes.
Primero, creo que no hay que subestimar lo alienante que son las maquinarias mediáticas. Los fracasos de los partidos de izquierda en Europa se debían, en buena medida, a que empezaron a priorizar el éxito de sus formaciones en los medios y las elecciones a los procesos de (auto)empoderamiento social. El instrumento del cambio social -la organización política- se transformó de medio en fin, degradando los partidos a asociaciones electorales meramente autorreferenciales.

Podemos seguirá siendo una experiencia política potente mientras no repita este error. Por el momento, la velocidad del proceso social impide que el partido pueda revertir la relación entre rebelión democrática y forma institucional. Sin embargo, este impulso en algún momento se perderá y en este instante todo dependerá de que los activistas y líderes no confundan -tal como ocurre en parte de las izquierdas gobernantes en Bolivia, Ecuador y Venezuela- el proceso social de cambio con el éxito de sus partidos y el control del Estado. Es cierto que los procesos populares tienen que surtir efecto en las instituciones si no quieren limitarse a los nichos irrelevantes. Pero el control del Estado no es el núcleo ni el fundamento del proceso, es más, tiende a convertirse en una de sus principales amenazas.

Segundo, me parece que la izquierda estatal debería ser mucho más modesta frente a los otros procesos de ruptura en el Estado. Hace un par de semanas, muchos observadores preguntaron indignadamente cómo un compañero como David Fernández de las CUP pudo abrazar a un político neoliberal como Artur Más. Desde la periferia, la respuesta fue muy sencilla: en los últimos años, los tribunales de excepción más de una vez han amenazado con cárcel a políticos de la centro-derecha vasca y catalana; no ocurrió lo mismo con los líderes de Podemos o Izquierda Unida.

La ruptura con la continuidad franquista tiene diferentes dimensiones: el tema de las naciones periféricas no urge menos que las exigencias sociales y democratizadoras de la izquierda estatal.

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