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Las perrillas de los Franco

Alguien dijo que muerto el perro se acabó la rabia. Se equivocaba, al menos en el caso de la tenebrosa y temida familia Franco. Franco Polo, habría que matizar.

Murió el abuelo, casi con ganas, después de tánto tiempo en este mundo haciendo el mal, y lo enterraron bajo una tonelada de granito en el panteón de la infamia, erigido por esclavos republicanos. Y ahí sigue la momia.

La hija y los nietos, que no han dado un palo al agua, siguen gozando de los dineritos que ganó el abuelo con su jugoso sueldo de dictador, que suele ser lo que decide él mismo, que para eso se es dictador.

También les quedaron propiedades y consejos de administración de los de jugosas dietas. Y las joyas que la abuela expropiaba para disgusto de los joyeros, que en Donostia llegaron a conformar un consorcio para que al que le tocara la desgracia de ser visitado por la Señora no cayera en la quiebra.

Ahora, el PSOE de Pedro Sánchez insiste en desalojar a la momia del Valle de los Caídos, que a fin de cuentas es de patrimonio público. Pero el prior trabucaire y unos jueces muy vinculados al franquismo no se lo están poniendo fácil. De ahí los retrasos.

Y, para más inri, pide ahora el Gobierno español que los Franco devuelvan el Pazo de Meirás, que también fue adquirido de forma fraudulenta a costa de los sueldos de los trabajadores gallegos.

El nudo parece el de Gordias, endiablado. Así que habrá que tomar una decisión a la altura de su complejidad.

Conste que a servidor le importa poco más que un comino lo que hagan los Franco con sus siliconas y sus saraos, pero la memoria de los republicanos honrados que dejaron su piel en Cuelgamuros y el esfuerzo de los buenos gallegos merecen algo más.

Si servidor estuviera en la piel de Sánchez lo plantearía de forma clara y concisa: "Nos devolveis el Pazo y os entregamos al abuelo". Sería un  buen trato. Y ahora, a hablar de los dineros.

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