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El día más feliz en una bicicleta para recuperar las sensaciones prohibidas

El día más feliz en una bicicleta para recuperar las sensaciones prohibidas

El de hoy ha sido el día esperado por todos los deportistas desde que el 14 de marzo Pedro Sánchez anunció un decreto de alarma que, a diferencia del resto de Gobiernos, incluyó la prohibición de andar o hacer deporte al aire libre, nunca mejor empleada esta expresión.

Si ha habido alguna cosa que uno no ha asumido de esta durísima situación es que el ejercicio en solitario y sin riesgo para los demás se convirtiera en una actividad clandestina. Uno está dispuesto a hacer mucho más de lo que piden los políticos para impedir contagios y desde el decreto del estado de alarma solo ha ido a comprar un día a tiendas y supermercados con ese objetivo, pero no se puede aceptar que se prohiba algo necesario para la salud física y mental que no implica ningún riesgo de contagio si se realiza en solitario y se mantiene una distancia mínima.

Por eso han sido durísimas estas siete semanas sin poder hacer deporte porque el cuerpo y la mente estaban habituados a ello y lo necesitan. Y por eso el día en el que uno más ha disfrutado de la bicicleta en su vida.

Era volver a encontrarse con una amiga que hoy era extraña porque la situación ha obligado a sustituirla durante casi dos meses por la estática, pero sobre todo ha sido el día de recuperar unas sensaciones que convierten el ciclismo rodeado de la naturaleza es una droga sin la que uno no puede ser feliz.

Sentir el viento como nunca, disfrutar del verde, de los árboles, de ver ovejas, caballos o vacas en lugar de mirar en la televisión videos de hasta el Tour del Porvenir ganado por Indurain en 1986. Escuchar a los pájaros o los cencerros de los animales en lugar de la música… Las cosas más sencillas han vuelto a ser extraordinarias y maravillosas.

La libertad ha sido con condiciones absurdas, al no poder salir del municipio, pero por lo menos los que vivimos en pueblos de menos de 5.000 habitantes hemos tenido la opción de organizar nuestra salida a la hora en la que mejor nos convenía.

En mi caso he podido disfrutar de una carretera que une Asteasu y Aia que se ha convertido en un bidegorri casi de uso exclusivo para los habitantes de estas dos localidades.

Ha sido una subida a un puertito que parecía de Primera categoría tras tanto tiempo sin salir a carretera, cuatro vueltas en una especie de falso llano de ida y vuelta entre puerto y Aia con unas vistas de montes y el mar al fondo que lejos de cansar con la repetición parecían más maravillosas en la cuarta vuelta que en la primera y una bajada realizada con una precaución extrema.

En cuatro horas de salida apenas he visto cinco ciclistas más y un padre con su hija con dos bicicletas de montaña y una quincena de habitantes de Aia que han convertido la carretera que conduce su pueblo al alto de Andazarrate en un bidegorri improvisado en el que, por un día, eran los pocos coches los furtivos y no los que nos perdonan la vida.

Pueden parecer pocas quince personas en una carretera de siete kilómetros, pero en centenares de subidas a ese puerto rara vez he visto a alguien y nunca a un padre con su niño en brazos en esa carretera sin arcen o a otro que empujaba el patinete de su hijo.

Lo que a uno le da pena es que solo ocho deportistas hemos aprovechado esos ocho kilómetros de constante ida y vuelta en cuatro horas para andar en bicicleta, cuando esa, como otras muchas carreteras con poco tráfico son propicias para esa actividad y para descargar a las ciudades de los ciclistas.

Ha sido un error limitar al municipio la marcha en bicicleta y en horarios de poca visibilidad cuando en la carretera no hay riesgo de contagio. También es un error concentrar en muy pocas horas y poco espacio el paseo y la actividad deportiva del 75% de la población en las localidades y ciudades de más de 5.000 habitantes.

Las condiciones puestas por el gobierno fomentaban las concentraciones y más con otras decisiones equivocadas como la de cerrar las playas en Barcelona o los parques en Madrid. Es absurdo ver imágenes del Paseo Marítimo de Barcelona con mucha gente y las playas vacías.

Sin embargo, tampoco ha habido grandes problemas porque si se conciencia a la población las personas intentan mantener esa distancia mínima. Y lo que se ha visto es la necesidad de que la gente haga deporte. No había más que ver la felicidad de todos. El deporte y el ejercicio son recomendables para la salud y para ser feliz y nunca se puede prohibir, ni en la peor de la situaciones. Por eso lo han respetado en otros Estados desde el primer día. Aprendamos esa lección en días como hoy.

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