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Vietnamitas en Altsasu

Cuenta la novelista nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie que a los siete años, alentada por algunas lecturas precoces de autores extranjeros, comenzó a escribir relatos sobre hombres blancos de ojos azules que jugaban en la nieve y comían manzanas. La literatura le parecía un privilegio reservado a las culturas imperiales y tal vez dedujo que alguien como ella, de piel oscura y pelo retorcido, no tenía derecho a existir en el territorio exclusivo de la letra impresa. Todo cambió cuando la niña Chimamanda, no sin dificultades, descubrió los libros africanos y allí los personajes eran negros y no conocían la nieve y comían mango. Se ha impuesto una única historia sobre África y no la han narrado los escritores africanos sino aquellos que acompañaron el expolio colonial y veían a los nativos como bestias salvajes a las que era necesario domesticar.

El novelista inglés de origen polaco Joseph Conrad, que hace más de cien años se enroló en un vapor mercantil y remontó el río Congo, tuvo ocasión de conocer el saqueo esclavista del marfil y el caucho en los dominios de Leopoldo II de Bélgica. Su novela El corazón de las tinieblas proyecta una mirada aterrorizada sobre aquellos días innobles en el Estado Libre del Congo y esboza una tímida aproximación a uno de los genocidios más olvidados de la historia. Con el tiempo, la crítica poscolonial ha terminado poniendo en cuestión el relato de Conrad. Dice el escritor nigeriano Chinua Achebe que la África de El corazón de las tinieblas aparece como un contrapunto incivilizado de la Europa conquistadora, y que en esa actitud condescendiente emerge un inevitable racismo. Y es que por mucho que Conrad demostrara cierta disposición para la empatía, la voz indígena permanece silenciada y expuesta a la caricatura simplificadora del visitante extranjero.

En 1979, Francis Ford Coppola transportó la novela de Conrad a la guerra de Vietnam en su película Apocalypse Now. Entre descargas de napalm, incursiones del Vietcong y rock & roll en el río Nùng, los militares estadounidenses perfeccionan el despliegue del colonialismo decimonónico y dejan al desnudo la brutalidad de la santa cruzada americana contra el comunismo. Los estudios de Hollywood han facturado otras películas que dibujan con acidez el escenario carnicero de la derrota de Vietnam, como La chaqueta metálica de Stanley Kubrick, e incluso algunas que enarbolan una crítica explícita contra la intervención militar, como Nacido el 4 de julio de Oliver Stone. En todas ellas, sin embargo, los protagonistas son soldados occidentales que parlotean entre barras y estrellas mientras que los vietnamitas forman parte muda del escenario, son convidados de piedra sin voz ni voto cuyo único derecho es provocar lástima.

En la madrugada del 15 de octubre de 2016, el bar Koxka de Altsasu registró un altercado sobre el que existen testimonios contradictorios y que ha terminado con una acusación de un delito de terrorismo contra ocho jóvenes. Les reclaman un total de 375 años de cárcel. Desde aquella misma madrugada, las grandes corporaciones de la información han armado un relato de los hechos basado en el testimonio parcial de dos guardias civiles y sus parejas. Todas las demás personas que presenciaron la refriega han sido descartadas como testigos. Los testimonios de los jóvenes acusados han sido extirpados de los titulares de prensa. Pero no solo los grandes medios han acallado cualquier discrepancia sobre el relato único, sino que la propia Audiencia Nacional, por si fuera poco, terminó emitiendo un auto en el que ordenaba identificar a quienes se atrevieron a "desmentir colectivamente la versión oficial de las agresiones".

Han transcurrido casi dos años, más de quinientos días de prisión y régimen incomunicado para tres de los ocho jóvenes acusados. Hasta ahora, ni siquiera hemos tenido la oportunidad de escuchar sus voces, de contrastar sus narrativas. En ese relato inapelable que ha construido el poder, la Guardia Civil representa el papel de una fuerza civilizadora, encargada de instaurar el orden y la democracia en un territorio hostil, embrutecido por la violencia y habitado por indígenas propensos al crimen. Los vietnamitas de Altsasu se expresan en un idioma bárbaro, lucen peinados extravagantes y ropa de montaña. Los vietnamitas de Altsasu son prisioneros de guerra y es preciso exponer sus caras en las portadas de los periódicos igual que se exhibe en la pared de un salón señorial la cabeza disecada de un rinoceronte después de un safari.

Pero un día, de pronto, descubrimos que los vietnamitas también hablan y ríen y lloran y se emocionan y hacen planes de vida o tal vez los aplazan o los cancelan porque se enfrentan a la injusticia de una condena. Este fin de semana hemos escuchado una entrevista a las madres de Altsasu en TV3 y no solo sus argumentos nos resultan contundentes y sus palabras conmovedoras, sino que sobre todo, nos obligan a preguntarnos por qué sus voces han sido sepultadas y desterradas de los grandes medios españoles durante casi dos años. Será que las pequeñas historias de los vietnamitas ponen en peligro la fe en los mitos del poder. Será que la humildad de la gente sencilla contrasta con la arrogancia colonial de los reporteros del odio, aquellos que han retratado Altsasu como una jungla inhóspita tomada por el Vietcong.

Ha terminado la primera sesión del juicio contra los jóvenes de Altsasu y por primera vez hemos podido escuchar la voz de los vietnamitas. Ahora conocemos las incongruencias del informe policial. Sabemos que el tribunal ha denegado pruebas determinantes a la defensa. Sabemos que se celebraron ruedas de reconocimiento amañadas. Sabemos que han existido errores de traducción. Los ocho jóvenes han negado haber participado en ninguna agresión. Se resquebraja el relato único y obligatorio y resuena todavía el eco de la manifestación del sábado en Iruñea, cincuenta mil vietnamitas contra la apisonadora policial, jurídica y mediática del viejo régimen. Nos importa bien poco que hayan esculpido en mármol sus mentiras. Somos vietnamitas y tenemos derecho a escribir nuestra propia historia.

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