Raul Zelik
Politólogo
«Para qué escribir si no tienes claro contra qué»
Mikel Zubimendi | 7K|23/02/2015 11:30
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No tengo muy claro cómo quiere uno desarrollar un socialismo del siglo XXI si no ha realizado la crítica ni ha analizado las razones del fracaso del llamado socialismo del siglo XX.

La calidad de vida no es sinónimo de capacidad de consumo, es mil veces preferible tener más tiempo de ocio, más tiempo para los amigos, que tener muchos bienes de consumo.

En Euskal Herria se ha aplicado una experiencia gramsciana con éxito, aunque no haya sido teorizada. Las fiestas, el euskara, el poteo... Visto desde fuera, lo avanzado en construcción social y popular en términos de hegemonía cultural y alternativa, es increíble. Y no se valora y aprecia.

Raul Zelik (Munich 1968, residente en Berlín) es un mugalari que traspasa fronteras para explorar territorios, en teoría, hostiles entre sí. Viaja de la crónica a la ficción, del ensayo a la novela, de la narrativa a la teoría, combinándolo todo con un particular sentido del humor. Este politólogo y escritor reivindica «ser uno mismo y varios a la vez», y escribe por una doble necesidad: la presión que siente «de contar, de explicar, cuestionar y ridiculizar la realidad»; porque «me ayuda a soportar este mundo que está tan lejos de lo deseable».

Zelik habla castellano con fluidez y conoce de primera mano la realidad latinoamericana. Ha impartido docencia en universidades de Colombia, ha estudiado el proceso bolivariano de Venezuela, ha participado en la Feria del Libro de Buenos Aires… Solidario y comprometido con la causa vasca, ha traducido al alemán, junto con Petra Elser, la novela ‘Lagun izoztua’ de Joseba Sarrionandia y es autor del libro ‘El amigo armado’, una especie de road-movie donde un profesor de alemán y un militante de ETA recorren cientos de kilómetros hablando de lo humano y lo divino, sobre política y violencia.

Aprovechando su participación en la Universidad de Invierno de la Fundación Iratzar, concede esta entrevista a 7k. Repasa su pensamiento, su obra y sus preocupaciones confrontándolas con una realidad tan cambiante y crítica, reconociendo los problemas y los fracasos, pero «ilusionado ante los desafíos actuales».


Fotografía: Jagoba Manterola

En su ensayo ‘Después del capitalismo’, da a entender que el huevo del «socialismo del siglo XXI» ha sido incubado en Latinoamérica. A la vista de los avances y las deficiencias de los procesos bolivarianos, ¿sigue creyendo que son la referencia del futuro?
El socialismo del siglo XXI es más que todo una consigna retórica porque, en realidad, en América Latina nunca se ha hecho una crítica profunda del socialismo del siglo XX y yo no tengo muy claro cómo quiere uno desarrollar un socialismo del siglo XXI si no ha realizado la crítica ni ha analizado las razones del fracaso del llamado socialismo del siglo XX.

Pero hay aportaciones muy importantes en América Latina. Por destacar quizá dos: mostró la importancia de la democracia para un proceso de transformación revolucionaria: Durante mucho tiempo había una crítica marxista de la democracia como un modelo de dominación burguesa, y creo que esa es una crítica equivocada porque en realidad la democracia siempre fue una conquista de movimientos populares, de obreros, de luchas de mujeres en contra de las élites. La democracia no es en absoluto una construcción burguesa, es una construcción popular, y América Latina ha reivindicado eso: democracia como proceso popular. La otra cuestión que me parece muy importante –y de mucha vigencia en el Estado español– es la cuestión del proceso constituyente. Yo hablaría de los procesos constituyentes, en plural, porque dadas las diferentes realidades nacionales del Estado, tienen que ser varios procesos. Pueden ser formas de construir fundamentos para la democracia. Porque ese es el problema del Estado español. Con la Transición se construyó un pacto de élites que más que llevar adelante una democratización puso límites a la democratización en marcha desde los movimientos populares. Un proceso constituyente podría redefinir, abrir un debate para que las sociedades del Estado definan cuál debe ser el contrato social.

Democracia y proceso constituyente no son características del socialismo, pero sí son las formas de una revolución democrática del siglo XXI. En este sentido, América Latina sí tiene un bagaje interesante.

El nuevo socialismo tendrá que hacerse en épocas de vacas flacas y escasez de recursos. El capitalismo invade nuestro ser, nuestro pensamiento y emociones… ¿La alternativa pasa por nuevas formas de vida?, ¿por interiorizar que más no es sinónimo de mejor?, ¿por un ecosocialismo blasfemo ante la nueva religión del crecimiento?
No veo que haya mucha vaca flaca. Nunca en la historia ha habido tanta riqueza, los almacenes están llenos de productos de consumo... Claro, plantearse alternativas al capitalismo implica plantearse también alternativas a los modelos económicos de crecimiento y, evidentemente, a los modelos consumistas. En Alemania ahora hay un debate muy fuerte en torno al post-crecimiento, sobre las alternativas a las economías que tienen que crecer. Es un poco absurdo porque el capitalismo no puede existir sin crecimiento, porque acumulación de capitales implica crecimiento en la producción de bienes y de mercancías. Ese debate ambiental tiene un fuerte componente anticapitalista, pero la gente ni se entera de eso, se debate más como un problema ambiental cuando en realidad el problema es el sistema capitalista. Si queremos tener una primacía de lo político, de lo democrático sobre la economía –porque esa es la idea del socialismo, del comunismo, ¿no?–, si queremos que la sociedad defina qué es lo que necesita, como qué produce y cuáles son los costes sociales y ambientales de esa producción, hay que salirse de esos esquemas. El debate latinoamericano del buen vivir, aunque todavía muy retórico y con poca plasmación práctica, va en esa dirección: la calidad de vida no es sinónimo de capacidad de consumo, es mil veces preferible tener más tiempo de ocio, más tiempo para los amigos, que tener muchos bienes de consumo.

Usted mismo, que profesa un gran amor a Venezuela y considera que Chávez abrió una ventana de oportunidad a la izquierda mundial, se muestra crítico con la burocracia estatal venezolana, con ciertos tics políticos autoritarios y con la copia de un esquema económico donde impera el rentismo… ¿En una Venezuela tan polarizada y con relatos tan encontrados, puede hablarse de sombra del fracaso? ¿Cómo renovar una revolución con signos de estancamiento?
No soy nadie para decirles a los venezolanos cuál es el camino a seguir. No creo que un proceso de cambio sea lo mismo que el control de un estado o de un gobierno; para mí, no es idéntico. Puede pasar que el chavismo tenga que salir del gobierno, y eso no implica que se termine un proceso de cambio.

¿Cuáles son las cosas que se deben destacar? Por ejemplo, todas las construcciones de políticas sociales desde abajo, los campamentos de pioneros, por ejemplo, que son ocupaciones de gentes muy humildes de terrenos baldíos, donde ellos mismos construyen de manera cooperativa y colectiva sus viviendas sociales, y el Estado solo pone los materiales. El Estado no tiene una relación paternalista con la gente, sino que es esta la que se autoorganiza, se empodera y construye sus relaciones democráticas como comunidad, y aquel pone los recursos para que ello sea factible. Esa es la vía a seguir, allí y también aquí. Las políticas sociales, las políticas antineoliberales no deben reproducir el modelo clientelar y paternalista donde el Estado es el que nos da; el Estado debe permitir que las comunidades, los espacios sociales, nos empoderemos.

Hablando de Chávez y de su influencia en el renacimiento de una izquierda que algunos daban por enterrada en el cementerio de la Historia, ¿considera de alguna manera el fenómeno de Podemos como su venganza sobrevenida, un «no me callo» atronador desde ultratumba?
Ojalá sea así, esa es mi esperanza. Lo positivo del chavismo fue abrir en nuestro imaginario que puede haber nuevas formas de transformar la sociedad más allá del reformismo o de la revolución clásica. Reivindicando la democracia, el proceso constituyente... Con muchos problemas, sí, la ambivalencia y la ambigüedad del proceso chavista ha sido una constante. Recuerdo que en los primeros dos o tres años, mis amigos izquierdistas venezolanos eran muy escépticos con Chávez, y solo con las definiciones de 2002 y 2003 la gente empezó a sentirse mucho más identificada y representada con ese militar. Además eso, ¡un militar!, ¡en América Latina!, no era el líder revolucionario que soñábamos.

En el Estado español, no es eso pero por lo menos veo que Podemos se identifica con algunas cosas que yo veo esenciales para un proceso de cambio: democracia, participación, cuestionarse el modelo de representación, enfrentarse a una oligarquía económico-política –que ellos llaman «la casta», un término quizá un tanto simplista... pero, bueno, en Venezuela también se utiliza el término de los «escuálidos» y todos lo entienden–; y si ellos llevan al Estado a abrir la puerta de un proceso constituyente, de un nuevo contrato social, con la participación de la gente y de todas las naciones, creo que todos debemos estar de acuerdo.

¿Que luego no lo hagan, que pacten esto o lo otro?, nunca se puede descartar. Tampoco se trata de depositar esperanzas ciegas en políticos.

¿Cómo valora la irrupción de Podemos en una sociedad como la española, que ha parecido tan desoladora y deprimente desde el fin de la dictadura?
Creo que más que el fenómeno de Podemos es un fenómeno del 15-M. La repolitización es fruto de una construcción colectiva y Podemos debería ser más humilde en ese sentido, lo positivo de Podemos se lo debe al 15-M. Y ojalá logre prorrogar ese impulso social y llevarlo a las instituciones o al campo electoral.

Pero me parece que el panorama sigue siendo desolador. Por ejemplo, me parece una cosa vergonzante, no solo para la izquierda estatal sino para toda la izquierda europea, que no haya un movimiento amplio de solidaridad con Arnaldo Otegi, que su caso no sea un escándalo en Europa. No tiene justificación, ni explicación, simplemente da asco que se pase por encima del caso. Te voy a comentar una anécdota: estuve hace poco en Berlín en una conferencia de Alberto Garzón, de IU. Sé que está intentando renovar la izquierda española y tiene mérito. Habló de represión, pero ni siquiera lo mencionó, le pregunté sobre ello y pasó por alto, seguramente para no ser identificado con la violencia, pero eso ya no tiene ninguna justificación. No debemos hacernos ilusiones, en otros temas ha renacido gracias al 15-M, pero en estos casos la izquierda estatal sigue siendo ciega, tiene una actitud vergonzante.

Centrándonos en el escenario europeo, quisiera hacerle esta pregunta como alemán que es: Ha hablado en alguna ocasión de un antiimperialismo infantil e ingenuo, de que casi siempre sí pero que no siempre hace las cosas mal (tenemos ahí, por ejemplo, la lección de Kobane y las celebraciones exultantes de la resistencia kurda de los bombardeos de EEUU). ¿No cree que a escala europea, y a la luz de la eurocrisis, se está transformando ese antiimperialismo en un «antialemanismo» igualmente ingenuo? ¿Le preocupa la caricatura que se hace del genio alemán?
No, eso no me genera problemas, incluso me gusta lo antialemán. Pero el problema de esa lectura ingenua antiimperialista es que identifica un modelo económico con cierta nacionalidad. En América Latina, por ejemplo, ¿la inversión de las multinacionales chinas, rusas o brasileñas es mejor que las estadounidenses? Es cierto que hay una gran diferencia: hasta ahora, esos países no mandan tropas. Miremos a Siria: no hay buenos en esa película, salvo quizá los kurdos. El régimen, el Estado Islámico y EEUU, los tres son adversarios y la izquierda no tiene que identificarse con ninguno. A mí no me importa que la gente se sienta antialemana, nosotros también, influenciados por el legado histórico del nacionalismo alemán, somos en cierta manera antialemanes en Alemania. Pero es una gran mentira que Alemania explota a los griegos.

Te voy a poner un ejemplo: nosotros, que somos personas normales que alquilamos pisos en Berlín, nos hemos dado cuenta de que en los últimos diez años se ha triplicado el precio del alquiler. ¿Por qué? Primero, porque llegaron las empresas danesas, pero luego porque muchísimos ricos de España, Grecia e Italia lavaron su dinero negro, su dinero ilegal, con la compra de pisos en Berlín. Se dieron cuenta de que los precios eran bajos, no se fiaban de la estabilidad de sus bancos, y vinieron con maletines llenos de billetes para comprar pisos.

El sociólogo alemán Wolfgang Streeck habla del fin del «capitalismo democrático», el filósofo Slavoj Zizek dice que ya no es viable la unión entre capitalismo y democracia… ¿Realmente, está tan mal el orden capitalista? ¿Está en un momento crítico, o conviene ser precavido y reconocer que tiene mecanismos de supervivencia de contrastada eficacia?
El capitalismo es un sistema que no sigue directrices, es un proceso que se autoorganiza, no tiene un único centro político donde se toman las decisiones. Por eso es un sistema tan apto para regenerarse. Pero creo, sin embargo, que tiene problemas muy serios, que indican que el capitalismo tal como lo conocemos puede haber llegado a un momento crítico. Los límites ambientales, ecológicos, de materias primas... ahora con el petróleo han inventado el fracking, pero no da para ganar mucho tiempo. Por otra parte, está muy claro que el auge del neoliberalismo es ya una respuesta a los problemas de un crecimiento tradicional, material. Por eso el capital pasó al mundo especulativo, porque era muy difícil invertir dinero en la industria productiva tradicional.

Los mercados están relativamente saturados a pesar del crecimiento de la población mundial, hay sobreproducción en muchas industrias, nuevos competidores en el este asiático; y todo eso lleva a que el capitalismo realmente esté en una situación muy difícil. Tienen muy difícil generar un pacto social, porque el capitalismo democrático, el keynesianismo, fue posible porque había tasas de crecimiento que dieron margen de maniobra para un pacto social que implicaba elementos de democratización con acumulación de capitales. Ahora, este margen se reduce.

¿Esto significa que después del capitalismo venga algo mejor? No. Siempre tenemos que tener claro que tras el capitalismo puede venir una forma de sociedad de clase casi feudal, porque también es posible una sociedad de clase sin acumulación de capital. El mundo conoció eso durante tres o cuatro milenios y es perfectamente pensable que volvamos a una especie de feudalismo financiero, puede imponerse como proceso, es posible.

¿Le ilusiona la situación política en Euskal Herria o, por el contrario, percibe una situación embarrada, una incapacidad de aprovechar la nueva coyuntura?
Yo he sobreestimado totalmente el peligro de las instituciones. No veo un proceso similar al que conocimos con la socialdemocracia, con los verdes, que se asimilaron tanto en las instituciones que en poco tiempo se convirtieron en stablishment. Quizá, con los reformistas de antes el problema era no tanto lo que planteaban sino que sentíamos que eran oportunistas, que buscaban esa vía para aprovecharse. Hoy en día, visto en perspectiva, diría que si una persona seriamente quiere hacer un cambio más gradual, ir más despacio, es totalmente respetable, es una discusión muy pragmática. Veo a personas como el alcalde Izagirre..., y quizá sea una visión superficial, pero le veo en forma, el poder no le ha cambiado. Me alegra un montón.

Otro tema es que la gente no sabe apreciar lo construido. No entiendo cómo se habla así de las cooperativas, es ridículo, tienen problemas y se pueden criticar, vale, pero es impresionante cómo mantienen principios éticos y solidarios tan fuertes comparándolos con lo que tenemos en Europa. Es increíble. No sé si la gente tiene una sensación de derrota o qué. Pero ahora que todo el mundo habla de Gramsci, recuerdo un trabajo que escribí de teoría política: ‘Una lectura gramsciana del conflicto vasco’. Aquí se ha aplicado una experiencia gramsciana con éxito, aunque no haya sido teorizada. Las fiestas, el euskara, el poteo... Visto desde fuera, lo avanzado en construcción social y popular en términos de hegemonía cultural y alternativa, es increíble. Y no se valora y aprecia.

Ciñéndonos a su obra, ‘Situaciones berlinesas’ es una comedia feroz y desparramada de la situación que viven los inmigrantes en Alemania, que aparecen como un «montón de gallinas histéricas»… ¿Qué papel juega el humor, el chiste en su obra? Se lo oímos a Arnaldo Otegi, luego a Pablo Iglesias, ¿la sonrisa es revolucionaria?
La sonrisa es empatía. Una construcción de otra sociedad, ¿para qué lo hacemos? Para poder ser más empáticos, más solidarios, para querernos más. Suena un poco religioso, pero si no, ¿para qué hacerlo? La risa, a diferencia de la sonrisa, es otra cosa. El buen humor es subversivo, la lógica de un chiste socava un orden, una forma establecida de comportarte, de considerar las cosas. Yo hago diferenciación de chistes buenos y malos. A mí no me gustan los chistes sobre las personas más débiles o sobre las minorías, no me hacen reír. Hay un humor mayoritario que busca eso, pero un chiste subversivo busca todo lo contrario, busca socavar la relaciones de poder y, en ese sentido, es anárquico y tiene mucho contenido.

¿Es usted un escritor comprometido? En esta época postmoderna, donde dicen que todo es relativo, de misteriosos estados de indeterminación casi de física cuántica, ¿qué es ser consecuente?
Cuando era joven, éramos críticos con la literatura comprometida, la veíamos como una obligación, creíamos que era bueno no tener reglas establecidas, que la literatura no cumpliera ningún papel, ni la filosofía ni el cine ni el arte, que la gente hiciese lo que quisiese, lo que pareciese importante hacer.

Ahora, a mí personalmente me parece importante hacer algo que tenga una postura social y política. Yo llego a la literatura a través de la militancia crítica; para mí, escribir novelas era una forma de contar y narrar cosas que no podía contar de otra manera. Sé que eso genera problemas, porque una literatura así a veces se hace pesada, pero también hay muchos lectores que lo estiman; no escribes para quedar bien y gustar a todos. Para mí, no tendría sentido hacer literatura sin una postura, la postura puede ser de contenido social y político o a nivel de forma, una novela radical por la forma en la que está escrita. Yo no escribo solo para entretener a la gente, hay un millón de novelas y películas para ello. Si no es para chocar con algo, para qué escribir. Como nos dijo un profesor del colegio: ¿si no sabes contestar contra qué estás escribiendo, para qué escribes?

Usted ha afirmado –entre risas– que para estar a la altura del momento actual uno tiene que haber pasado por las escuelas del marxismo y de la disidencia anticomunista, y entretener un espíritu anarquista para mantener un pensamiento ventilado y lúcido. Emir Kusturica en el cine o Slavoj Zizek en la filosofía, ambos son exyugoslavos excomunistas… ¿Le parecen referenciales? ¿Ser «ex» tiene tantas virtudes creativas? ¿Y defectos?
No conozco personalmente a Kusturica y Zizek, pero los sigo y me parece que sus obras y sus posiciones son muy anárquicas en la forma, me gusta como actúan y cómo son. En Alemania lo llamamos ser «hiperventilado» porque todo el tiempo están en ebullición, casi como drogados, y eso es algo que me gusta de la cultura de los Balcanes.

En relación a la herejía que comentas, creo que es muy buena. Y que ahora que está tan fuera de moda el marxismo, es ya el momento de reivindicarse nuevamente marxista. Durante mucho tiempo hemos reivindicado el postmarxismo o la herejía del marxismo para marcar distancias con el dogmatismo. Creo que eso no tiene ya sentido, ese dogmatismo desapareció. Ya podemos reivindicarnos como marxistas, que es el pensamiento crítico más importante de los últimos 200 años. Uno puede seguir con la herejía siendo fiel a Marx.