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Murio el perro, no la rabia


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Hoy es 27 de setiembre, aniversario de los últimos asesinatos de un Franco agonizante y rabioso.

Mató sin piedad durante décadas y murió en su cama, pero dejó la rabia. No la enterraron en Cuelgamuros.

Los que le lloraron siguen ahí. En las grandes corporaciones, en el puente de mando de partidos muy relevantes, en las jefaturas de los ejércitos.

Es recurrente hablar de la dictadura que acabó el mismo día en que el dictador cayó. Pero es falso. Más falso que los titulos que regala la Universidad Rey Juan Carlos.

Franco hizo testamento y se ejecutó a rajatabla. Puso Rey y el Rey reinó y reina. Su última orden consagraba la unidad de lo que llamaba “las tierras de España”. Y en ello se afanan. Es hora ya de enterrar a Franco en una cuneta perdida y de desobedecer su última orden.

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